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Los aficionados el cine de terror solemos sentirnos maltratados por la industria, que insiste en ofrecernos historias más vistas que el tebeo, llenas de sustos que no asustan y de tramas que resultarían aburridas hasta para una atracción de feria como el Tren de la Bruja.

Perdemos el tiempo viendo cosas que no van a ninguna parte y preguntándonos qué se hizo del ingenio necesario para fabricar una buena película de miedo. Por eso, cuando vemos, casi por casualidad, algo como The rule of Jenny Pen (La ley de Jenny Pen, 2024), en una plataforma de streaming (Movistar en este caso), nos sentimos vindicados.

Imagen de 'La ley de Jenny Pen'

Stephen King la celebró como su película de terror favorita del año, pese a no tratarse de una cinta tradicional de miedo: no hay aquí trucos ni sustos ni trampas, tan solo un horror psicológico de lo más contundente.

Dirigida por el neozelandés James Ashcroft, un mestizo de inglés y maorí nacido en 1978 (que también ejerce de actor), La Ley de Jenny Pen está basada en un cuento del escritor local Owen Marshall (de quien Ahscroft ya adaptó otro relato en su primer largometraje, Coming home from the dark, 2021) y está ambientada en una residencia de la tercera edad en la que un interno psicótico (Alan Lightow, brillante en su encarnación del mal) tiene aterrorizado a un juez que acaba de sufrir un ictus (Geoffrey Rush) por motivos que solo él conoce.

Mal cuerpo

Cada noche, se planta en su habitación y, aprovechándose de su vulnerabilidad y falta de movilidad, le restriega por la cara una muñequita calva que tiene insertada en el brazo, cual títere de cachiporra, y diciéndole que ella, Jenny Pen, es la que manda ahí.

La historia habría funcionado también en un internado infantil, ya que el personaje siniestro de Lithgow es el matón escolar definitivo y disfruta implantando su régimen de terror. El personal del centro se lo permite todo, tal vez porque fue un empleado del mismo antes de zumbarse.

Imagen de promoción de 'La ley de Jenny Pen'

El tipo siempre ha sido un don nadie, un fracasado, un loser, y solo ahora, con su muñequita diabólica, puede hacerse la ilusión de que existe y es relevante, gracias al bullying que practica con sus compañeros de encierro en general y el juez en particular.

Si La ley de Jenny Pen impresiona, asusta y te deja con un mal cuerpo tremendo es porque su terror es cotidiano y te puede traer muy malos recuerdos si alguien te hacía la vida imposible en el colegio.

Terror sutil

Como el matón infantil, el hombre de la muñequita practica el mal porque sí, sin que hayas hecho nada para provocarlo. Aunque el juez lo hiciera sin darse cuenta, solo por existir, cuando coincidió de joven con su torturador en una cena de homenaje a su persona y su carrera. El hombre de la muñequita no era un comensal más, solo un empleado de la limpieza encargado de barrer el local. Viendo al juez en el estrado, reflexionó sobre su pequeñez y nunca pensó que tendría la oportunidad de vengarse de un triunfador. Cuando lo vio aparecer por la residencia, llegó a la conclusión de que le había llegado la hora de la venganza.

Para no incurrir en el spoiler, no les contaré cómo termina este duelo a muerte entre el juez y su torturador, aunque ya pueden imaginar que no precisamente bien. Lithgow y Rush se llevaron, ex aequo, el premio al mejor actor en el festival de Sitges de hace dos años.

James Ashcroft rodó el año pasado una película (pendiente de estreno) con Robert De Niro, The whisper man, lo que nos indica que progresa adecuadamente. Es el suyo un terror muy sutil y muy cotidiano, sin gritos ni fantasmones, pero su dominio del horror psicológico hace de él una rara avis en un género cada día más dedicado a las secuelas y los sustos del Tren de la Bruja.

Lo más probable es que La ley de Jenny Pen pase desapercibida entre el aluvión de películas de las plataformas, pero que no se diga que no he hecho lo posible por evitarlo.