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Imagen del patio del Ateneu Barcelonès, donde se encuentra el PEN Club / CG

El Pen Club a juicio

La poeta Àngels Gregori, nueva presidenta de la institución, acusa a su predecesora de desfalcar cerca de un millón de euros

25.05.2019 23:46 h.
16 min

La nueva presidenta del PEN catalán, la poeta Àngels Gregori, respaldada por una auditoría de vértigo, acusa a su predecesora en el cargo, Carme Arenas (que lo ejerció durante ocho años y antes, durante otros ocho, fue secretaria de la presidenta Dolors Oller), de una serie de faltas y delitos, entre los cuales la volatilización de cerca de un millón de euros --no 300.000 como hasta ahora ha publicado la prensa--. Es otro episodio típicamente pujolista en la tradición --no específicamente catalana, sino mundial-- de envolverse en la bandera de un país para, a la sombra de su flamear, saquearlo.

No son este supuesto desfalco, esos favores a sí misma y a los suyos de los que es acusada la señora Arenas lo escandaloso, sino el previo desfalco al nombre, a la tradición del PEN Club, cuya meritoria y abnegada actuación en el Este Europeo, en defensa de los escritores perseguidos por los regímenes comunistas, tuve el privilegio de observar de cerca in illo tempore. Ver, como hemos visto, que su sucursal catalana era otro comedero nacionalista, otra herramienta para el chovinismo y la indigencia intelectual características del nacionalismo me parece más lamentable que el hecho de que la presidenta Arenas (supuestamente) vampirizase en beneficio propio unos fondos que hubieran debido servir para ayudar a escritores y traductores en problemas. Esto último puede haber dolido y sorprendido a la joven señora Gregori, porque antes de levantar las alfombras había tenido a aquella por una gestora cultural modélica, admirable.

Fue precisamente Arenas la que la invitó a sustituirla, quizá suponiendo que su juventud y la conciencia de “deberle” el cargo la convertirían en un títere manejable. Pero en vez de cerrar los ojos a las irregularidades en las cuentas que encontró ya en los primeros días --primero 40.000 euros, luego otros cuarenta mil, luego...--, Gregori ha decidido tirar de la manta.  

El Ateneo emana un tufillo tóxico. Yo lo frecuenté hace algunos años, integrado como vocal en la junta de la ACEC (Asociación Colegial de Escritores de Cataluña), ciertamente no por vocación de aburrirme en tareas burocráticas y de gestión sino porque casi me obligó el entonces director, José Luis Giménez-Frontín; a veces recuerdo su trabajo serio al frente de la institución, su recuperación de figuras injustamente olvidadas o preteridas de nuestra reciente tradición, su celo en ayudar a socios en precario.

Recuerdo su empeño en que la ACEC fuese exquisitamente bilingüe, apolítica y profesional. Y en un plano más personal, nuestra común querencia --en su caso, muy activa-- por la obra de Ángel Crespo, y algunas conversaciones, entre ellas la que sostuvimos a propósito de uno de sus poemas donde detecté, para gran contento suyo, la inspiración en una pregunta formulada por Brodsky en su libro de ensayos Del dolor y la razón, o la visita a la exposición Cinco pintores de la modernidad portuguesa en La Pedrera, donde él dirigía la fundación de la Caixa de Catalunya, de donde guardo una foto en la que se nos ve ante el famoso retrato de Pessoa por Almada. Recuerdo la lectura de sus versos y de sus memorias. Y en las memorias, ese extraño momento en que él, siendo un niño, observa con magnífico estupor, desde el balcón de la casa familiar en no recuerdo qué pueblo de piedra, el paso de una procesión donde la bamboleante efigie de madera de la Virgen María va tocada por la undosa y espléndida cabellera de su abuela --la abuela de José Luis, que movida por la devoción se la había cortado y ofrendado--. 

En la ACEC Giménez-Frontín a veces se mordía el labio para no decir nada si yo le comparaba las finanzas y las ayudas públicas que recibía esta entidad, siempre mirada con recelo por las instituciones regionales, con las que beneficiaban al PEN y la monolingüe Asociació d’Escriptors en Llengua Catalana, AELC, que como la ACEC tenían la sede en el quinto piso del Ateneo. Claro que éstas representaban solo a los escritores en una lengua eternamente a punto de extinguirse y siempre necesitada y merecedora de tutela gubernamental y discriminaciones positivas...

