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Passatge de la Concepció en el Ensanche, donde se encontraba el Victori / CG

Victori, un refugio en el Ensanche

05.05.2019 23:36 h.
6 min

De la misma manera que tomamos al asalto el bar del cine Astoria, nos colamos en el Victori del pasaje de la Concepción, donde, años atrás, uno había estudiado COU en la academia Granés, reducto de pijos cuyos profesores, todo hay que decirlo, brillaban con luz propia si los comparaba con los que había tenido que aguantar en los escolapios de la calle Diputación (gracias al de inglés, salí de allí con unos muy útiles conocimientos básicos y un mantra formidable sobre las reglas del idioma: The English language has no rules).

El Victori era una coctelería pequeña y acogedora regentada por un señor también pequeñito y acogedor que atendía por Josep Victori, Pepe para los clientes de toda la vida y Pepito para los clientes de toda la vida e incluso antes. Yo le llamaba de usted porque era mayor que yo y porque el entorno, con sus cuadros de club inglés, sus confortables sillones y sus maderas nobles predisponían a cierta pompa y circunstancia. Victori fue siempre muy tolerante con los moderniquis recién llegados que nos embriagábamos en su establecimiento y que a veces levantábamos la voz más de lo tolerable. Los clientes habituales no siempre nos miraban bien, sobre todo uno que solía lucir bajo el brazo un ejemplar de El Alcázar. Los dipsómanos de derechas que, hasta entonces, habían compuesto la práctica totalidad de la parroquia solían beber en la barra, mientras que los moderniquis nos concentrábamos en las mesas. La verdad es que se trataba de dos colectivos que deberían haberse repelido como el agua y el aceite, pero, curiosamente, nunca hubo alteraciones de la convivencia y Pepito pasaba de un sector a otro con una elegancia y un savoir faire admirables: hasta me dio las gracias por un artículo sobre su bar que publiqué en el Star, que no era precisamente El Alcázar. El gran Ginés, que ahora regenta el Belvedere, empezó allí a convertirse en el magnífico barman que es en la actualidad: yo creo que, como era de nuestra edad, se sentía más a gusto con nosotros que con los del blazer y el diario facha bajo el brazo. Victori no mostró nunca ningún favoritismo en una u otra dirección: si venías a beber, pagabas, no montabas el número ni te caías del taburete, eras bienvenido y tratado como un señor.

Josep Victori venía de un pueblo de la Cataluña profunda y hablaba un castellano impecable gracias a -según nos gustaba fabular- todos los años que se había tirado sirviendo copas a prebostes del régimen en sitios como el Marfil. Nunca averigüé cuáles eran sus ideas políticas, si es que las tenía, pero tampoco me esforcé mucho porque me daba igual: lo importante es que era un gran profesional, un señor educadísimo y un tipo extremadamente cordial sin llegar jamás al compadreo ni a la confianza que da asco. Evidentemente, cuando los moderniquis teníamos la noche aberrante y nos apetecía hacer el ganso sin tasa, ni se nos ocurría presentarnos en el Victori, pues no había que confundir la amabilidad, la hospitalidad y la tolerancia de Pepe con la posibilidad de que su bar se convirtiera en Can pixa i rellisca. Si el de El Alcázar era capaz de ahorrarse los vivas al Caudillo, nosotros también teníamos claro que las mesas del Victori no estaban para hacerse rayas de coca.

Y así pasamos todos unos años muy entretenidos en aquella especie de refugio de caza en pleno Ensanche, disfrutándolo especialmente en las noches de lluvia y tormenta. Curioso experimento intergeneracional, el Victori resistió hasta la jubilación de su propietario, que se volvió al pueblo (no sé si al suyo o a otro). De vez en cuando me lo cruzo por Barcelona con su mujer y siempre practicamos el stop and chat, término que usaba Larry David en contraposición al zip in, zip out. Va impecablemente vestido con chaqueta oscura y corbata, como cuando nos daba de beber al de El Alcázar y a mí, y le veo tan feliz (o tan fatalista) como antaño. Él me tutea y yo le hablo de usted. Un día le agradecí que nos acogiera a los jóvenes en su reducto para carcamales del régimen anterior, pero puso cara de no saber de qué le estaba hablando. Un profesional de los de genio y figura hasta la sepultura.

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