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Notas de suicidas

El artista polifacético Marc Caellas comenta en un "nervioso" libro los textos de despedida de suicidas, la mayoría artistas o escritores

El artista Alberto Greco / WIKIPEDIA
El artista Alberto Greco / WIKIPEDIA

El mismo día en que me entero de que en España se suicidan diez personas cada día, leo el libro Notas de suicidio del artista polifacético Marc Caellas, publicado por la editorial segoviana La Uña Rota. Es un libro pequeño, delgado y nervioso, bien diseñado: los comentarios del autor vienen en tinta negra, y salteados con esos comentarios, los textos de despedida de los numerosos suicidas, casi todos ellos relacionados con el arte o la escritura, vienen en tinta azul. La idea del libro, que es clara, nítida, tiene un problema: el lector siente continuamente la tentación de saltarse los comentarios de Caellas, ya que sobre este asunto, aunque según Camus fuese el tema filosófico principal, pocas especulaciones pueden hacerse. Uno va directamente a las “notas”. Por lo menos es lo que he hecho. Es un libro turbador, por descontado. Ahí, por ejemplo me he enterado de que el artista Alberto Greco, que tuvo una vida breve y una carrera artística divertida e interesante, aunque desastrada y difícil, siempre en la orilla de la extrema pobreza, se suicidó en 1965  en un piso de la calle Balmes de Barcelona, pero antes escribió en la palma de su propia mano izquierda la palabra “FIN”, y en la pared: “Ésta es mi mejor obra”, todo lo cual indica que fue artista hasta el final y que hasta allí le acompañó su sentido del humor, aunque en esta circunstancia el humor fuese tétrico.

Esto me recuerda (Caellas no lo menciona) al pintor búlgaro Pascin, seudónimo de Julius Mordecai Pincas, pintor de odaliscas, que se ahorcó en su estudio de París en 1930, dejando escrito con su propia sangre en la pared este mensaje para su mujer: “PARDON LUCY”. Su vida fue muy triste y derrochada. En un mercadillo de Sofía vi hace diez años, entre armas desactivadas y medallas alemanas de la segunda guerra mundial, unas láminas eróticas, de buen tamaño, pintadas a la acuarela, firmadas “Pascin”. Me las ofrecían por unos céntimos, pero me parecieron malas, y decidí que aun en el caso probable de que fuesen auténticas yo no quería poseerlas y colgarlas en mi casa, y que me estuvieran recordando siempre a Pascin, ni tampoco quería ocuparme de revenderlas y especular con un artista tan desdichado. 

Nada de chismes

Ahora que se celebra no sé qué aniversario de Gabriel Ferrater, me recuerda el libro de Caellas que a Salinas le dijo como explicación de su proyecto de matarse antes de cumplir los cincuenta años (que como es sabido cumplió puntualmente): “No quiero oler a viejo”. Entiendo que esa referencia al “olor” es metafórica, y una síntesis poética para referirse a todos los decaimientos y pesadumbres de la edad avanzada.

Gabriel Ferrater
Gabriel Ferrater

Hablando de poetas, es curioso que tanto Cesare Pavese como Vladimir Maiakovski se preocupasen de que tras sus suicidios la gente cotillease sobre ellos. ¿Qué más les daría, en qué podía afectarles lo que hiciese la gente cuando ellos ya no estuvieran? Bueno, quizá pensaban en reducir el sufrimiento de las personas que les querían. Pavese escribió: “Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿Está bien? No cotilleen demasiado”. Maiakovski en un momento de su nota de suicida, tras dar las gracias secamente al Estado en el caso de que se ocupase de su mujer, dice: “¡A todos! No se culpe a nadie de mi muerte, y, por favor, nada de chismes. El difunto odiaba los chismes”. Él había apostado muy fuerte por el bolchevismo. Recuerdo que en sus memorias, Mi siglo, el poeta polaco Aleksander Wat explica que cada vez que Maiakovski volvía de sus viajes a París pasaba por Varsovia; entonces se veían, y el ruso estaba cada vez más decepcionado y deprimido: “No entendí a Blok”, se lamentaba, refiriéndose a Aleksander Blok, el poeta simbolista a quien no había concedido, en vida, el respeto que merecía.  

Entre otras muchas este libro recoge también la nota del actor George Sanders que se mató en el Gran Hotel Don Jaime de Castelldefels. No me voy a entretener en reproducirla, porque es muy conocida, se encuentra fácilmente en internet o en el libro del que venimos hablando, y además el tema me parece que no me está animando mucho, y mejor será acabar ya estos párrafos.