Ricardo Bofill, por Farruko

Ricardo Bofill, por Farruko

Artes

El penúltimo Bofill

Se va el arquitecto, el penúltimo cosmopolita, el urbanita, el apasionado de la ciudad compacta, que merece un adiós grandioso

14 enero, 2022 20:10

Pepe Ribas, el editor de Ajoblanco, diría que Ricardo Bofill había nacido en el París del siglo XVIII, cuando los peluqueros eran filósofos y el pensamiento crítico se refugiaba en el Hotel de Pompadour o el salón de Ramboulliet. El arquitecto y urbanista entró en la Escuela de la Mirada, una academia inventada por los muy de lo más, y lo hizo diseminando por las capitales del mundo trabajos con firma de autor. En Versalles, construyó Les Arcades du Lac (1982), una ville nouvelle de manzanas ortogonales que ―como Le Palais d’Abraxas o Le Théâtre y L’Arc en Marne-la-Vallée― combinan tecnología y cottage afrancesado, símbolo bofilliano de la convivencia compartida. Levantó y teatralizó Echelles du Baroque, en el distrito XIV de París, o Antigone en la ciudad de Montpellier. Entonces amaba la convivencia y se paseaba con deleite por la Derecha del Eixample, “el auténtico centro del planeta, que no tiene nada que ver con el de Dalí, bajo un banco de piedra en la estación de tren de Figueres”. Doy fe.

Hay mucho más, pero primero lo que era de justicia. Con especial atención al inicio epatan del Waldem, en Sant Just Desvern, fruto de aquel equipo de poetas, antropólogos, cineastas, diseñadores, artistas plásticos, escritores y médicos, siguiendo un perfil muy Malraux, más Regis Drebay y menos Henry-Levy: todo en compañía de José Agustín Goytisolo, con el toque de la Escuela de Cine de Barcelona, centrada en Jacinto Esteva e influida por Gonzalo Suárez, y por la actriz Serena Vergano, una constante en la vida del arquitecto. El Waldem es el maravilloso Taller de Arquitectura, que se ha venido cayendo a ladrillazos desde antes de que el fantasma del lugar sacara la cabeza para inspirar El amante bilingüe, la novela de Juan Marsé. Contra la tempestad, lo que vale es.

El arquitecto Ricardo Bofill / EUROPA PRESS

El arquitecto Ricardo Bofill / EUROPA PRESS

El genial arquitecto, cuello camisero de blanco impoluto y tricotón de media noche, practicaba el stand up en la barra del antiguo Merveyé, al pie del Tibidabo; naturalmente, frecuentaba también el Nick Habana o el Bocaccio. Con el acento de la ciudad bonita, Bofill  ganaba batallas dialécticas y hasta carnales en noches dulcemente interminables, cuando el susurro dipsomaníaco de los presentes se retrotraía al momento en que Europa despejó el camino de La filosofía en el tocador, de Sade. En la tertulia del Rialto, se hablaba del Manual de disciplina inglesa de Sacher Masoch, traducido por Pepe Zaforteza, el ingeniero humanista, encajonado en la saga de los descendientes de Juan March, que durante el día gestionaba Fecsa, la Barcelona Traction del pirata mallorquín.  

Qué fácil resulta rememorar a la vieja libertad en un momento odioso como el actual, marcado a fuego por el puritanismo anglosajón de los mentirosos; son los mismos estrechos que se llevan su propia botella de whisky de malta a las fiestas de Boris en Downing Street. Ayer, al conocer la desaparición de Bofill, más de uno estaba por exclamar basta ya de llantos, el arquitecto se merece un entierro estilo Harlem con el Want the Saints Go Maching in adornado de blanco magnolia. Él quería y nosotros también, un adiós digno del penúltimo cosmopolita, el urbanita, apasionado de la ciudad compacta --un anti Los Ángeles y un hurra por Trieste-- adorador del sol, como Durrell o Lawrence, amante del salitre marino y de la hierba mojada del jardín latino.

Alejado del aluvión separatista

En las madrugadas de los ochenta, te podías cruzar con Bofill en el 252 y a Oriol Bohigas en el Tres Torres. Después llegaron la fiebre olímpica, el mandarinato del Bohigas maragaliano --recientemente fallecido-- y el divorcio definitivo entre ambos. Bofill se fue alejando. Dejó un sitio muy amplio para los acólitos de la Barcelona aburrida y pobre, actual capital alternativa (la primera es Girona) de la República Catalana. El arquitecto se inició a la vida en el Virtelia, el colegio de la Cofradía, que junto a Talita, Laietana o Costa i Llobera, ha producido catalanes cultos, alejados del aluvión separatista, que hoy señorea la sinrazón. Su generación --la de Roca, Maragall, Figueras o Pepe Suñol-- estaba integrada en la infancia cómoda del bilingüismo, cuando el catalán no era lengua oficial, pero recibía el homenaje sagarriano del teatro en familia. Era la lengua vernácula a la que se rindió una liturgia natural en la segunda mitad del siglo pasado, gracias a la belleza de poetas enormes, como Carles Riba (Ah, la emoción de Salvatge cor), nuestro mejor bardo.

En arquitectura no vale repartir carnets de fraternidad o vasallaje, porque nadie puede presumir siempre; así lo atestigua la última estampita de Bofiil, feamente levantada al lado de casa, el Hotel Vela sobre la playa de la Barceloneta, justo en el sitio en el que, sarcasmos de la ficción, Alonso Quijano mantuvo su duelo frente al Caballero de la Blanca Luna.

Imagen del W Barcelona o hotel vela / CG

Imagen del W Barcelona o hotel vela / CG

El Vela es un lupanar acristalado que mira al cielo y al horizonte como los zotes entretenidos en un mascarón de proa, bajo el vuelo de los alcatraces. El genio que a última hora rozó incomprensiblemente el monumentalismo pantalla de Calatrava no tiene nada que ver con el auténtico Ricardo: el del Walden, y de los edificios cristal opacado de Detroit, la vieja capital del motor, como West Wacker de 50 plantas, o las torres de Tokio y Luxemburgo. Lo mejor de su compendio mediterráneo está en Beirut y en Casablanca, o en Valencia con el superior Jardín del Turia, toque babilónico sobre el cauce del río, obra del artista, que entendió y defendió el sello renacentista de la bella capital del País Valencià.

Bofill defendió el principio que dice “todo lo que avanza sana” y quizá por eso le perdimos la pista en la pasajes benjaminianos y en las plazas alcalinas del gótico civil. La procacidad de su desatado bolsillo no le permitió mantenerse al margen de la hegemonía macro-tecnológica de los grandes bufetes de sus colegas, Frank Gerhy o Jean Nouvel, frente al Támesis o a Central Park. Bofill pecó, pero mantuvo su dignidad de ácrata, negándose a reparar sus propias fachadas por lo que significan de fugaces. Creyó en un urbanismo curativo. Regresó mil veces a la elasticidad de la línea clara, al racionalismo de Le Corbusier, sin citas ni cultismos de tercera clase. Amó con la cabeza la inmovilidad del mundo clásico, pero su corazón nunca pudo resistirse a la atracción de lo que él mismo demonizó tantas veces: los espirales del neogótico modernista. Se lleva a la posteridad la lucha entre el ochocientos y el novecientos, el encono de todo artista junto al mar, a la hora del recuento.