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Cuando un dedo señala la luna es más interesante mirar al dedo

La joven artista Cristina Garrido publica 'El mejor trabajo del mundo', compendio de su trayectoria hasta la fecha

Una de las obras de Cristina Garrido, dentro 'El mejor trabajo del mundo' / CG
Una de las obras de Cristina Garrido, dentro 'El mejor trabajo del mundo' / CG

Me ha pasado más de una vez que veo una obra o una instalación interesante, sugestiva, y sólo al consultar la cartela me entero de que es obra de Cristina Garrido (Madrid, 1986), una artista que suele trabajar precisamente en la crítica, en la deconstrucción, en la indagación del mismo sistema artístico.

En ese sistema ella desvía la mirada de donde se supone que debería concentrarla y es así como descubre y propone cosas fascinantes --con una especie de implícito humor discreto--. Contra lo que dice el tópico, a veces, cuando el dedo señala a la luna, es más instructivo e interesante no mirar la luna sino el dedo.

Entre sus obras, me alegra comentar la última y más excitante. El pasado sábado 21 de mayo se presentó un libro retrospectivo de sus obras, que se acaba de publicar con ocasión de su exposición en la Fundación DIDAC que lleva por nombre El mejor trabajo del mundo: una exposición colectiva --un assemblaje de obras de ocho artistas que “apuntaban” maneras en los años ochenta pero que actualmente se dedican a otras actividades y trabajos-- y con una banda sonora en la que esos hombres y mujeres explican los motivos por los que en un momento determinado o tras un lento proceso de “desencantamiento” abandonaron o fueron expulsados del circuito del arte. ¡Por una vez no se habla de los héroes triunfadores, vestidos con manchado mono, que después de seis meses de trabajo obsesivo en el taller salen a la luz y venden sus creaciones por millones de euros!

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La artista Cristina Garrido / CG

Pienso que no es lo mismo abandonar, o tener que abandonar, el mundo del arte que abandonar, por ejemplo, el del periodismo (que, por cierto, también se postula como el mejor oficio del mundo) o la abogacía, o el deporte de alta competición, por traumático o triste que ese abandono pueda ser en algunos casos. El arte es otra cosa (“el arte es el arte, y todo lo demás es todo lo demás”, según la conocida sentencia de Al Reinhardt), y la práctica del arte una disciplina especial. Sólo a medias con ironía dice Nauman en su célebre neón que “El verdadero artista ayuda al mundo revelando verdades místicas” y Richter, en entrevista con Serota, habla del arte como una vía de acercamiento a la trascendencia, literalmente, aunque él se define como ateo, si no recuerdo mal. Estamos hablando de materiales simbólicos y vidas “consagradas”, de un complejo de cosas que vino a postularse como una forma alternativa de religión, incluso con sus propios fetiches y reliquias, su propia curia, sus mártires, sus santos milagrosos y su leyenda dorada.

Relax vital superficial

Por eso, y porque ha de ser muy apetitoso, muy seductor, aunque uno no sea tonto e intuya ya desde el principio que no será fácil, el proyecto de pasar la vida dejando que fluya tu propia creatividad y se manifieste y se desarrolle, y sea además celebrada y pagada, estoy seguro de que renunciar al estatuto de “creador” es más duro que renunciar a la carnicería, la arquitectura o el periodismo. Quizá sólo sea comparable a ser expulsado de la judicatura, como Garzón o Gómez de Liaño, por ejemplo, pues el juez en su juzgado es equivalente a un dios. Renunciar a la vida artística es como regresar de un mundo encantado a la cadena de montaje y al tiempo tasado, volver de la plenitud a la mortalidad. Y así lo dice en la mencionada “banda sonora” una de las artistas “rescatadas” por Cristina Garrido: “…un drama dolorosísimo. Sé el dolor que supone renunciar a tu vida creativa. Es un dolor de muerte. Yo me morí como persona…”

Otras voces son más resignadas: “Fui descubriendo poco a poco que lo mío no es ser artista sino, bueno, ser profesor, ser padre de familia…” O bien: “Yo cuando nació mi hijo al poco tiempo me separé y aquello fue como un drama personal. Porque yo necesitaba aportar dinero para mi hijo, y entonces esta cosa del arte que requiere un cierto relax vital me resultaba muy superficial”.

Algunas de las voces abandonaron cuando habían “entrado” ya en el circuito, vendían en Arco, tenían su galerista, incluso algunos coleccionistas compraban sus obras, todo iba según lo deseado, pero algo se quebró: “Yo ya había rozado el firmamento. De allí a la gloria, de verdad que sí, pero estaba herida de muerte en ese momento. Realmente estaba muy mal…” Otros pasaron de la fantasía al desengaño: “Al final me di cuenta de que el mundo del arte es un juego de poder, y ahí yo era sólo un peón. La gente que sale indemne de eso, igual que no todas las actrices de Hollywood habrán sido depredadas por Weinstein… es un mundo en que hay mucha depredación, y como mujer estás más expuesta.” En fin, los testimonios puede el lector escucharlos en la propia página web de Cristina Garrido.