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Luis Gordillo: “Cuando pinto, no soy viejo”

El gran artista abstracto español, que cumplirá 88 años el próximo mes de agosto y acaba de inaugurar 'Manicromático', reflexiona sobre el ocaso de la pintura, la religión, el humor y la belleza

El artista Luis Gordillo, Premio Velázquez y el gran abstracto de la pintura española / JAIMEFOTO
El artista Luis Gordillo, Premio Velázquez y el gran abstracto de la pintura española / JAIMEFOTO

En agosto de este año cumple 88. Viste de negro y sonríe con coquetería. Cuando lleva un tiempo conversando –y saludando a quien se le acerca–, Pilar, su mujer, le recuerda que deben volver pronto al hotel. Es el gran pintor abstracto de una generación irreductible que hizo las maletas en los sesenta y se placeó por París, Londres o Nueva York. Su estilo es tan inconfundible como sus colores. Su última muestra, Manicromático estará abierta hasta febrero de 2023 en el Espacio Santa Clara de Sevilla. Luis Gordillo fue uno de los primeros artistas que reconoció utilizar el psicoanálisis, al que se sometió para luchar contra una depresión crónica, como inspiración. Es Premio Velázquez –el Cervantes de la pintura– y un conversador fácil, amable y muy risueño. Es el superviviente de una generación que puso a la vanguardia española en el mundo.

La Transmigración de las almas, el último cuadro de esta exposición, se parece al penúltimo, que muestra unas nubes. Las nubes y las almas se parecen ¿no?

–Las almas son nubes pequeñitas (sonríe como si hubiera dicho una barbaridad). Es bonito pensar que existen. Yo no creo mucho en eso, pero es hermoso pensar que existe el alma como algo limpio y espiritual. Crecimos creyéndolo y de alguna manera esa idea se queda dentro.

–Usted pasa por racionalista.

–¿Racionalista? Bueno, yo no tengo fe, pero respeto mucho a las religiones como una cosa poética. Los mitos, las leyendas de la religión –la católica y las otras– han servido al hombre durante miles de años para responder preguntas sin respuesta, como consuelo y como bellas metáforas de la vida misma. Ahora parece que se necesitan menos.

Luis Gordillo

–La religión como una de las bellas artes.

–La religión es superior al arte. Ha explicado la vida durante siglos, nos ha dotado de mitos importantes: el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, los dioses… Todo esto es muy importante. Pertenece a la imaginación más profunda. El hombre, como colectividad. ha creado esa poética religiosa para vivir.

–Se puede vivir sin Dios. ¿Y sin arte?

–Yo vivo sin fe pero no concibo ni vida sin arte. Es mi caso. Me pone en un compromiso: una cosa es hablar de mí y otra de los demás. Aunque creo que el arte existe y ha existido siempre de distintas maneras. El flamenco es arte, los cuplés de los años cuarenta son arte y Picasso es arte. Hay un arte que nos cambia la manera de mirar y hasta de ver la vida. Y hay cosas pequeñas que son arte y que nos hacen felices.

¿La belleza es un derecho?

–Yo diría que sí. Parece ser que cuando proclamaron la libertad, la igualdad, la fraternidad se les olvidó la belleza. Pero está ahí. Fíjese que yo creo que las ciudades se construyen con voluntad de belleza, al menos las que quieren sobrevivir, trascender la mera ocupación de un espacio. Y hay edificios que claramente son hijos deseados de la belleza. Actualmente es una de las búsquedas indispensables en la arquitectura.

Luis Gordillo

–¿Cuál es la ciudad más bella del mundo?

–¿Después de Sevilla? (sonríe con enorme coquetería). Hay dos tipos de ciudades bellas: las clásicas y las modernas. Nueva York me sigue gustando muchísimo, me sigue estimulando y emocionando. Luego están las ciudades italianas, siempre con algo pendiente por descubrir. Lees un libro y encuentras una iglesia o un palacio que no conocías… Incluso en Roma, Florencia o Venecia. Hasta en lugares recónditos del Sur siempre hay un palacio, una capilla, un retablo. Es algo inagotable. Italia es magnífica. Es el país que nos gana en lugares bellos, pero inmediatamente detrás está España.

–Vive en Madrid.

–Vivo en mi casa (ríe abiertamente y pone gesto de confesar algo delicado). Yo no diría que Madrid es excepcional por su belleza, pero es una ciudad que está bien en general y tiene sus cosas. Me gusta, pero no es Sevilla, Cádiz o Salamanca, ciudades antiguas y sin embargo están tan vivas. Viví en Londres durante un tiempo cuando no estaban los rascacielos que hay ahora, y sigue siendo una ciudad interesante. Tiene grandísimos museos, probablemente los mejores.

–París fue, de alguna manera, su primer amor.

–Allí fui muy joven, huyendo de este país tan gris y tan triste entonces. Y sí: es una ciudad caliente, tiene algo blandito, comestible. París es un croissant. (Se ríe y reconoce que tal vez la comparación no le guste mucho a los parisinos, luego asegura admirar mucho Barcelona que le parece más francesa que española).

