Publicada

Hace diez años publiqué aquí en Crónica Global un artículo sobre el dibujante Vallés, (José María Vallés Torner, 1947-2025) bajo el título “Vallés o la libertad”. El motivo era que acababa de editarse en La Cúpula su tercer álbum, Mira que eres perro.

¿José María, o Josep Maria? No sé, todos lo llamábamos sencillamente  “Vallés”. Todos decíamos: “Vallés es la hostia”. “Mira lo que ha hecho Vallés”. “Escucha lo que se le ha ocurrido a Vallés”.

Últimamente vivía en un pueblo lejano. Enterado, mediado del año pasado, de que estaba enfermo e incluso ingresado en un centro médico, le llamé varias veces, pero no me cogía el teléfono. Luego supe que ya no lo podrá coger nunca.

Aunque me he hecho el firme propósito de no escribir más obituarios cuando fallece algún amigo, con Vallés voy a hacer una excepción, pues veo que su muerte ha pasado desapercibida. Hay que reparar esa injusticia, pues hablo, sencillamente, de uno de los mayores genios del humor que ha dado España. Lo digo con todas las letras. Genio.

Sucede que era en su vida personal y profesional tan caótico e impredecible –y, todo hay que decirlo, su dibujo era tan “sucio”—que trabajaba contra sí mismo.  

Una fregona y un cubo

En aquel artículo de hace diez años me hacía cruces de que, siendo un humorista tan creativo, tan único y especial, en su larga trayectoria sólo hubiera publicado tres álbumes, separados entre ellos por años y años. Los dos anteriores se titulaban Cuarenta años de balde y Joder con los Aguirre.

Diré algo sobre su obra, y luego contaré alguna anécdota que retrata al gran Vallés.

El dibujante Vallés

De estos álbumes, el primero era una recopilación de las historietas que publicaba en Por Favor  y en otras revistas de la época, finales del franquismo. En la portada figuraba una fregona y un cubo (un balde), pero naturalmente se refería a los 40 años del franquismo. El Caudillo aún vivía.

Especie de suicidio

De Por Favor se fue porque Perich le censuró una historieta que se titulaba Vióleme, señorita. Se puede entender que Perich le censurase, hoy también pasaría: Vióleme, señorita era una página, con un tipo de cuerpo como de patata y cara de chiflado que iba siguiendo por la calle a mujeres suculentas, de piernas rotundas y culo prominente, a las que les reclamaba: “Vióleme, señorita, no la denunciaré, abuse de mí, desgárreme la ropa, sométame a sus caprichos...”

Como aquellas mujeres ni le escuchaban, el hombre patata acababa dándose la vuelta decepcionado, mientras exclamaba: “¡Bah, todas putas!”.

Es fácil entender que no pasase censura. Hoy le lapidarían. Pero a Vallés le sentó mal y se fue dando un portazo. E irse de Por favor, que era la revista de humor politizado más importante de la época, y donde era dificilísimo entrar, era profesionalmente una especie de suicidio. Le dio igual, era libérrimo.

Joder con los Aguirre era una serie de historietas salvajes en las que dos hermanos tarados y obsesos sexuales, los hermanos Aguirre, robaban anfetaminas en las farmacias, se las tragaban a puñados, y luego iban por ahí tocando culos. Recuerdo una historieta especialmente lograda, en la que mientras uno de los dos hermanos tarados distraía al kiosquero, preguntándole si tenía el último número de Cuadernos para el Diálogo, el otro Aguirre se masturbaba, jadeando frenéticamente, frotando el pene entre las páginas de las revistas de “destape” expuestas en el kiosco.

Triunfar en el mercado francés

Mira que eres perro contenía una serie de observaciones sobre la gente que sale a pasear a su perro, espectáculo callejero para él, que era muy observador, le fascinaba. Esas parejas de ser humano y mascota, sus relaciones entre ambos.

En Ediciones B publicó también un libro titulado Madre no hay más que una, si no recuerdo mal. Estaba logrado, era tronchante. Le divertía pero también le costó mucho escribirlo. 

