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En la vida del chileno Sergio Larrain (1931-2012) todo pareció ocurrir por un azar imprevisto desde el que fue encadenando las credenciales de su aventura. Entró en la fotografía al arrimar el ojo a una Leica mientras estudiaba ingeniería en la Universidad de Berkeley, en California, y una mañana, de vuelta de un viaje familiar por Europa y Oriente Medio, decidió que lo suyo era contar el mundo desde el otro lado del objetivo. Fue entonces cuando empezó el galope desatado de uno de los autores más singulares de la historia de la fotografía: libre y lírico, hondamente humano.

Larrain no llegó al oficio por inspiración, sino por esa conspiración a la que empuja la intuición. Y se mantuvo solo unos años con la cámara colgada a un hombro, atrapando en blanco y negro la fabulosa imaginería que exuda la realidad. Muchas de sus series tienen algo de aventura extrema por la existencia de los otros, por esa veta brava de la intimidad de esa gente hecha en el cobijo y el conflicto de la tierra. Lo suyo no es un realismo a puñetazos, pero sus imágenes chorrean vida. No hizo denuncia explícita; solo quiso dar fe de un momento, con su carga de nitroglicerina.

A lo largo de toda su obra hay registrada una apuesta estética, una toma de conciencia, un compromiso. Se diría que su trabajo es una conquista de lo esencial, del refinamiento de lo elemental hasta llegar a su raíz dramática. Sus instantáneas despliegan estilo propio, honestidad, un arponeo de emociones, pues manejó siempre en sus trabajos una autenticidad valiente. Algunos de sus retratos son feroces y aun así no rehúyen la ternura, que es otra forma de verdad, solo que más blanda y acogedora. 

Entre la Isla de Chiloé y Puerto Montt, Chile, 1957. SERGIO LARRAIN / MAGNUM PHOTOS

Este alevín de buena familia –su padre, uno de los grandes arquitectos chilenos, fue amigo de los pintores Josef Albers y Roberto Matta– comenzó a sacar imágenes a principios de los años cincuenta y obtuvo un éxito veloz, despertando el interés del Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York, que incorporó a sus fondos dos de sus instantáneas por recomendación de Edward Steichen. Poco después, Henri Cartier-Bresson lo reclutó en 1959 para la agencia Magnum, la aristocracia del reporterismo gráfico, la peana del mito fotográfico. 

Años después, tras una intensa etapa de encargos y viajes por el mundo, Larrain abandonó la fotografía profesional y se retiró a una pequeña población del norte de Chile, donde vivió como un ermitaño. Allí recibía, con cierto desinterés, a curiosos e investigadores interesados en cómo logró fotografiar al capo Giusseppe Genco Russo en Sicilia, la boda del sha de Irán con Farah Diba y la violencia del asedio de las tropas francesas a la casbah de Argel durante la guerra de independencia del país norteafricano.  

Durante su etapa profesional –apenas duró dos décadas– asombró a los de su gremio por ser un fotógrafo sin prisa. Miraba, buscaba sin tocar la cámara, no hacía aspavientos de divo ni cultivaba la expectación dándoselas de artista. Él encontraba. Y cuando tenía la carne a punto disparaba al primer toque. Para qué más si el relato profundo de las cosas es un secreto revelado por las horas; solo hay que aprender a esperar el instante de oro, debió pensar él, que dedicó sus últimos años al yoga, la pintura y la escritura. 

En contadas ocasiones, hasta su fallecimiento, salió de aquel retiro. El Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM) le dedicó en 1999 una gran exposición, si bien rogó que se le dejara al margen de cualquier valoración sobre su obra. Al cabo del tiempo, sin embargo, envió todas sus planchas de contacto y últimos negativos a Magnum para su custodia definitiva. Alguna vez reflexionó sobre el arte de la fotografía, indicando la importancia de la simplicidad de la cámara (“El instrumento es clave para el que hace un oficio. Y que sea el mínimo, lo indispensable y nada más”) y la actitud vital (“Nunca fuerces la salida a tomar fotos […]. Es como forzar el amor o la amistad, no se puede”).

Pasaje Bavestrello. Valparaíso. Chile, 1952. SERGIO LARRAIN / MAGNUM PHOTOS

Reconocido por su enfoque poético de la fotografía de calle, Larrain capturó momentos fugaces con un lirismo contenido, a menudo utilizando sombras, reflejos y ángulos inesperados para crear imágenes que resultan a la vez íntimas y misteriosas. Trabajó con Pablo Neruda y se cuenta que una de sus instantáneas inspiró a Julio Cortázar el cuento Las babas del diablo y a Antonioni, el largometraje Blow-up. En sus instantáneas, a grandes rasgos, asoma la parte más humana del hombre, aquella que amenaza ruina.   

Porque hasta renunciar y retirarse definitivamente, Larrain fijó las claves esenciales de su obra, entrando a saco durante varios años en el territorio de los desclasados, espectador de sus costumbres, de la fanfarria de una música que arrastra una alegría nacida de la incertidumbre. Allí, no se apropió de la realidad, sino que la releyó, le dio un sentido nuevo, le puso luz a la penumbra, foco a la tristeza. Siempre estuvo atento a reproducir el otro lado de la vida, su realidad oculta, su intensidad emocional.

De todo eso hay sobradas huellas en la exposición abierta (hasta el 24 de mayo) en Foto Colectania, en Barcelona, bajo el título Sergio Larrain. El vagabundo de Valparaíso, que tendrá su extensión, a partir de agosto, en la Bienal de Fotografía Xavier Miserachs, en Palafrugell (Girona). Son unas ochenta imágenes –seleccionadas por Agnès Sire– que conmueven profundamente. Exigen tomar posición. Es un buen momento para exhibirlas de nuevo. El fotógrafo chileno no es un furtivo del oficio, pese a sus excentricidades, sino un creador indispensable.

Calle principal de Corleone. Sicilia, 1959. SERGIO LARRAIN / MAGNUM PHOTOS

Quedan así a la vista en Barcelona tres de las más importantes series que realizó en torno a su país natal: Niños de la calle (1956–1957), centrada en la vida de los menores que sobrevivían en Santiago de Chile, que se acompaña de la película Niños vagabundos, rodada en 16 milímetros a comienzos de la década de los sesenta; Valparaíso, un proyecto que abarcó varios años en el que Larrain retrató el paisaje urbano del puerto y que se publicó en un libro acompañado de un ensayo de Neruda, y  las instantáneas que tomó en la isla de Chiloé.   

Entre el 1 de agosto y el 18 de octubre, la Bienal de Fotografía Xavier Miserachs ampliará esta propuesta con una selección de sus otros trabajos en Latinoamérica (Perú, Bolivia y Argentina), la serie dedicada a Londres –gracias a una beca del British Council, que significó el afianzamiento de su carrera como fotógrafo–, para proseguir, ya como miembro de Magnum, por Italia y París. Además, la cita se complementará con copias de época relacionadas con sus trabajos de prensa y una pequeña muestra de los satori y dibujos que realizó en su retiro.

Sergio Larrain, que eligió ser fotógrafo por el deseo profundo de estar en el mundo, recorrió un buen trecho del siglo XX haciendo de las instantáneas un espacio revelador, un clic preciso, una suerte de advenimiento del momento exacto. En él todavía habita una extraña poesía, una cierta complejidad, una comprensión del ser humano más allá de las máscaras para marcar su convicción de que no existen las realidades absolutas, y que ni siquiera la fotografía, ese instante ya sin tiempo, alumbra nada definitivamente.