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Visiones del D.F. / DANIEL ROSELL

Visiones del D.F.

La megápolis mexicana, fundada por Hernán Cortés sobre los restos de la antigua capital azteca, es objeto de un sinfín de retratos literarios que expresan su identidad

18.05.2019 00:00 h.
16 min

Llegó en 1519 con pocos hombres y escasos pertrechos, pero en poco tiempo conquistó el Imperio Azteca y su capital. Durante el tiempo transcurrido, y en especial durante las últimas décadas, aquella ciudad levantada sobre una laguna se ha convertido en una de las más populosas del mundo, también en una de las más extensas. La Ciudad de México (CDMX en sus siglas actuales), tiene ahora nuevo tratamiento como un Estado más de la República, dejada atrás la nomenclatura de Distrito Federal (D.F.). Cambian los nombres, pero la realidad sigue siendo la misma, agudizada: una urbe monstruosa y casi inhabitable que sin embargo sigue conservando atractivos. ¿Cuáles son unos y otros? ¿Por qué pese a su elefantiasis es un lugar lleno de cultura?

En delicioso castellano del siglo XVI, Bernal Díaz del Castillo, soldado de Cortés, narra en la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España cómo hallaron los españoles aquella ciudad, y los ídolos con los que se toparon, y las mercaderías y todos los prodigios que vieron en la gran plaza de Tlatelolco (luego de infausta memoria), y las gradas, los patios, los templos y las acumulaciones de calaveras. Una ciudad que acumula también casi siete siglos, pues Tenochtitlan fue fundada en el siglo XIV, y al llegar Cortés esta ya la vio del tamaño “de Sevilla o Córdoba”.

El vértigo horizontal, Juan VilloroNo ya cronista de Indias sino urbano, Juan Villoro ha publicado recientemente El vértigo horizontal. Una ciudad llamada México (Almadía). El autor organiza su libro como si fuera el plano del Metro, con cinco líneas: Vivir en la ciudad, Personajes de la ciudad, Sobresaltos, Travesías, Lugares y Ceremonias. Está lleno de pequeños reportajes y de paseos por el espacio y el tiempo: “No idealizo lo que desapareció, pero debo consignar un hecho incuestionable: la ciudad de entonces era tan distinta que casi resulta escandaloso que lleve el mismo nombre”. Recoge como nadie los olores y los colores, los sonados y los sonidos. Habla de los vendedores callejeros y reproduce sus pregones: “Hay días torcidos en los que todo se va al carajo y sentimos en las sienes una corona de espinas para la que no existe analgésicos. Entonces llega una señal de esperanza: la vida es un desastre, pero los tamales oaxaqueños siguen calientitos” (nótese la pronunciación de ese calientito del mensaje grabado que acompaña a los carros-bicicletas  en que se venden).

Paseo de la Reforma, México.

Paseo de la Reforma, en México D.F.

“La Ciudad de México es recorrida por transeúntes que tratan de comer sin detenerse y ambulantes que tratan de venderles algo. El territorio es tan vasto que esas tribus migratorias corren el riesgo de no encontrarse. Por eso existen puestos de socorro fijos, que se desarman de noche y se arman de día”, escribe en otra parte. Con el humor que lo caracteriza, Villoro se malicia que no es por azar que tantos puestos de tacos estén junto a principales vías de tráfico. “La mayoría de los capitalinos hemos comido perro atropellado, pero no nos enteramos porque las salsas transforman la carne en un personaje secundario”. Y añade, aún más traviesamente: “No quisiera alarmar diciendo que además de canicidas somos antropófagos. Baste saber que nuestras salsas arden lo suficiente para no preguntar por la procedencia de las carnes ni el paradero del vecino al que no vemos desde hace tiempo”.