Luis Gordillo

–¿Sevilla es su casa?

–Hace muchos años que me marché y cada vez que regreso me vuelvo otro. Mi mujer dice que se me ilumina la cara y cambio completamente. No son sólo son los recuerdos, aunque sean tan buenos. Es la luz, la manera de estar, sus artistas, su gente. Tuve una infancia muy feliz, con ocho hermanos y una madre que era un ángel. Mi hermano mayor, Ramón, fue un gran intelectual; primero en el seminario y luego en el Partido Comunista. Él fue el que me acogió en París y confió en mí desde el principio. Tenía una fe como yo jamás tuve. Siempre creyó que yo era especial.

–Ahora usted sabe que tenía razón ¿no?

–Bueno, tal vez. Mire, yo siempre he dudado de mí y de mi obra. Ahora menos porque me siento apoyado. Especialmente por las generaciones más jóvenes. Conecto muy bien con ellos, creo que me entienden y yo trato de entenderlos. Me interesan muchísimo. Algunos me copian (ríe y parece satisfecho). Hay mucho talento. Tuve un primer encuentro con aquella generación del grupo de Alcolea; con Carlos Franco, sobre todo, tuve una relación muy estrecha. No los busqué, me buscaron. Y luego tengo relación continuada con artistas más jóvenes. La experiencia de Triplex (una exposición a tres bandas con Miki Leal y Rubén Guerrero) ha sido muy interesante, con tres obras hechas retroalimentándonos. La relación con los jóvenes es vital, hágame el favor de decirlo y que corra la voz.

–Fue uno de los primeros que habló de depresión y psicoanálisis, pero, viendo sus exposiciones, da la impresión de que le ha ganado la batalla a la tristeza.

–¡Uy, no crea! Es que cuando vengo a Sevilla me pongo alegre… Algunos paisajes me calientan. El arte ha sido un refugio para mí. Podría no vivir. Me hubiera escapado (usa esta expresión mirando a la entrevistadora por si no se entiende su significado) en muchos momentos de mi vida. El arte me ha salvado y me sigue salvando. Imagino que vivo la vida de los frailes de un convento, ensimismados en sus cosas, sus labores, sus misitas, sus ayunitos (sonríe usando los diminutivos). Lo mismo hago yo, mis cositas que dan sentido a todo.

Luis Gordillo

–¿Es moral el arte?

–Yo diría que sí, la moral de la honestidad, el enfrentase todos los días con la obra, desde la realidad, sin mirar los dólares, comprometiéndose con ella cada día. Hay artistas que dan con un estilo, les funciona, venden y se quedan ahí y se repiten hasta que se mueren. Eso no es artístico ni moral. Son personas de entidad menor.

–¿Se puede ser un mal bicho y un artista genial?

–Ya lo creo. Ha habido muchos; algunos, grandísimos artistas. Caravaggio por ejemplo, que mató a un hombre, carecía de escrúpulos, era un asesino y un sinvergonzón. Y era genialísimo. (Usa los calificativos como si fuera un juego, pero cuando se le pregunta por la pésima fama de Picasso y su trato con las mujeres se explaya un poco más). Yo creo que Picasso era un hombre fuerte y muy normal, alejado de cualquier neurosis y de cualquier sentido de culpa. Desde luego tenía una salud mental envidiable y una libertad artística asombrosa. Con las mujeres era un fresco (vuelve a usar un calificativo, digamos que menor, desprovisto de sal gorda). Cuando se le gastaba una buscaba otra sin mirar atrás. No he leído mucho sobre su vida, pero admiro profundamente su arte.

–¿Se puede querer a alguien sin admirarlo o viceversa?

–Las dos cosas. Claro que sí. Son sentimientos distintos: la admiración y los afectos. Puedes querer a alguien sin admirar algo especial en su persona y admirar a otro sin que su vida te interese en absoluto. No siempre es necesario el cariño.

Luis Gordillo

–Neruda tituló sus memorias Confieso que he vivido. ¿Le vale la frase cuando echa la vista atrás?

–A mi edad, ahora que tengo menos tiempo (enmarca las cejas tras interrumpir la conversación para responder a quienes se acercan a saludarle) creo que se trata de haber vivido en paz con tu compromiso. De vivir de verdad, sin engañarte. De vivir en línea recta. De no defenderse y no esconderse detrás del arte. Hay que hacer un esfuerzo por ser limpio, aprovechar la sensibilidad que se tiene para convertirla en un objeto decente y admirable.

–Hemos hablado de la depresión, pero muchas de sus obras tienen un clarísimo sentido del humor.

(Señala con el dedo una de ellas: un altoestrato con ojos postizos) ¡Es que lo tengo ¡Puedo ser un depresivo crónico pero no puedo vivir sin reírme! Mi mujer y yo andamos todos el día de broma. Y nos reímos muchísimo. Es instintivo en mi obra y en la vida cotidiana. Sobre todo, me mofo de mí mismo. Le aseguro que no es una pretensión, que no es una terapia ni nada forzado. Es que me sale de una manera natural.

