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Cuentan que Antoni Tàpies (1923-2012) vivió el sprint final de sus días en el palomar de la sordera, respirando ya a la sombra del mundo, sumándole silencio a la búsqueda. Allí siguió manejando tierras, barnices, escobas y calcetines, material de derribo, para intentar hacer de todo aquello el vendaval de algo que existe más allá de la luz. O, quizás, la luz misma. Los últimos trabajos que dejó el artista catalán en su estudio muestran, de algún modo, esa depuración, ese despojamiento al que fue llegando. Una superficie desnuda y astillada, con el color ya desenclavijado por completo, sencillamente forma y textura cruda, mueble vacío, puerta o ventana reventada hasta casi la abstracción.

Porque el Tàpies íntimo y esencial de los años definitivos acoge con una fuerza medida y una gravedad silenciosa su experimentación con la materia y los símbolos, e incorpora a sus piezas de gran formato elementos cotidianos, maderas, telas, cuerdas, fragmentos de mobiliario, que integran lo real dentro del ámbito de lo pictórico.

Una de las obras de la colección de la familia Tàpies que se puede ver en Valencia. FUNDACIÓN BANCAJA

Este conjunto de obras vendría a ser la última hazaña creativa de un creador de ánimo introspectivo y honda espiritualidad que trabajó obsesionado toda su vida por una serie de temas y objetos, mientras se aferraba a la experimentación continua en los materiales y las formas. La intensa caligrafía de su pintura se ajustó al carril indomable del informalismo. Ciertamente, el artista barcelonés, ya anciano, trabajó con vehemencia y dejó un colofón insólito, fulgurante, quizá poco conocido. De ahí la apuesta de la Fundación Bancaja en la exposición Tàpies. Última década (2002-2012), abierta en Valencia hasta próximo el 30 de agosto con un total de veintidós obras que son pura anatomía del enigma.

Todas proceden de los fondos de la familia, a excepción de a = a (2005), incorporada el pasado año a la colección de la institución promotora de la muestra. Además, cinco de ellas –agrupadas en un mismo espacio: Morat (2005), A veritable (2006), Sis Signes (2009), Boques (2011) y Autoretrat (2011)– se muestran al público por primera vez. “Nos encontramos a un creador que llega en sus últimos años a una expresión muy depurada, silenciosa y esencial. Un Tàpies profundo, que no sigue ningún movimiento, sino la necesidad de seguir hablando con su propia voz y con plena madurez”, ha asegurado Fernando Castro Flórez, comisario de la exposición.

La obra ‘Tres raspalls’ (2008), de Tàpies. EFE

En la jurisdicción de este epílogo, las piezas participan de la energía y la catástrofe que toda búsqueda conlleva. Hay obstinación más que novedad, pero esa insistencia del artista en lo suyo –la exploración de la materia, el gesto espontáneo y la dimensión filosófica de la pintura– conmueve, aún dispensa temblor. A ello contribuye que el diseño de Tàpies. Última década (2002-2012) sea, acertadamente, austero, concebido a modo de espacio íntimo y silencioso, donde el visitante se encuentra rodeado no solo de las obras, sino también de fragmentos de reflexiones escritas por el artista, quien frecuentó a menudo la escritura, también, como ejercicio de conocimiento.

Los fragmentos seleccionados funcionan como un hilo narrativo que acompaña al espectador en su recorrido. Tàpies se muestra en ellos crítico con su propio trabajo, pero también libre: reflexiona sobre el sentido de la creación, la materia y el paso del tiempo. La exposición permite asomarse a las obras desde la voz del propio artista, que ejerce casi de guía descreído. Junto a los textos, las piezas conviven con fotografías de la casa del artista en Campins, en el Montseny (Barcelona), para resaltar la importancia que tuvo este espacio en la creación de Antoni Tàpies durante su última década. Su luz, su aislamiento y su ritmo pausado influyeron de manera directa en su forma de trabajar y en la manera en que depuró su lenguaje visual.

Imagen de sala de la exposición Tàpies. Última década (2002-2012). FUNDACIÓN BANCAJA

Buena parte de la energía que define esta última etapa de Tàpies proviene de su vida en esta residencia que adquirió a mediados de los setenta, convirtiéndola con el tiempo en su residencia y refugio creativo. Con una construcción amplia, luminosa, rodeada de vegetación y con vistas a la montaña, se convirtió en un espacio íntimo donde el artista pudo trabajar aislado del ritmo urbano. “Campins no era simplemente un lugar donde vivir, sino un territorio casi espiritual. Allí producía grandes lienzos durante los meses de verano, aprovechando la luz y el sosiego, y allí también escribía, escuchaba música, recibía amigos y colaboradores y encontraba la calma necesaria para adentrarse en procesos creativos largos y concentrados, ha destacado Castro Flórez.

Con todos estos materiales, la muestra de la Fundación Bancaja tiene algo de reválida, casi algo del estirón que trajo el centenario de Tàpies, concebido como una oportunidad de otorgarle actualidad a una amplísima obra –según su catálogo razonado, suma más de nueve mil piezas– basada en el gesto y el símbolo y en el empleo de objetos modestos y cotidianos. Es un ejercicio de novedad –ya vislumbrado, por ejemplo, en T de Teresa, la exposición producida por la Fundación Tàpies en 2018 que indagaba en la relación del artista con su mujer, Teresa Barba– sobre una trayectoria que hoy merecería más atención a cuenta de la reflexión que emprendió sobre la materia, la espiritualidad y la naturaleza.

Un visitante se acerca a una de las obras de Tàpies expuesta en Valencia. FUNDACIÓN BANCAJA

De esta forma, es posible hallar en esta muestra algunas de las constantes de la producción del creador: el cuerpo humano, presente en forma de huellas, extremidades, torsos, ojos o bocas; los símbolos, con sus características cruces, letras y señales que funcionan a modo de vocabulario personal, y los objetos, que mezclan lo íntimo, lo cotidiano y lo sagrado.

Este Tàpies que asoma por aquí, instalado ya en los ochenta años, trae unas piezas que están en el abismo de la desnudez, casi tirándose al vacío, arañando superficies desnudas, más desnudas, como el muro en el que uno deja el residuo de su sombra o el morse de su nombre en iniciales. “Busco disfrutar del misterio, no pelearme con él”, dijo. Con eso, basta.