Suele decirse que cuando lo viejo se resiste a morir y lo nuevo aún no ha nacido, los problemas se multiplican. Pero en Hollywood no siempre sucede así. A principios de los años 70, los westerns y los grandes musicales agonizaban y la industria aún no les había encontrado reemplazo, aunque se lo encontrarían gracias a jóvenes cineastas que apuntaban en una dirección y acabaron acertando en otra, mucho más conservadora de lo previsto.
Desde finales de los 60 y hasta mediados de los 70, una serie de cineastas, profesionales o primerizos, aprovecharon la falta de reemplazo de los tradicionales blockbusters para asaltar los grandes estudios con propuestas personales que eran aceptadas porque Hollywood había perdido el norte y no tenía ni idea de lo que iba a funcionar y lo que no. Así consiguieron rodarse películas como Deliverance, Midnight cowboy, Como plaga de langosta, Taxi driver, Chinatown o Alguien voló sobre el nido del cuco.
No lo digo yo. Lo afirma Martin Scorsese en el documental de Morgan Neville (sólido cineasta norteamericano del que hemos podido ver películas como A veinte pasos de la fama -2013, sobre las coristas de intérpretes mega célebres-, Abstract: the art of design -2017, sobre lo que indica el título- o Me amarán cuando esté muerto -2018, sobre los últimos quince años de vida de Orson Welles) Breakdown: 1975 (1975: El fin de una era), que Netflix ha tenido a bien colgar en su parrilla.
Situación política y social
Hollywood no tardó mucho tiempo en volver a las andadas y en tratar de dificultar el crecimiento del público y de los cineastas que le abastecían. Y el trabajo sucio se lo hicieron directores como Steven Spielberg y George Lucas, que contribuyeron como pocos a infantilizar el discurso cinematográfico americano con unas películas que lo petaban en taquilla y, al mismo tiempo, no planteaban ningún problema político.
Robert de Niro, en 'Taxi Driver'
Spielberg lo logró con Tiburón, una puesta al día de las películas de monstruos de toda la vida de Dios, y Lucas con La guerra de las galaxias, una space opera inspirada en las aventuras de Flash Gordon. Nadie les niega la evidencia de que creían en lo que hacían (su inmensa suerte consistió en que lo que a ellos les gustaba también era del agrado de casi todo el mundo), pero, en cierta medida, apuñalaron en la espalda a Scorsese, a Paul Schrader, a Polanski, a Sydney Lumet y a cualquiera que aspirara con sus largometrajes a ir un poco más allá del simple entretenimiento, aunque fuese (como era) de primer orden.
Morgan Neville no se contenta con hablar exclusivamente de la industria del cine, pues prefiere enmarcar ésta en la situación social y política de los Estados Unidos, marcados por la impopular guerra de Vietnam, el caso Watergate, la bancarrota de Nueva York y su incremento de la violencia, que tanto contribuyó al éxito de los salvajes thrillers de Charles Bronson.
La gente no estaba para los cuentos de hadas de John Wayne ni para los musicales de Lerner y Loewe. El yo ocupó un papel fundamental en la mente del americano medio, que se identificaba más con Travis Bickle, el perturbado taxista de la película de Scorsese escrita por Schrader, que con los escapismos habituales. Y fue esa coyuntura catastrófica la que hizo posible el rodaje de películas como las citadas anteriormente.
Una época que sí existió
Desde Europa se siguió con mucha atención ese nuevo Hollywood, que duró lo que duró porque a la industria te la puedes torear hasta cierto punto, pero al final te acaban tomando la medida y sigue a lo suyo con la complicidad de lo más frívolo de tu generación (se puede ser frívolo y tener talento). Igual no nos dimos cuenta en su momento, pero Tiburón y Star Wars se cargaron el nuevo Hollywood.
Una imagen de la producción de 'Tiburón'
La ventana de oportunidad se aprovechó. Y durante unos pocos años, la industria aparcó el maldito sueño americano (esa nostalgia por una época que, en el fondo, nunca existió) para dedicarse a explicar historias de gente con problemas, o sea, más cercanas a la realidad. Luego las cosas volvieron a su cauce, hasta llegar al actual estado de Hollywood como fábrica de idiotas especializada en comedias chungas y aventuras de súper héroes.
El intento de personalizar e intelectualizar la industria del cine, aprovechando un vacío de ideas y de poder, acabó fracasando, pero mucho del material rodado entre finales de los 60 y mediados de los 70 ha pasado a la historia del mejor cine mundial.
Ese es, si no lo entendí mal, el mensaje de Breakdown: 1975, un documental que mueve a nostalgia de la buena: a diferencia del sueño americano, esa época, aunque breve, sí existió.