Cada dos por tres salta una frase convertible en aforismo, no en vano Villoro ha traducido a Lichtenberg: “México es un sitio tan adicto a la tradición que acepta el cambio sólo por cultivar la nostalgia”. O: “Vista desde las alturas, la Ciudad de México es una mancha urbana; vista desde la cercanía más próxima, un muestrario de destrozos”. Y más: “Los capitalinos hemos transformado los coches en capillas para salvar nuestra alma. Sólo esto explica que aceptemos la ruta de expiación que significa conducir en la ciudad". O la última: “En México la democracia es un negocio donde los problemas no se resuelven: se administran”.

Combate de lucha libre en el Arena de México /Carlos Adampol Galindo

Combate de lucha libre en el Arena mexicano. CARLOS ADAMPOL GALINDO.

La lucha libre mexicana, que tantos seguidores tiene, y que es una industria organizada, también tiene su espacio. “Las convenciones del cine de luchadores son tan flexibles como las del teatro isabelino, donde se agoniza en pentámetros”. Se ocupa Villoro de Paquita la del Barrio, del mercado bronco de Tepito, los terremotos, la lluvia y las inundaciones que esta provoca, la burocracia, el ruido, el atasco perpetuo (“Las calles de la ciudad son un estacionamiento que a veces se mueve”). Todo ello acompañado por estupendas fotografías.

México, ciudad que es un paísTambién es de reciente aparición México, ciudad que es un país (Pre-Textos), de Vicente Quirarte. El libro se dedica, pero con un aspecto más literario, en diálogo con diferentes obras, a la capital del país norteamericano, “una de las ciudades más pobladas del planeta, donde el milagro subsiste a pesar del desastre”. Quirarte, poeta, novelista, académico, director durante algún tiempo de la Biblioteca Nacional, declara que no pretende hacer un estudio ortodoxo, “sino una historia personal del espacio en que vivido sesenta y dos años”. Hay erudición y muchas pistas para posteriores lecturas.

“La región más transparente del aire”, llamó al Valle de México Alexander von Humboldt, y la expresión arraigó en Alfonso Reyes y más tarde en Carlos Fuentes. “Ciudad de los Palacios”, se repite que llamó a la urbe también Humboldt (en realidad, fue Charles Joseph La Trobe, como aclara Quirarte), y José Emilio Pacheco mudó esta apelación, dejándola en “Ciudad de los Batracios”. “La Ciudad de México es, ante todo, la demasiada gente”, anotó por su parte Carlos Monsiváis. Para André Bretón, México era el país más surrealista del mundo. Salvador Dalí dijo al despedirse de México que no volvería jamás a un país que era más surrealista que sus pinturas. Efraín Huerta la motejó en “Declaración de odio”: “Sarcástica ciudad donde la cobardía y el cinismo son alimento diario”. 

El Zócalo del D.F. con la catedral al fondo.

André Breton, D. H. Lawrence, Aleister Crowley, Sergei Eisenstein, Bernard Traven, Malcolm Lowry o Jack Kerouac la recorrieron ávidos de experiencias. También por mera necesidad de subsistencia muchos exiliados españoles, que comenzaron a arribar en 1939. Entre estos, tres andaluces dejaron libros notables sobre el país y, más especialmente, la capital: Juan Rejano, La esfinge mestiza; José Moreno Villa, Cornucopia de México; Luis Cernuda, Variaciones sobre tema mexicano. Rejano llamó la atención sobre las muchas y “complejas contradicciones de la megalópolis”. Moreno Villa ya percibía el gigantismo: “México se ensancha, crece de una manera alarmante. Parece que quiere reunir en la capital todas las almas de la república, más las que llegan de Siria. Siguiendo así, México será una ciudad sola en un inmenso país desolado. Y con ello reafirmará su carácter barroco, de gigantesca cornucopia, fuertemente contrastada”.

