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Neil Armstrong, a su llegada a la Luna en 1969  / RTVE

Se subasta la luna y todo lo demás

Uno de los lotes incluye dos rocas, o piedras, o guijarros, que los intrépidos astronautas se trajeron de ese satélite obsesivo

14.07.2019 00:00 h.
6 min

El próximo 18 de este mes, coincidiendo con el primer viaje a la luna, por donde Neil Armstrong caminó como adelantado de la humanidad, se subasta en la sala de Christie’s en Londres algunos de los objetos que él y los otros dos astronautas llevaron consigo en el largo viaje del Apollo XI hacia la luna. Uno de los lotes de la subasta incluye dos rocas, o piedras, o guijarros, que los intrépidos astronautas se trajeron de ese satélite obsesivo, obsesionante para todas las generaciones. ¿A quién no le gustaría hacerse por lo menos con una de las piedras, sostenerla meditativamente, apretarla en la mano y hasta herirse con sus anfractuosidades, mojarla con la propia sangre, alcanzar con esa piedra una especial intimidad? Incluso cortarse la carótida con ella; sería un suicidio realmente único, limpio y cósmico, con ese arma fría, apenas tocada por el hombre, pero creo que piden por ella un precio prohibitivo. 

De todas maneras el día 18 yo no estaré en Christie’s, porque las subastas son ritos profanos muy pautados, a la vez funcionales y ceremoniosos, que me emocionan y me interpelan y me ponen demasiado nervioso con esa continua exhibición de cosas todavía impregnadas del anterior propietario, alusivas a sus gustos, a su vida, que al ponerlas a disposición de cualquiera previo combate monetario parecen doblemente más valiosas. Templos para el deseo, la conquista, la frustración. De hecho no quise ni siquiera asistir a la subasta más famosa de la historia reciente del arte, que es la que se celebró en el Hôtel Drouot de París con las cosas que André Breton tenía en su eterno domicilio del 42, rue Fontaine. Esto fue en el año 2003, pocas semanas después de que el malvado y estúpido Bush junior  lanzase la segunda guerra de Irak.

El piso del jefe de los surrealistas no era muy grande. Desde una de las ventanas --según cuenta Semprún en Federico Sánchez se despide de ustedes-- se veía en la acera de enfrente una discoteca que se llamaba L’être (el Ser); este nombre tan parisiense figuraba sobre la puerta, en un neón de colores que se apagaba y encendía intermitentemente, de manera que según bromeaba Breton era El ser y la nada, título de Sartre, que con su existencialismo comprometido arrebató al surrealismo de Breton el liderato intelectual de la época.

El piso de Breton estaba atiborrado de obras maestras del arte y la etnografía, de libros y documentos, y algunos histriones de la intelligentsia parisiense se desgarraron las vestiduras porque el Estado francés no se resolvió a adquirirlo in toto y convertir la vivienda en un museo, pero lo cierto es también que tres años antes sus herederas habían cedido al Estado francés, para liquidar los derechos de sucesión, la llamada “pared Breton”, la pared que tenía a su espalda cuando estaba sentado al escritorio, donde tenía colgadas doscientas obras de Kandinsky, Miró, Duchamp, etcétera; creo que ahora la mítica pared está en el Pompidou.

Simpatizo con los fetichistas, con los coleccionistas, por absurdos que sean, y sobre todo con los que asisten anhelantes a las subastas para pujar por algún improbable Grial, como Maite Mínguez Ricart, que colecciona cosas que pertenecieron a Marilyn Monroe. Ya tiene muchas. De vez en cuando los almacenes de Hollywood donde se guardan las cosas que se usan en las películas se llenan demasiado, y entonces se vacían subastándolas, de ahí vienen los vestidos y las cosas de Marilyn que Maite atesora, como el frasco de Chanel número 5 que estaba en su mesita de noche cuando murió. Supongo que su esencia se habrá evaporado, ya que fue en 1962 el día en que murió Marilyn.

Por solo seiscientos euros un fan de Lucía Lapiedra llamado Rafa adquirió en subasta los implantes de silicona que la actriz porno se hizo extraer cuando abandonó esa profesión. Una verdadera ganga. A lo mejor al acariciar con devoción esas prótesis Rafa descubre que en ellas se han incorporado de alguna forma sutil los recuerdos, las expectativas, los sentimientos y las pasiones, los sufrimientos y el deseo de felicidad, “parte integrante de la identidad de los individuos” en que las cosas se convierten, según Remo Bodei en La vida de las cosas. A lo peor solo siente unas masas temblorosas de las que emana un efluvio de melancolía y olvido.

"Una vida vale 800 euros en Els Encants”, tituló Carles Cols su estupendo reportaje en El Periódico donde contaba las subastas de los pisos de los muertos que dos o tres veces por semana se celebran en los Encants. Todos los muebles y todos los enseres del fallecido, el decorado de su vida, se aprietan abigarradamente en un espacio reducido y se venden al mejor postor. Yo asistí un sábado a esas subastas; aquellas panoplias complicadas de objetos y cuadros muchas veces de un gusto y calidad dudosa, con aquel desparrame de telas y fotografías antiguas por el suelo, me recordaron la famosa “pared de Breton”.

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