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cloe boldini

El tipo de belleza de Cléo de Merode

En Cléo de Mérode cuaja el ideal de belleza femenina de su época, una femineidad pletórica y sugestivamente sensual y a la vez prepúber

22.09.2019 00:00 h.
9 min

Hace ocho años, en la exposición Retratos de la Belle Époque, en Caixaforum, pudimos ver entre otros lienzos estos dos de Manuel Benedito y de Giovanni Boldini: sendos retratos de Cléo de Mérode, declarada oficiosamente la mujer más bella de la Belle Époque, de la misma manera que en el siglo IV antes de Cristo la hetaira Friné, representada por Apeles y Praxíteles, fue el súmmum de la belleza, hasta el punto de que se libró de la pena de muerte mediante el expediente de desnudarse ante el jurado; o como lo fue en la Florencia de los Médici la malograda Simonetta Vespucci, modelo de Botticelli para El Nacimiento de Venus y otras pinturas, hasta el extremo de que el pintor quiso –y obtuvo- el privilegio de ser enterrado a los pies de su tumba; o como más recientemente ha sido y sigue siendo mundialmente idolatrada Marilyn Monroe, o como Ava Gardner, a quien un ingenio un tanto cuartelario definió, con elogio chirriante que más parece un insulto, como “el animal más bello del mundo”.

cloe boldini
Retrato de Cléo, por Boldini

En Cléo de Mérode cuaja el ideal de belleza femenina de su época, una femineidad pletórica y sugestivamente sensual y a la vez prepúber e inocente, una femineidad etérea y fina pero a la vez erótica como, por poner un ejemplo relativamente actual, la fisonomía y morfología de Silvia Kristel, en Emmanuelle. En internet se puede ver varias fotografías de Cléo. En todas aparece con su característico peinado cubriéndole las orejas, peinado diferencial que ella puso de moda.

Ahora los retratos que le hicieron Benedito y Boldini vuelven a exponerse en la exposición de la fundación Mapfre, en Madrid. Entidad que tiene en Recoletos un espacio peor que la del Ensanche barcelonés, donde siempre todo queda apretado e incómodo y hay que tomar ascensores absurdos que suben y bajan. Pero esto es ciertamente un mal menor y asunto secundario; hay que darse con un canto en los dientes por contar con esa fundación; y tampoco es trascendental mi fuerte sensación de que una exposición de Boldini sea uno más de los signos, que veo por todas partes, del final de la aventura expresiva, de la aventura del arte; y signo de retracción universal reaccionaria.

El retrato de Benedito es pálido, evanescente, con colores de óleo muy diluido en agua, mientras el de Boldini es típico de su época de madurez, cuando le daba una especie de hábil sugestión de movimiento electrizado a los retratos, mediante los pliegues en la ropa de sus modelos y unos trazos de dirección en los fondos. Electricidad que se agota en si misma en un gesto neurótico, ¿y dirección hacia dónde? Hacia la primera guerra mundial, que es hacia donde confluye la “joie de vivre” de la Belle Époque, aquella dulzura de vivir de una época de cuatro décadas sin guerra, financiada por el trabajo de los obreros en las fábricas y el expolio colonial. Era Boldini un artífice excelente, como queda refrendado cumplidamente en la Mapfre, desde luego, pero basta ver su Cléo de Merode para sentir la desagradable sensación de lo rebuscado y fútil, de una complacencia segura de sí misma, trasnochada y ligeramente fastidiosa, algo cercano al kitsch.

Friné
Friné, de Jean-Léon Gerôme

Nacida en 1875, Cléo de Merode fue una bailarina de mucho éxito y tuvo grandes admiradores poderosos, a cuyas solicitudes se resistió con ahínco, según cuenta en sus memorias El ballet de mi vida, donde también recuerda su amistad con Proust, Saint-Saëns, Massenet, y otros grandes creadores de entonces. Sobrevivió a su época y murió en Biarritz a los 91 años de edad, en 1966. Entre los admiradores más pegajosos estuvo notoriamente el rey Leopoldo II de Bélgica, y la pobre Cléo tuvo buen empeño en negar pública y reiteradamente que fuera su amante, como repetían las lenguas maliciosas. Estando ya retirada tuvo incluso que pleitear contra Simone de Beauvoir por insistir en ese infundio que además, hoy día, cuando sabemos que Leopoldo fue con sus vasallos congoleños tan cruel y malvado como Himmler con judíos y gitanos, imprime en la belleza idealmente adolescente e idealizada de Cléo una sombra siniestra, la sombra de la barba del rey exterminador.

Asocio a Leopoldo II con las grandes obras que realizó en beneficio de las ciudades belgas, y lo asocio con los pobres africanos en su nombre azotados, mutilados y asesinados en castigo a faltas insignificantes; y también lo asocio a la bella y pura Cléo de Merode, me alegro de que ella no se dejase profanar por el monstruo. A Cléo de Merode la asocio con la pintura de Boldini; a los tres, con la Belle Époque; y a la Belle Époque y sus personajes con una noticia del 2015, una noticia ya polvorienta, y ya en su momento de poca importancia: Una anciana de 91 años murió en un asilo del sur de Francia dejando como herencia, entre otras cosas, el apartamento en el tercer piso del número 2 de la place de La Bruyére, en París, que había pertenecido a su abuela, Mathilde Beaugiron, a su vez fallecida en 1939, o sea solo un año antes de la entrada de los alemanes. Los herederos de su nieta decidieron subastar el contenido del piso, al que nunca habían ido.

cleo de merode
Cléo de Merode

Cuando Olivier Choppin de Janvry, subastador de la firma Villanfray et Associés, y Marc Ottavi, perito de arte, entraron en el piso para el alzado de bienes, constataron que desde la muerte de Mathilde Beaugiron allí no había entrado nadie: todo estaba exactamente igual que 66 años atrás y todo era gris, gris de la espesa y uniforme capa de polvo que se había depositado sobre el mobiliario, los cortinajes, las alfombras, los enseres, los bibelots y los cuadros en las paredes. Si soplaban un poco el polvo aparecían aquí y allí los colores desvaídos del pasado.

Por las cartas de gente distinguida de la política y las finanzas de finales del siglo XIX que encontraron en los cajones supieron que la señora Beaugiron fue más conocida en su tiempo como Marthe de Florian, y había sido una “demi-mondaine” (una mantenida, o querida, de burgueses acaudalados: una figura de la Belle Époque), muy celebrada en los tiempos rutilantes.

sylvia kristel
Sylvia Kristel

Acreditaba su popularidad y éxito el retrato que colgaba en la pared, obra pintada en 1888 por Boldini, quien a juzgar por alguna carta fue también su amante. Marthe (o Mathilde) tiene 24 años y posa, sonriente, escotada, en vestido de noche de seda rosa, sentada en un diván, entre los pliegues y trazos eléctricos típicos de la maniera del artista. En la subasta el retrato alcanzó los tres millones de euros, el precio más alto que se ha pagado por un Boldini.