Shakespeare Palace, Ida VitaleOtra exiliada fue la uruguaya Ida Vitale, quien acaba de publicar Shakespeare Palace. Mosaicos de mi vida en México (Lumen). Si Villoro escribe que “el mexicano que circula durante media hora sin encontrar una calle llamada Zapata sabe que está irremediablemente perdido”, ella recuerda también cómo en las distintas colonias se repiten una y otra vez los mismos nombres, con continuas calles de Hidalgo o Juárez. La propia Vitale se pasó tiempo buscando una calle del Naranjo entre muchas llamadas igual. Evoca también las enormes distancias, y la rica cocina: “Desde el chile a la honestísima papaya, desde el tomatillo verde al prodigioso zapote negro, desde los tacos hasta los dulcecitos mexicanos, todo podía ser una catástrofe o una fiesta, mientras yo avanzaba lentamente en mis informaciones culinarias”. Narra asimismo sus encuentros con Arreola, Rulfo, Huerta o Paz, entre muchos otros, sin olvidar a otros hispanoamericanos residentes o de paso en México, como Mutis o Westphalen. 

El primer marido de Vitale, Ángel Rama, perdió la vida en el mismo accidente de avión que el gran Jorge Ibargüengoitia, vecino de Coyoacán muy cerca de donde hoy lo hace Villoro. Ibargüengoitia dedicó también numerosas páginas a esa ciudad en la que no se vive, se padece, e introdujo el escalpelo en su idiosincrasia. Hablando del tráfico, “los conductores de vehículos de la ciudad de México son, todos sin excepción, homicidas”. También señala las penalidades del peatón, que no existe para las autoridades, y el carácter sempiterno e inamovible de algunos charcos hijos de zanjas y baches que nunca se reparan: “Conozco un libro que en la primera página dice: ‘Impreso en tal y tal y de venta en la librería de la viuda de Godínez, que está en el Portal Mayor, entre la panadería y el charco”. Asimismo, lamenta que “el 75% de los capitalinos vive en casas que no reúnen las especificaciones que hay, para jaulas, en el Zoológico de Boston…”

Salvador Novo, con calle en Coyoacán, fue relator oficial de la Ciudad de México. Poeta casi oficial durante años, no sin contestación, por ejemplo de Monsiváis, lo fue Octavio Paz. En la segunda sección del emocionante Nocturno de San Ildefonso, Paz ha reflejado a la perfección el Centro Histórico:

Estas calles fueron canales.
                                                  Al sol,
las casas eran plata:
                                    ciudad de cal y canto,
luna caída en el lago.
                                      Los criollos levantaron,
sobre el canal cegado y el ídolo enterrado,
otra ciudad
                     —no blanca: rosa y oro—
idea vuelta espacio, número tangible. 
                                          

Lienzo de Tlaxcala Teciquauhtitla

Lienzo de Tlaxcala.

Aquí se ha dado cuenta de tres novedades, pero la bibliografía es amplia, si no tanto como la megalópolis, pues en palabras, de nuevo, de Villoro, “la Ciudad de México es una enciclopedia inagotable”. Gonzalo Celorio la describía así hace veintidós años en México, ciudad de papel: “¿Una mancha expansiva que trepa por los cerros. Un inmenso lago desecado que, en venganza por la destrucción a la que fue sometido, va mordisqueando los cimientos de los edificios hasta tragárselos por completo. Un amontonamiento de casas a medio construir que exhiben las varillas de la esperanza de un segundo piso que nunca se construye. Un muestrario de estilos abyectos”. En el poema “Tercera Tenochtitlan”, Eduardo Lizalde se queja de que la ciudad “se degrada y se envilece”. 

Con todo, México tiene algunas librerías hermosas, museos envidiables, una arquitectura pujante y otra que se conserva entre los horrores. Allí, será por la inseguridad, uno se siente más vivo y cada minuto cuenta. Si no te pegan dos balazos, te tratan con la mayor hospitalidad. Allí, en fin –acaso por las contradicciones y el conflicto–, se escribe mucha de la mejor literatura en español.

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