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La revista Star marcó un antes y un después en el sector del comic en España / CG

Los años de Star

Además de una revista, Star era un estilo de vida, y los colaboradores, una especie de familia disfuncional

09.09.2019 00:00 h.
6 min

Mucho antes de que nuestros caminos se cruzaran en la revista Star, Juan José Fernández era un jovenzuelo impetuoso, más aficionado a la velocidad que el mismísimo Marinetti, al que le encantaban las carreras de coches. Un mal día se pegó una piña que ríanse ustedes de la del narrador de la canción de Estopa Por la raja de tu falda. Un poco más y la diña. En ese momento, su señor padre, que dirigía una editorial que publicaba tebeos y una colección literaria, digamos, ecléctica -lo mismo te encontrabas una novela de Emile Zola como Las carceleras sádicas de las SS, ejemplo que me acabo de inventar, pero la cosa iba por ahí- volvió a intentar por enésima vez que se integrara en el negocio familiar y se olvidara de imitar a Steve McQueen: le financiaría lo que quisiera a condición de que dejara de hacerle sufrir. Juanjo, que ya era de natural alternativo y le gustaban mucho los comics, dijo que le apetecería dirigir un tebeo underground. Así nació Star en 1974, publicación que permitió a los españoles familiarizarse con la obra de Robert Crumb o Gilbert Shelton, titanes del comic subterráneo de la época (hubo un número especial dedicado a Fritz the cat que, como otros números de la revista, sufrió el secuestro gubernativo).

Conocí a Juanjo a finales de los setenta, cuando Star ya había mutado en revista de música, cine, literatura y demás artefactos pop. Creo recordar que fue a través de mis amigos Juan Bufill e Ignacio Julià, aunque no descarto que el inefable Manel Valls tuviese algo que ver (Manel era nuestro compañero de billar americano en aquellas noches de la transición barcelonesa). La empresa de Fernández padre tenía la sede en la Gran Vía, delante de la plaza de toros Monumental. Si te dejabas caer por la redacción de Star, te encontrabas a Juanjo en su despachito leyendo revistas extranjeras y recortando fotos de sadomasoquismo, un tema que le ponía. De vez en cuando, se daba una vuelta por la editorial, chicoleando con las empleadas de una manera que hoy lo convertiría en víctima de las del #MeToo.

Si pillaba a alguna resfriada, le decía: “¿Ves lo que pasa por dormir con el culo al aire?”. Si se topaba con una embarazada: “¿Ves lo que pasa por dormir sin bragas?”. La verdad es que nadie se le enfadaba y lo máximo que podía pasarle era que lo enviaran a tomar por saco. Eran otros tiempos.

Además de una revista, Star era un estilo de vida, y los colaboradores, una especie de familia disfuncional cuyo padre espiritual era Juanjo. Nos íbamos de copas juntos -aunque Juanjo nunca pasó del agua con gas o el Cacaolat- y, a veces, de concierto. Recuerdo una velada gloriosa en la que, viendo que llegábamos tarde a un concierto de Iggy Pop, bajo una lluvia intensa y generadora de atascos, Juanjo subió al centro de la Gran Vía su contundente jeep, en el que íbamos apretados Juan, Ignacio y un servidor, y llegamos al Palacio de los Deportes sin atropellar a nadie. El mérito era doble, pues esa misma mañana, entre Juanjo y yo, le habíamos jodido la rueda de prensa al pobre Iggy a base de no dejar de hablar ni de beber mientras el hombre intentaba responder a las preguntas. El manager nos llamó la atención, nosotros lo enviamos a la mierda porque para algo éramos más punks que nadie y la rueda de prensa pasó a mejor vida, no sin que antes nos señalara Iggy y dijera: “Lo siento, pero la culpa es de esos dos”. Luego me contaron que el señor Pop iba diciendo que como se nos ocurriera aparecer por su concierto nos partiría la cara personalmente (lo que no sucedió).

La familia disfuncional se deshizo en 1980, cuando la revista se hundió. Sin el apoyo paterno, Juanjo no se vio con ánimo de correr riesgos y José María Berenguer acabó haciendo con El Víbora lo que le tocaba hacer a él. En fin, fueron casi tres años muy divertidos durante los cuales muchos empezamos a desarrollar un estilo inspirado en Tom Wolfe y Hunter S. Thompson que no nos impidió, años después, acceder al mainstream periodístico. Star fue una gran escuela para escritores insumisos y un amigo para muchos lectores españoles que, poco después de la muerte de Franco, pudieron asomarse a la modernidad y a lo alternativo. Como suele decirse, fue bueno mientras duró.