El palacete de Bertrand i Musitu, en el Putxet de Barcelona / JUAN PABLO TORRENTS

El palacete de Bertrand i Musitu, en el Putxet de Barcelona / JUAN PABLO TORRENTS

Artes

La colección Bertran i Musitu, confiscada por la II República

El grueso de la colección Musitu, con estándares del arte burgués del primer medio del siglo pasado, se lo quedó la II República y otras piezas llegaron a la red de museos de Cataluña

7 junio, 2020 00:00

El empresario José Felipe Bertran de Caralt, ex vicepresidente de Asland e impulsor de un imperio avícola, heredó su mansión de El Putxet de su abuelo, el abogado de la Lliga Regionalista, Josep Bertran i Musitu, y con ella su colección de arte. Algunas de las mejores piezas de aquella colección, catalogadas o no, siguen estando en el interior del palazzo noucentista, rodeado por el mejor jardín privado de Barcelona, comparable al cottage de la Torre Castañer (Bonanova) de los Güell. El arte contemporáneo se expresa con plenitud cuando al artista devuelve la impresión recibida y la refleja en la obra. No es necesario pertenecer a una escuela de las vanguardias para llenar de emoción al espectador con la paleta o el cincel; en la Barcelona del novecientos el naturalismo y el figurativismo fueron más apreciados que el cubismo o el expresionismo por las clases pudientes que disponían de las salas Parés, Metras o Lassaleta, entre otras, como puntos de reunión y cunas del conocimiento. El grueso de la colección Musitu, que mantiene los estándares del arte burgués del primer medio siglo pasado, fue confiscado por la II República. Solo se libraron de la recolección pública las piezas que fueron a parar a la Red de Museos de Cataluña, y que habían sido cedidas en exposiciones recientes.

La confiscación y su rescate posterior tienen una historia negra relacionada con la diáspora de una herencia de gran valor patrimonial y artístico. El núcleo Bertran pasó la guerra civil en San Sebastián, al abrigo de la zona nacional controlada por el general Mola. En sus últimos meses, el Gobierno de la República se trasladó de Valencia a Barcelona y el presidente Juan Negrín fue instalado en la casa del Putxet, en cuya biblioteca tuvieron lugar las últimas reuniones del Consejo de Ministros republicano. Este dato ha sido interpretado por analistas rigurosos e historiadores como un castigo del bando republicano a la figura de Bertran i Musitu por su colaboración, junto a otros prohombres de la Lliga, con el directorio militar de Franco, a través de una oficina de información situada en Marsella, durante la guerra civil.

Interior, con vista a la entrada principal del Palacete Bertrand i Musitu / JUAN PABLO TORRENTS

Interior, con vista a la entrada principal del Palacete Bertrand i Musitu / JUAN PABLO TORRENTS

Viaje a la libertad

Solo un tiempo después de terminada la contienda, los Bertran regresaron y pudieron tomar posesión de sus fincas y fábricas; los centros industriales, que habían sido colectivizados por la CNT, fueron devueltos a sus propietarios gracias a la Comisión de Fábricas, presidida por José María Milà, conde de Montseny, en una operación empujada por Miquel Mateu, el gran metalúrgico, presidente de Fomento del Trabajo y alcalde de Barcelona en la inmediata posguerra.

Los bienes raíces siguieron un proceso de devolución paralelo, que culminó con la recuperación de domicilios y solares por parte de sus legítimos propietarios. En estas devoluciones, aparece de nuevo el paralelismo entre la Casa Bertran y la mansión de los Güell, dos núcleos entroncados. En la Torre Castañer, ocupada también durante la contienda, pasó sus últimos días en España el poeta Antonio Machado, improvisado primer ministro republicano, antes de aquel viaje a la libertad, que terminó dramáticamente en Colliure.

La luz se proyecta en la naturaleza

La base de la casa Bertran se levantó en 1861, cuando Felipe Bertrán Amat (historiador y político barcelonés) mandó construir una villa de toque padano en el Putxet.  Su hijo, José Bertrán Musitu, cofundador de la Lliga y ex ministro de Justicia, la reconvirtió en la villa italiana de magentas y rojos, emparentada con los estilos de la Toscana. Enclavada en la punta mas alta del Bosque del Putxet, la villa desparrama su antiguo jardín en fincas colindantes, propiedad de los Schönhöfer, los Hatmmann o los Sánchez. En ellas se filmaron diferentes encuadres de la película Vicky Cristina Barcelona, de Woody Allen.

