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Algo más sobre la traducción de poesía

La traslación de versos de una lengua a otra requiere mucha dedicación y algo de vampirismo incruento

04.12.2017 00:00 h.
7 min
Algo más sobre la traducción de poesía

Solemos hacer hincapié en que es preciso un total dominio de la lengua de llegada, el envoltorio en que el poema llega, pero es evidente que para traducir es necesario también tener un muy buen conocimiento de la lengua de partida. Hace bastantes años, y perdón por la intromisión personal, cometí algún error imperdonable debido a un inglés todavía deficiente. En la traducción de poemas de Robert Graves que realicé para Pre-Textos se me coló la traducción de “cerrojo” por bolt, cuando por el contexto significaba “rayo”. Que me parta un rayo, fue lo que me dije interiormente al descubrirlo. También, hablando de cerrojos y de guardar, exclamé: trágame, tierra.

Pero hay cosas más sutiles que el léxico. Robert Lowell escribió en su introducción a la colección de sus versiones poéticas, Imitations (1962), que “Boris Pasternak dijo que el traductor normalmente fiable capta el significado literal, pero se le escapa el tono, y que en poesía, por supuesto, el tono lo es todo”. Eliot desaconsejó a su paisano que calificara de “traducciones” sus ejercicios, lo cual pesó en que Lowell optara por el título más libre de “imitaciones”. Esto fue lo que le advirtió el Nobel: “Si usa la palabra traducción en el subtítulo atraerá a todos esos meticulosos critiquillos a los que les encanta hallar lo que les parecen errores de traducción. Se acordará usted de todo el lío que se armó con el Propercio de Ezra Pound”. Se refería a los quisquillosos académicos, necrófilos de lenguas muertas, que viviseccionaron las versiones que Pound hizo del poeta latino, olvidándose de que el americano hablaba de “homenaje”, no de “traslación literal”. Lowell aprendió la lección y declaró que su intención era “escribir un inglés vivo y hacer lo que mis autores habrían hecho si estuvieran escribiendo hoy en América”. Y efectivamente, se permitió muchas licencias. Pero si no son “imitaciones” lo que publicamos, es preciso mantenerse más en la senda de la fidelidad. Aunque sin duda son, siempre, “(l)imitaciones” los resultados.

Traducir poesía sirve para formarme y crecer como poeta. Una cosa es segura: de no haber traducido, la poesía de muchos sería inferior. Esto, que han confesado muchos, se halla formulado por el poeta estadounidense W. S. Merwin: “Comencé a traducir con la idea de que podría aprender algo acerca de la escritura de poesía”. Volvamos de su mano al autor del Homenaje a Sexto Propercio, quien se hallaba a la sazón encerrado en un manicomio estadounidense tras ser apresado en Italia y era visitado por muchos poetas, como Elizabeth Bishop, quien escribió un famoso poema al respecto. Evoca Merwin: “Cuando aún estaba en la universidad, realicé el peregrinaje a St Elizabeth’s para ver a Pound. Este habló del valor de la traducción como medio para aguzar continuamente la conciencia que un escritor tiene de las posibilidades de su propio idioma”.

Mucha dedicación y algo de vampirismo

No es impertinente traer aquí a Yeats, amigo de Pound que se sirvió de este como amanuense cuando tuvo problemas de vista, porque, siempre interesado por las ciencias ocultas, y sobre todo a partir de su boda con Georgie Hyde-Lees, una médium, el poeta irlandés cultivó el contacto con voces de espíritus, del trasmundo. Algo de eso hay en la traducción. Y es algo que uno experimenta con frecuencia: la traducción es solo una de las patas de mi mesa como escritor; una pata importante, sin duda, pues como ya he dicho en alguna ocasión para mí la poesía es una droga: escribirla es mi heroína, y traducirla mi metadona.

Siguiendo con el espiritismo, cómo saber si uno proyecta su ectoplasma sobre el texto traducido o es el original el que lo hace sobre uno. ¿Quién habla por boca de quién? ¿Y no hay también un fenómeno de posesión, y otro de incruento vampirismo por el cual el traductor clava a traición sus comillas en el cuello del original, aparentando fidelidad, y sorbe el líquido vital de las palabras, llevándolo a sus venas y arterias, a sus vanos (intentos) y arteras (maquinaciones)?

Drácula vivía de la sangre ajena, pero es difícil ganarse la vida como traductor de poesía. Hay que condescender con la prosa, dejar la noche y rondar los ámbitos diurnos. ¿Qué se puede, hoy, aconsejar a alguien que empieza? En primer lugar, la exigencia con uno mismo. Un traductor no es un intérprete simultáneo, no debe estar acuciado por la inmediatez. Con independencia de la ratio tiempo invertido/retorno económico, uno tiene que presentar un resultado no meramente digno, sino el mejor posible. Hay que echarle muchas horas, si no eras. A riesgo de ser grosero, habrá que proclamar que no se traduce con la cabeza ni mucho menos con el corazón: se traduce, perdón, con el culo. Efectivamente, pegado a la silla y ante el papel o el ordenador: horas enteras sin levantarse. Y es que hay que hacerlo así para no traducir, y de nuevo disculpas, también con el culo: es decir, mal.

José Emilio Pacheco estuvo décadas traduciendo los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot. Ahora, Alianza Editorial ha publicado su excelente versión y sus copiosas notas. En sintonía con Merwin, el poeta mexicano escribió: “La tarea de la traducción se ha hecho inseparable de mi propio trabajo en verso”.

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