–Desasosegante quizás, pero no triste.

–Cuando no era conocido pensaba que mi obra no interesaba a nadie porque es difícil, muy dura, demasiado dramática. Luego me he dado cuenta de que no era eso. Es que estaba en fase de ser conocida y entendida. Hay artistas que son muy duros y no lo esconden. Es parte de su obra. La mía no es así, aunque a veces pueda parecerlo. No la encuentro repulsivamente trágica sino alegre, diría que muy vital.

Luis Gordillo

–¿Tiene alguna asignatura pendiente?

–En el arte siempre queda algo por hacer, descubrir y experimentar. Pero si hablamos de las experiencias que he tenido… me encantaría una gran exposición en el MOMA de Nueva York, la verdad. Una grande, como la que he hecho el año pasado en Pamplona.

–Usted es un incuestionable.

–Uy, no sé. Incuestionables e internacionales ahora mismo, de España, son Jaime Plensa o Cristina Iglesias. De todas maneras, todo cambia muy rápido. Fíjese que antes Tapies era nuestro artista más reconocido: tenía salas enteras con su obra en el Pompidou o en la Tate Gallery. Y ahora, no. ¡Y en tan poco tiempo!  (Se le pregunta el porqué y se encoge de hombros). Es la tiranía de la moda. La gente se aburre pronto. Tal vez haya otras cosas más activas o acordes con el tiempo que vivimos, otros formatos. Tiene que ser alguien muy, muy, muy bueno para que aguante la presión de la moda. Y eso le ocurre a uno por mil. Con suerte.

–Usted lo ha hecho.

–No. Me tengo que morir primero (se carcajea ante la cara circunspecta de la entrevistadora).

'Tríptico I' / LUIS GORDILLO
'Tríptico I' / LUIS GORDILLO

–Ha llamado a su última exposición Manocromático. La obsesión por color, o sea.

–Es bueno el título ¿verdad?  Se me ocurrió en un instante. El comisario me ha entendido perfectamente. El color es una de mis obsesiones. Es esencial en mi obra. (Se le recuerda que tiene abundante obra en blanco y negro y recuerda que también son colores). Aunque la idea de lo monocromo, que he usé en los ochenta, es un concepto diferente. Me interesa, pero sin duda el color es lo más importante en el arte, como las palabras en la literatura. Rodríguez Montiel habla del verde y el azul Gordillo, (sonríe complacido), pero yo creo que lo mío es el verde. Ni idea de por qué. Y en esta última exposición diría que –como en casi toda mi obra– todo es investigación. Investigación con la fotografía y con los ordenadores. Cojo una imagen y la repito en colores de tonos distintos. A veces uso esas imágenes para collages, a veces para mostrarlas todas juntas. Depende. Pero el color es la base para la pintura, si es que podemos seguir hablando de pintura. Yo creo que la época de los pinceles se ha acabado. Ahora hay otras técnicas. La pintura tal como la hemos conocido ha muerto.

–El escritor César Aira dice que la literatura ha llegado a su límite, pero el arte no.

–He dicho pintura, no arte. Sí, puede que tenga razón Aira, creo que los escritores de vanguardia, si los hay ahora mismo, deben tener pocos seguidores. Creo que hemos llegado a cierto límite. A eso me refiero cuando hablo de la muerte de la pintura. Los grandes teóricos, los museólogos, lo dicen. Y creo que tienen razón. Para mí es un martirio trabajar con algo que la gente cree que ha acabado, pero es posible… Ahora en el festival Documenta o en la Bienal de Venecia lo que hay son performances, instalaciones, artefactos. Son arte, pero no con el sentido que nosotros conocíamos. Yo me trato con artistas jóvenes, pero realmente (sonrisa amplia) soy su antepasado.

–¿Lee lo que escriben sobre usted?

–Sí, hay gente que conoce bien mi obra. Montiel, sin ir más lejos. Y hay gente que dice cosas muy locas (vuelve a carcajearse). Verdaderamente en algunos carteles de exposiciones se dicen muchas tonterías con un lenguaje críptico. Solemnes tonterías

Luis Gordillo

–¿Qué se sabe a los ochenta y ocho años?

–Que se acerca el fin de la ópera. (Ríe para evitar cualquier dramatismo). Que el tiempo es oro. Acabo de inaugurar esta exposición y tengo ocho más pendientes. Ocho. Aunque el mérito no es mío, sino de mi mujer, Pilar. Es la que me empuja, la que me alienta. A veces me da vergüenza: yo estoy tirado en el sofá, a las doce de la noche, viendo la tele y ella está trajinando en el estudio. Sin ella nada sería igual. Soy muy afortunado.

–Habla del final, pero también ha reconocido que ha coqueteado con la muerte.

–Como idea. Nunca como algo real. Jamás he dado un sólo paso, aunque estuviera sufriendo. La muerte nunca ha sido mi realidad. Y menos, ahora. Aquí sigo dando a la manivela (hace un gesto, se levanta y antes de despedirse se vuelve). Cuando pinto no soy viejo.