“Tener compasión y un poco de valor son dos cosas que garantizan una vida aventurera”, escribió Axel Munthe. Así lo vivió el industrial Bertran de Caralt, cuando se trasladó a la villa, dispuesto a vivir una experiencia única desde los años 50, como un imaginario Lawrence Stern del sur, viajando sin salir de su jardín, atrapado en una jaula de oro, que  cuidó y engalanó con esmero. El elogio que merecen los balaustres de la mansión y la extrañez de su gruta (sirvió de refugio antiaéreo en los bombardeos de la Legión Condor) rezuman esa extraña embriaguez, que flota en el aire de Barcelona algunas tardes de otoño.

Interior del Palacete de Bertrand i Musitu / JUAN PABLO TORRENTS

Interior del Palacete de Bertrand i Musitu / JUAN PABLO TORRENTS

Sin lugares ocultos, aunque estén a la vista de todos, la arquitectura y el arte que cuelga de sus paredes no tendrían nervio. En los tragaluces y sobre los capiteles neoclásicos de la mansión, la luz del sol proyecta la naturaleza pasiva de ocres y azules del mejor paisajismo catalán. Sus moradores evitan autorías; prefieren referir campos y figuraciones del pasado. No hablan de leyes paganas sino de las leyes del arte, sin mencionar a sus autores. Ante un cuadro bien estructurado o ante una de las esculturas neoclásicas de la mansión “no es necesario que un árbol sea capaz de volver a florecer, ni un hombre volver a respirar”, escribió Paul Klee en su libro Teoría del arte moderno, una cita aparentemente inconexa, pero que le va como anillo al dedo al bosque del Putxet. En sus terrazas, al caer la noche, se oye el chiflar de la lechuza desprovista de misterio.

En el verano del 36

El emblemático jardín (obra de madurez de Nicolau Rubió) mantiene palmeras, enormes olivos de origen ibicenco, robles, camelias y centenares de buganvilias desmayadas en dirección a un pequeño torrente de agua natural, que ritualiza el culto a la naturaleza del complejo y que fue utilizado como fuente para el barrio en los años de racionamiento. Bertran de Caralt recibió el legado de los Musitu, como lo haría un hereu, comprometido con la idea de mantener la propiedad en manos de la familia, siguiendo los cánones de la vieja Compilació Civil catalana.

Mantuvo el continente, pero no pudo hacer lo mismo con el contenido, o con parte de él. La colección Musitu entró en una diáspora hoy casi imposible de seguir, después de que lo mejor de su cerámica y pintura entrara en la orden confiscatoria de la Generalitat republicana, que pretendía resguardar el arte catalán. Sus piezas fueron trasladadas junto a las de la colección Regordosa, de joyas artísticas, con obras remarcables del modernismo de los Mas Riera, unidas a piezas adquiridas en subastas internacionales procedentes de las plazas bálticas de los metales preciosos, como Amberes. Destacan también las colecciones de los hermanos Manuel y Antonio Rocamora, poseedores de series de vidrio antiguo español y retratos familiares pintados por Ramon Casas. En la misma captación entró la Colección Muntadas, propiedad del empresario Matías Muntadas, accionista de la empresa textil La España Industrial.

Todas corrieron la misma suerte aquel verano del 36. En pocas semanas, entraron en depósitos el arte medieval propiedad de la conocida familia de chocolateros barceloneses Amatller o la portentosa Colección Mansana de arte oriental, que apareció en Ginebra en 1939, junto al tesoro artístico del Museo del Prado. La Generalitat republicana documentó estas grandes colecciones, otorgando a cada pieza un número y una ficha de identificación, con descripción, medidas, autoría y nombre del propietario. “Las fichas están conservadas actualmente en el Archivo Nacional de Cataluña, mientras que el MNAC guarda, como documentación interna, los listados de las obras de arte trasladadas a los depósitos de salvaguarda”, escribe la historiadora Yolanda Pérez en Patrimonio confiscado (1936-1939)" (Editorial Base).