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Las Pussy y el artista islandés Ragnar Kjartansson

Kjartansson, artista islandés, expone en la fundación Thyssen cuatro instalaciones, con una visión de orden plástica, pero también musical

Montaje del artista islandés Ragnar Kjartansson / FUNDACIÓN THYSSEN
Montaje del artista islandés Ragnar Kjartansson / FUNDACIÓN THYSSEN

Es una pequeña sorpresa enterarse por la prensa de que una o  dos de las chicas de las Pussy Riot, artistas moscovitas punkies que estaban sometidas a arresto domiciliario por una performance blasfema en un templo ortodoxo, que les costó una sentencia de años de cárcel, una de esas gamberradas higiénicas que en España hubiera sido severamente denunciada por la preconciliar Asociación de Abogados Cristianos --¿para cuando su ilegalización?-- han logrado escapar del encierro y salir del país.

Las Pussy han escapado de la casa donde estaban confinadas disfrazándose de repartidoras de comida a domicilio, es decir: uniformadas de verde, con la cara oportunamente cubierta con mascarilla por las cosas del Covid. Así los centinelas de la policía no han notado nada y ellas han pedaleado hacia la frontera. En plan Pimpinela Escarlata o Tulipán negro del siglo XXI. (El siglo XXI es tan disparatado que parece que se preste a giros y vueltas rocambolescas de los destinos individuales, como antes de la Revolución francesa). Parece que ha sido esencial para su fuga la colaboración del artista islandés Ragnar Kjartansson, nacido en 1976. Le honra.

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Ragnar Kjartansson, 'The End', 2009 / THYSSEN-BORNEMISZA ART CONTEMPORARY

Precisamente este artista islandés tiene ahora en Madrid, en la fundación Thyssen del paseo del Prado, dentro de los programas de exposición de doña Francesca Thyssen (pariente política de Tita Cervera), una muestra muy interesante de cuatro instalaciones, bajo el título de la más importante y ambiciosa, Los visitantes. Kjartansson es un artista tan “plástico” como “musical”. Los visitantes, donde cuaja magistralmente la propuesta atmosférica de la que las otras tres instalaciones son ejemplos interesantes, ocupa una larga sala subterránea y está dispuesta en nueve grandes pantallas. En cada una de ellas vemos una habitación de una gran, noble casa de madera típica del Estado de Nueva York, una de esas casas en suave decadencia, y en cada una de esas espaciosas habitaciones hay un músico, con su instrumento –contrabajo, saxofón, piano, guitarra, etcétera— y con los auriculares calados a las orejas, que le permiten estar en sintonía con las demás habitaciones, con los demás músicos.

Según el visitante se va desplazando, acercándose a cada una de las habitaciones, según se va incorporando al área de sonido de cada instrumento, sigue oyendo los demás pero sobre todo escucha un instrumento. Es como si en vez de sentarse frente a la banda o a la orquesta el espectador pudiera deambular en medio de los solistas.

Nosotros, los espectadores

Por cierto que hay otros artistas que trabajan según este paradigma, de complejo tecnicismo; este mismo año pudimos ver en Matadero la famosa rapsodia The murder of Crows (el Funeral, o la Matanza de los cuervos, 2008) de Janet Cardiff y su esposo George Bures Miller, monumental instalación sonora a base de 98 altavoces. Pero la obra de Cardiff, aunque tenga tan agudo carácter narrativo, es de orden estrictamente musical.

La visualidad de la pieza de Kjartansson tiene un encanto particular. Representa también el prodigio del trabajo musical en equipo, donde cada músico es singular y solitario, y al mismo tiempo forma parte de un conjunto armonioso. En la novena pantalla, por cierto, vemos a todos los músicos en la veranda de la casa, ante el jardín, charlando, tomando té, en esa especie de cómoda comunión que tanto nos gusta a todos y en la que todos alguna vez hemos participado, por lo menos alguna vez, de jóvenes, ¿no? Ahora se me ocurre que el título de esta pieza tan evocadora, Los visitantes, en realidad no alude a los músicos que están allí en casa ajena, sino a nosotros, los espectadores.