En noviembre de 1908 Pablo Picasso dio un banquete en su estudio del Bateau-Lavoir, en Montmartre. Entre los invitados estaban Guillaume Apollinaire, Gertrude Stein, André Salmon, Max Jacob, Marie Laurencin y Georges Braque. Al invitado en cuyo honor se había organizado la velada se lo colocó en un improvisado trono y Apollinaire compuso un poema en su honor. Se trataba de un pintor de sesenta y cuatro años, que había expuesto en varias ediciones del Salon des independants, suscitando comentarios jocosos sobre su ineptitud. Su nombre: Henri Rousseau, conocido como El Aduanero Rousseau. Ahora el parisino Musée de l’Orangerie le dedica una exposición (abierta hasta el 20 de julio).
Cartel de la exposición ´Henri Rousseau, la ambición de la pintura´
No está del todo claro cuánto de sentido homenaje y cuánto de mofa había en ese banquete, en el que un grupo de jóvenes y revoltosos artistas y literatos celebraron a un viejo pintor excéntrico. A un hombre bonachón hasta rozar la simpleza, aunque muy pagado de sí mismo. “Usted y yo somos los artistas más importantes de esta época”, le dijo muy convencido a Picasso. Algo de burla podía haber, pero lo cierto es que Picasso había adquirido cuatro obras del aduanero y Apollinaire lo defendió como crítico. Otros artistas, como Robert Delaunay y Kandinsky, y escritores como Blaise Cendars, Breton, Cocteau y Malraux, dejaron también testimonio escrito de su admiración.
Más allá de la etiqueta de naíf
Por sus torpezas con la perspectiva y las proporciones y la simplicidad de su pincelada Rousseau es conocido como el primer pintor naíf de la historia. Pero conviene no quedarse en esta mirada superficial. Su obra, sobre todo la de los últimos años de su carrera, se adentra en territorios que van mucho más allá.
Nacido en Laval, en la región de Pays de la Loire, se trasladó a París y trabajó durante más de dos décadas, no como aduanero, sino como funcionario encargado de las tasas que se aplicaban a los productos que entraban en la ciudad en las barcazas del Sena. Desde niño sintió el deseo de convertirse en pintor, pero su humilde familia no podía pagarle estudios de Bellas Artes, de modo que su formación fue autodidacta, lo cual explica sus limitaciones técnicas.
Este funcionario aficionado a visitar el Museo de Cluny —en el que cuelgan los maravillosos tapices de La dama y el Unicornio— podría ser considerado a primera vista como un “pintor de domingo”, una categoría que nace en el siglo XIX con el ocio de la burguesía. Pero hay en Rousseau una auténtica y voraz pulsión creativa a la que se dedica en cuerpo y alma en cuanto le llega la posibilidad de jubilarse de su trabajo funcionarial. Casado dos veces —quedó viudo de su primera esposa, con la que tuvo seis hijos, de los que solo una hija llegó a la edad adulta—, complementaba su pensión dando clases de violín y pintura en su casa de la banlieue parisina.
Vivía muy cerca otro paisano de Laval, todavía más excéntrico que él: Alfred Jarry, el autor de Ubu Rey, que le presentó a Apollinaire. Estos tres personajes, a los que se suma Erik Satie, son los protagonistas del monumental estudio La época de los banquetes de Roger Shattuck, una lectura fundamental sobre el París de la Belle Époque y los albores de las vanguardias.
Un pintor sin técnica
La figura de Rousseau representa, por el momento en el que desarrolla su carrera, una singularidad interesante. Es una suerte de pintor natural, ingenuo (naive), sin formación académica y con evidentes carencias técnicas que le llevan a tomar decisiones sorprendentes, desconcertantes. Llega de manera intuitiva a rupturas similares —en el color y las formas— a las que estaban protagonizando movimientos como el expresionismo y el fauvismo. Y en su última etapa es un surrealista antes de que exista siquiera el concepto y el manifiesto del movimiento. André Breton, que lo incluyó en El arte mágico, afirma en ese ensayo que Rousseau es sin duda el primer pintor que permite hablar de “realismo mágico”.
