Publicada

Tal como expliqué semanas atrás en este mismo espacio de Letra Global, el pasado día de Sant Jordi habían instalado ante la sede del ministerio de Cultura un tenderete donde regalaban libros que el ministerio había ayudado a publicar y que estaban ya descatalogados; me llevé varios, entre ellos un catálogo de la Casa Lis, el precioso museo de art nouveau y art déco de Salamanca.

Ese museo atesora la segunda mejor colección del mundo de criselefantinas, que consta de 121 piezas. No siempre las tienen expuestas.

El estupendo catálogo que ahora obra en mi poder, gentileza del ministerio, reproduce algunas piezas, hoy tan anacrónicas ya: formas decadentes de un arte hoy desaparecido, entre encantador y cursi, entre simpático e irritante, cuyas manifestaciones, antes de la primera guerra mundial, se encontraban en todas las casas de la burguesía europea y que dan fe de una sentimentalidad burguesa, autosatisfecha. De lo que hoy nos parece un mal gusto maravilloso.

Las criselefantinas –el lector sabrá disculparme si le descubro lo que ya sabe-- eran unas esculturas decorativas de reducido tamaño, para colocar sobre un mueble, preferentemente en la repisa de una chimenea o de una cómoda, que representan a bailarinas en posturas de difícil equilibrio, a Pierrots cortejando a Colombinas, a muchachas enmascaradas para un baile de disfraces… Piezas de gran finura, en una estética refinada y preciosista. “Criselefantina” significa “hecho de oro y marfil”.

Marfil del Congo

Su origen se remonta a la antigüedad romana, según creo, pero su difusión y auge tuvo lugar a principios del siglo XX. “Elefantina” alude precisamente al marfil, del que están hechos los colmillos de los elefantes. El marfil, en las criselefantinas, se reservaba para representar la blanca carne de las figuritas humanas.

El marfil fue un material muy escaso, costoso y valorado hasta avanzado ya el siglo XIX, precisamente hasta el momento en que el rey Leopoldo II de Bélgica empezó a explotar a fondo su nueva finca, propiedad personal, que era el “Congo belga”.

Como es notorio a partir de las biografías de aquel rey y otros por los libros de historia publicados hace unos años, y como también explica la novela El sueño del Celta, de Mario Vargas Llosa, el dominio de Leopoldo sobre el Congo fue una barbaridad del colonialismo, un infierno en la tierra para los indígenas.

A partir de aquella época en que se empezaron a cazar a mansalva los elefantes en Congo el marfil empezó a afluir en grandes cantidades al Viejo Continente y se desarrolló en París la artesanía, o el curioso arte de las criselefantinas, con maestros como el rumano Chiparus o el alemán Preiss.

En la llamada Belle Époque, aquel prolongado período de paz que va desde la guerra franco-prusiana de 1870 hasta la primera guerra mundial, y también después de esa guerra, durante los años 20 y 30, cualquier familia pudiente tenía que tener en algún lugar destacado del salón por lo menos una criselefantina, con la figurita de un pierrot, un trovador y su dama, o preferiblemente una delgada bailarina de marfil vestida con ropajes de bronce u otro metal (el oro del nombre era prohibitivo), sorprendida en actitud alegre, y posada sobre una peana de mármol o de ónice verde.

Esta moda terminó con la segunda guerra mundial, a partir de la cual se impondrían otros gustos estéticos, otras técnicas y otros soportes.

El preciosismo de aquellos materiales y el romanticismo kitsch que representaban las criselefantinas quedó desfasado en la nueva época, más nerviosa, pragmática y funcional.

La próxima gran crisis

Hablamos pues de un arte decorativo cerrado, fijado en un periodo de tiempo muy determinado y preciso, o un callejón sin salida, como ciertos animales que prosperan hasta que una causa inesperada los depreda y extermina, como por ejemplo el pájaro Dodo que se extinguió a finales del siglo XVII.

Una criselefantina MUSEO CASA LIS

Ahora, aunque esté prohibido cazarlos, los elefantes africanos están siendo extinguidos por los cazadores furtivos, que venden el marfil en Asia, donde se usa en la industria farmacéutica, según he leído.

Cuando el proceso de extinción llegue a su fin sabremos que ya no se podrá esculpir ni una criselefantina más, en el caso que algún artesano sintiera la inclinación a hacerlo, y será una experiencia todavía más singular y extraña contemplar la magnífica colección de la Casa Lis.

O hojear su catálogo, como hago estos días con una mezcla de fascinación y repugnancia.

En alguna ensoñación más o menos delirante (y también en un texto que publiqué hacia el año 2012 o 2014 en F, la estupenda revista de Foment que dirigía Valentí Puig y ya no existe), he visto una correlación directa entre la moda de las criselefantinas y la inevitabilidad del estallido de la primera guerra mundial. Me parecía que aquella catástrofe era el castigo a la Humanidad por haber inventado un arte tan filisteo, tan autocomplaciente.

No sé qué forma, qué estilo, qué género o qué coquetería del arte actual que hoy tanto nos gusta desaparecerá cuando estalle la próxima gran crisis o la próxima guerra. No sé cuál es la criselefantina o el pájaro Dodo de hoy. Se me ocurren algunos candidatos.

En cualquier caso, las dos cosas --el fin de otro arte y el estallido de otra guerra-- son, desde luego inevitables.