En esta edición los Oscars han premiado el buen cine. Debería ser la norma, pero no siempre ha sido así. No son pocas las ocasiones en las que largometrajes mediocres, después rápidamente olvidados, se impusieron a otros que han perdurado como clásicos. Este año los premios de Hollywood han consagrado -¡por fin!- a Paul Thomas Anderson: mejor película, mejor dirección y mejor guion adaptado. Ya era hora: es el cineasta en activo visualmente más deslumbrante (con permiso del veterano Scorsese). Demostró su talento en las tempranas cintas corales Boogie Nights y Magnolia y alcanzó la plenitud con tres obras incontestables: Pozos de ambición, The Master y El hilo invisible. Esta última es, con toda probabilidad, la película con una puesta en escena más exquisita del siglo XXI.
Una batalla tras otra es, un primer lugar, una nueva demostración del apabullante talento como director de Paul Thomas Anderson: está rodada en VistaVision -como The Brutalist de Brady Corbet-, un formato inventado en los años cincuenta del pasado siglo, que después cayó en desuso y que proporciona una calidad de imagen excepcional. Anderson le saca todo el partido en planos panorámicos de una nitidez impresionante y en la larguísima y portentosa secuencia de persecución automovilística con la que culmina la cinta.
Una batalla tras otra es, en segundo lugar, un largometraje con la capacidad premonitoria de captar el signo de los tiempos, algo que en ocasiones el arte en mayúscula es capaz de conseguir. Anderson terminó el rodaje antes de que Trump ganara sus segundas elecciones. Sin embargo, la película anticipa, a modo de profecía, los dislates de su segunda presidencia y su populismo de impulsos autocráticos. Y es, por encima de todo, una estrambótica gozada cinematográfica, poblada de personajes delirantes. Puede entenderse como una versión con actores de carne y hueso de las tronchantes andanzas de El Coyote y el Correcaminos, porque buena parte del metraje es una interminable y enloquecida persecución.
'Una batalla tras otra'
Por segunda vez en su carrera, Paul Thomas Anderson osa adaptar al inadaptable Thomas Pynchon. Lo hizo por primera vez en Puro vicio (la novela aquí se tradujo como Vicio propio), un policiaco lisérgico, ambientado en Los Ángeles, en los contraculturales años setenta, con un detective que anda siempre colocado. Una batalla tras otra es una versión muy libre de Vineland, de la que toma algunos personajes y situaciones, aunque cambia el marco temporal e incorpora muchos elementos nuevos. Puede parecer paradójico, pero es tomándose tantas libertades como logra ser muy fiel al espíritu de la novela.
En el libro y en la pantalla los protagonistas son un grupo de activistas radicales que en el pasado cometieron actos terroristas y ahora viven bajo falsas identidades, tratando de pasar desapercibidos. Pero el pasado se niega a desaparecer y regresa en forma de un despiadado perseguidor. Escrita en 1990, Vineland estaba ambientada en 1984, en plena era Reagan, y los antiguos terroristas vivían semiocultos en un pueblo de California para esquivar a la justicia, que los buscaba por sus acciones violentas de los años sesenta. La película traslada la acción a un difuso presente, sin referencias políticas y culturales concretas, más allá de la despiadada persecución de inmigrantes. Un detalle visionario, porque cuando se rodó Trump todavía no era presidente ni había sobredimensionado al ICE, ni sus ineptos agentes habían matado a sangre fría a dos ciudadanos estadounidenses en Minneapolis. Al moverse el marco temporal en la película, también corre hacia adelante la referencia a las acciones guerrilleras del pasado, que se sitúan a principios del siglo XXI.
El punto de partida es una pareja de terroristas que tuvieron durante su tiempo de activismo una hija. La madre (Frenesí en la novela, Perfidia Beverly Hills en el largometraje) desapareció y se convirtió en informante de las autoridades y traidora. Y el padre (al que da vida Leonardo DiCaprio) ha tenido que criar solo a la hija Willa (interpretada por la estupenda Chase Infiniti, en su debut en la gran pantalla). Ha pasado el tiempo, Willa tiene 16 años y de pronto emerge un fantasma del pasado: el siniestro coronel Steven Lockjaw (vendría a ver algo así como Mandíbula cerrada o Mandíbula prieta), al que da vida un aterrador Sean Penn, que ha ganado el Oscar a mejor actor secundario. Los nombres de los personajes son peculiares y lo que acontece también. Empezando por la chocante tensión sexual que se desata entre la revolucionaria Perfidia y el coronel, de gustos tirando a retorcidos, que será relevante para lo que sucederá después…
'Una batalla tras otra'
Cuando reaparece el coronel Lockjaw, el personaje de Leonardo DiCaprio se ve obligado a huir precipitadamente para emprender el rescate de su hija, a la que ha raptado el militar. Con las prisas, no le da tiempo a cambiarse y se pasa media película correteando en bata. Como además ha abusado del alcohol y los porros es incapaz de recordar la contraseña para contactar con sus excompañeros de lucha en caso de emergencia, lo cual da pie a una de las escenas más hilarantes, cuando un revolucionario con alma de burócrata se niega a darle ninguna información si no responde a la pregunta: ¿Qué hora es? DiCaprio borda este registro cómico contenido, que debe combinar con la tensión emocional del padre que trata de localizar a su hija secuestrada. En la búsqueda lo ayuda el maestro de kárate latino que se hace llamar Sensei (Benicio del Toro, también muy en forma).
El grupúsculo terrorista se llama French 75 (el nombre está tomado de un cóctel) y se suman a la función un puñado de pérfidos supremacistas blancos que forman el clandestino Club de los Aventureros de la Navidad, un implacable e imperturbable sicario indio, una comunidad de monjas que cultivan marihuana… Pynchon en estado puro y Paul Thomas Anderson pasándoselo en grande con su adaptación. La búsqueda deriva en la mencionada persecución, propulsada por la estupenda música de Jonny Greenwood, el guitarrista de Radiohead, en la que es su sexta colaboración con Anderson. Ha compuesto las hipnóticas bandas sonoras de todos sus largometrajes desde Pozos de ambición.
Hay en Una batalla tras otra una ácida mirada sobre Estados Unidos, pero la película es además una vibrante y trepidante comedia majareta y una sugestiva reflexión sobre las responsabilidades de la paternidad y los vínculos emocionales de la familia y la sangre. Y es, por encima de todo, un artefacto cinematográfico virtuoso. También lo es, Valor sentimental del noruego Joachim Trier, otra reflexión deslumbrante sobre los vínculos familiares y la paternidad, en un registro diferente. Añade a este tema la indagación en la ética del creador y en el sentido redentor de las ficciones. Es otra película monumental, merecidísima ganadora del Oscar a mejor cinta internacional. Se han quedado sin ningún premio otros tres largometrajes extraordinarios que estaban nominados en diversas categorías: La poética Sueños de trenes de Clint Bentley; El agente secreto, majestuosa evocación del Brasil de la dictadura de Kleber Mendonça Filho, y la inteligente película política vestida de comedia negra Un simple accidente, del heroico cineasta iraní Jafar Panahi.