Por diversos testimonios de la época, sabemos que era un hombre simple, pero con delirios de grandeza. Tan ingenuo que al final de su vida tuvo problemas con la justicia cuando se dejó embaucar por un conocido en un chanchullo económico que acabó con denuncia por estafa. No era la primera vez que acababa ante un tribunal: en su juventud en Laval pasó unos meses en la cárcel, por un pequeño robo que cometió en la empresa en la que trabajaba. Tras este incidente se alistó en el ejército y aquí aparece un detalle muy interesante que nos descubre a un fabulador, consciente de que como artista tenía que construirse un personaje.
En la nota biográfica que redactó para uno de los salones parisinos aseguraba que durante su paso por el ejército estuvo destinado en México (era la época de aquella aventura francesa con Maximiliano, el fusilado del cuadro de Manet). Durante mucho tiempo esta información se dio por buena y justificaba en parte la aparición de selvas exóticas de sus cuadros. Pero hoy sabemos que era una patraña. Jamás salió de Francia, jamás viajó más allá de Laval y París. Las selvas exóticas de sus lienzos son viajes de la imaginación (como las cajas de Joseph Cornell).
Recorrido por su obra
En cuanto a la alta consideración que tenía de sí mismo, se proclamaba inventor de un nuevo género pictórico, el denominado portrait-paysage, porque en sus obras combinaba ambas cosas, aunque eso no era exactamente una novedad. Así titula el autorretrato de 1890 Moi-même, portrait-paysage, muy interesante porque se representa a sí mismo como un pintor de la modernidad. Detrás de él asoman la recién levantada Torre Eiffel, un puente de hierro y un globo aerostático. Su figura aparece como levitado sobre el suelo, con unas proporciones imposibles con respecto al fondo.
Autoretrato Henri Rousseau `Moi-même, portrait-paysage´
Las proporciones desajustadas crean otras escenas desconcertantes como la de El carro de Père Junier, retrato de unos comerciantes del barrio que le pidieron que los pintase. Un crítico de la época, Ardengo Soffici, lo denominó “primitivo moderno” y comparó su obra con la de Paolo Uccello.
Es sobre todo en los lienzos en que Rousseau abandona el entorno más reconocible de escenarios de la periferia parisina, paisajes, bodegones y retratos, que emerge el artista más pujante. Por ejemplo, en esa alegoría de La guerra, en la que la habitual figura de la muerte con guadaña a caballo es sustituida por una niña diabólica que cabalga sobre cadáveres entre nubes rosas.
O en esa portentosa obra tardía titulada Los jugadores de fútbol, en la que de entre los árboles de un parque emergen las gigantescas figuras de unos bigotudos de rostros inexpresivos con una pelota, antecesores de los futuros personajes que pueblan los cuadros de Magritte o Delvaux.
Henri Rousseau ´Les joueurs de football´
Lo más extraordinario de su producción son las escenas de selvas que jamás pisó y empezó a pintar en la década de 1890. La inspiración la halló en las exposiciones internacionales que se celebraron en París en esa época y en el zoológico y el invernadero del Jardin des Plantes. Explicó Rousseau: “No sé si a ustedes les pasa lo mismo que a mí, pero cuando entro en uno de estos invernaderos acristalados y contemplo las extrañas plantas de países exóticos, siento que entro en un sueño”.
Destacan lienzos como Tigre en tormenta tropical (¡Sorprendido!), con sus extraordinarias líneas de fuerza diagonales, la mancha de rojo que forman las hojas de un árbol y el relámpago al fondo. O La encantadora de serpientes, con esa negra silueta femenina rodeada de vegetación, animales y una luna llena en lo alto. Esta obra fue un encargo de la madre de Robert Delaunay a su regreso de un viaje por la India.
Pero las dos obras maestras que exploran lo onírico son La gitana dormida, en la que, en un nocturno paraje desértico, un león se acerca a una mujer dormida, sin que sepamos si se trata de un sueño de ella o de una presencia real. Y, sobre todo, El sueño, con esa mujer desnuda en un sofá, colocada en mitad de una frondosa selva repleta de acechantes animales. André Breton dijo de este cuadro que “aúna toda la poesía y todas las misteriosas gestaciones de nuestro tiempo”.