Una vez me encontré con él en París. Había llegado con su plumilla, su tintero y unas cuantas páginas de papel Guarro y se había instalado en Montmartre, en el minúsculo apartamento de unos amigos cuyo nombre no recuerdo, uno de esos apartamentos cerca del Moulin de la Gallette, con la ducha en la cocina y el retrete, comunal, en la escalera. 

Portada de la revista 'Por favor'

Allí dibujó unas cuantas historietas en francés, las presentó en las revistas parisienses, entre ellas, por cierto, Charlie Hebdo, se las compraron todas y le invitaron a llevarles más. Los franceses pagaban mucho más que en España, y en cuanto a resonancia y prestigio no había tampoco comparación posible. Ser tan bien aceptado en París hubiera sido el sueño de cualquier dibujante español. Pero Vallés decidió que el clima de allí no le gustaba, llueve demasiado, se volvió a Barcelona y nunca más se ocupó del “mercado francés”. 

Cuando yo trabajaba en El Periódico de Cataluña, Márius Carol me preguntó si le podía recomendar a un buen humorista que sustituyera a Perich, que se iba de vacaciones. Le recomendé, claro, a Vallés. Aquel trabajo estaba también muy bien pagado, y le dije a Vallés que procurase ser formal, porque Perich fallaba mucho y él, teniendo ya “una patita dentro”, fácilmente podría quedarse en la “casa”

Sus chistes eran buenísimos, mejores que los de Perich, en mi opinión por lo menos, y mucho más chiflados. Salían en la página dos, donde iban los obituarios, el crucigrama, la lista de las farmacias abiertas aquel día, y el chiste. Dado su contenido previsible, era la primera página que había que cerrar cada día, a las siete de la tarde. 

Alma libérrima

Vallés llegaba a las siete y media, con la plumilla y el tintero. Entonces aun tenía que enterarse de qué había sucedido aquel día, ingeniar una ocurrencia y dibujarla. Siempre muy ocurrente, pero su página solía ser no la primera en cerrarse sino la última. En periodismo esta informalidad es desesperante

Por eso no me extrañó que diez años después, estando yo en La Vanguardia, cuando el dibujante “oficial” –no recuerdo quién era— se fue de vacaciones y Carol, que era, creo, subdirector, me preguntó quién podría sustituirlo, y yo empezaba a responder “Podríamos contratar a Va….”, me interrumpió tajante: “¡No! ¡Ni se te ocurra mencionar a Vallés!” Lo comprendo. Hubiera sido ya pedirle demasiado. Nadie quiere en su equipo a gente que le traiga problemas, sino a gente que se los resuelva. En fin. Contrataron a otro, no tan brillante pero de puntualidad suiza

Por la mencionada suciedad de su estilo, parecía dibujar sin preocupación, a la que salga. Pero en realidad, luchaba por la excelencia. Recuerdo que para un almanaque Por Favor que los grandes diseñadores Saura y Torrente publicaron muchos años después de cerrada la revista, dibujó una historieta formidable de tres páginas sobre la peripecia del sargento Micó (el lector encontrará a este oficial africano en internet).

Insatisfecho con su trabajo, la dibujó no una sino tres veces. Un día pasé a verle por el despacho de Saura. Vallés me enseñó las tres versiones de su Micó, y me preguntó cuál me parecía mejor. “Ésta”, le dije sin vacilar. Se llevó las manos a la cabeza: era, de las tres, la primera que había dibujado. 

En fin. Tengo muchas anécdotas como éstas que retratan a Vallés, pero sería largo y frustrante explicar la particularidad de su genio, que brotaba de su alma libérrima. Atesoro sus tres álbumes. Conservo algunos dibujos originales que me regaló, era muy generoso, aunque también sablista. Conservo muchos libros franceses de poesía que regalaba en alguna de sus mudanzas. Llevan en la página de cortesía su firma y la fecha en que los compró. Vallés, adiós.