Del Ateneo fui socio algún tiempo, cuando lo dirigía Jordi Sarsanedas, poeta menor pero digno, del que recuerdo estos versos: “Ni sé qui sóc. / Quan es fa fosc / passejo sol / per la ciutat / Estic citat /  amb qualsevol / amb no ningú / amb mi mateix / arreu, arreu”. O sea: “No sé quién soy. Cuando anochece paseo solo por la ciudad. Estoy citado con cualquiera, con nadie, conmigo mismo, por todas partes”. Está bien, tiene misterio. Sarsanedas era sabio en cultura francesa. Era también catalanista, pero yo no se lo tengo en cuenta ya que en mi juicio sobre los demás parto siempre del principio de que nadie es perfecto. Bajo la gestión sarsánida la institución de la calle Canuda --cuyas bazas fuertes son tres: el jardín, las remembranzas del ayer glorioso, cuando Pla y Ors, y la biblioteca diseñada en parte por el gran Jujol, el colaborador de Gaudí, mucho mejor arquitecto que él en mi opinión y no solo en la mía -- vivió en una suave decadencia, una aura mediocritas que tenía su encanto. Yo frecuentaba la biblioteca y perdía el tiempo en la planta baja mirando las partidas de ajedrez que disputaban unos personajes peculiares, maniáticos cada uno a su manera; entre ellos destacaba a mis ojos el eminente doctor Deó, oculista ya entrado en años que en su consulta del paseo de Gracia me inspeccionó el nervio óptico y me prohibió terminantemente que fumase un solo cigarrillo más si no quería quedarme ciego. Le obedecí; y al cabo de unos meses le reconocí con estupor en el hombrecillo con cabeza de huevo y gafas, de baja estatura, que jugaba al ajedrez fumando como un carretero, empalmando a lo largo de la tarde cigarrillo con cigarrillo --lo mantenía colgado del labio, sin sacudir la ceniza sino esperando que la ley de la gravedad la hiciese caer sobre la chaqueta--, mientras rumiaba las jugadas de ajedrez y marcaba el ritmo de su música interior dando golpecitos en la mesa-tablero con su encendedor Dupondt de oro. Tenía la mano pequeña, descarnada, con las venas azules protuberantes, que me recordaban la mecánica de la vida. Solo se levantaba de la mesa de ajedrez para presentar sus respetos a las señoras, ante las que se inclinaba con una galantería llena de gracia. Jugaba contra otro señor también calvo, también bastante mayor, muy silencioso, dignísimo, pero que tenía la debilidad de llevar sobre los hombros un pullover de color azul cielo y de teñirse el bigote de negro charol; aquella mancha negra y artificiosa en medio del rostro era conspicua. Entre los ajedrecistas jóvenes recuerdo a un tal Álvaro, de buena familia, como suele decirse, pelirrojo, elegante, con pelo y barba rojas y muy peinadas, que solía perder contra un tal Manuel, adversario de aspecto tosco pero implacable (el típico mezquino que te dice “pieza tocada, pieza jugada”), y entonces Álvaro le daba al primero que pillase, y al segundo, y al tercero, minuciosas explicaciones, que nadie le pedía ni a nadie interesaban, sobre la pequeñez del error que había cometido, y qué variante le hubiera hecho ganar, sin ninguna duda, a Manuel. “Si no fos perquè…” En esos “si no fos perquè…” (“Si no fuera porque…) se puede ir tranquilamente la vida. También había un sirio bajito y fibroso que celebraba sus frecuentes victorias con alharacas y zapatetas y carcajadas mefistofélicas, que a algún adversario con mal perder le sentaban fatal, hasta el extremo de reprocharle su origen y recomendarle que se volviera a su tierra. Por fin el sirio se enfadó, pegó cuatro gritos muy bien fundados y se fue, no sé si habrá vuelto, el ajedrez tira mucho. Había también una mujer amable, civilizada, pero que se empeñaba en hablar conmigo de política, cosa a la que yo no estaba dispuesto, pues no creo que mi opinión solo valga lo que vale la de cualquier otro. Había otro jugador de cuyo rostro no logro acordarme, solo recuerdo su latiguillo, que emitía cuando el adversario movía una pieza peligrosamente para hacer una incursión dañina entre sus filas. Entonces él musitaba: “Todito te lo consiento… todito… todito te lo consiento… menos esto”, y a renglón seguido organizaba la defensa y disponía el contraataque. No faltaba quienes repitiesen, cada día, mientras miraban pensativamente las piezas: “Si no fuera por estos ratos...” En toda comunidad de varones hay esa tendencia a los latiguillos recurrentes que se convierten en autorreferenciales, que a sus miembros les parecen graciosos, con los que reafirman la unidad del grupo, y que a un observador externo suelen no hacerle gracia.

Todos estos estupendos ateneístas jugaban más o menos al mismo nivel, y los épicos combates de cada tarde estuvieron bastante equilibrados hasta que por allí apareció un endemoniado burgalés de aspecto pánfilo y fondón, que se los merendaba de dos en dos y sin despeinarse. En torno a él, el círculo de los mirones se hacía más y más grande. En fin, un tran-tran vespertino para desocupados, tentador y agradable para descansar del trabajo en la biblioteca, frecuentada ésta por estudiantes de las universidades a distancia y por eternos opositores.

Las bibliotecarias eran agradables. En cuanto a los usuarios, lo primero que hacían las chicas al instalarse con sus apuntes a pasar la tarde estudiosa en el delicioso espacio creado por el buen Jujol era sacar del plumier una docena de rotuladores de colores con los que subrayaban prácticamente todas las líneas de sus manuales y de sus apuntes. También era digna de verse la instalación de algún maniaco, con papeles, cuadernos, clips, tijeras, rotuladores, cinta adhesiva, sacapuntas, gomas, lápices, etcétera, todo dispuesto como una barricada contra el suspenso. Año tras año vi allí también a un señor con una neurosis particular. Junto al cuaderno donde tomaba notas de los libros que leía, tenía un bolígrafo bic, con cuya punta iba asestando golpecitos a un folio en blanco, como una gallina que en el patio picotea granos, hasta que por la noche el folio blanco estaba cubierto de puntos azules en apretada trama. Y así cada día…

En el cuarto piso del Ateneo hay algunas aulas con pupitres donde se dan clases de la escuela de escritura creativa, donde yo estuve de profesor un par de temporadas. Y en el quinto estaban las sedes de la ACEC, de la AELC y del PEN, no sé si también de otras entidades. Ojalá bajo la batuta de la joven señora Gregori  y con las revelaciones de la auditoría el PEN depure responsabilidades, que quien haya malversado dinero lo devuelva, que se encuentren los fondos desaparecidos de Tàpies, Ràfols, etc… Pero para mí el aura del PEN catalán está desde hace mucho tiempo manchada y dañada. Su directiva fue siempre una caterva de nacionalistas bien alimentados y con poco talento, en mi modesta opinión. Y las únicas novedades en los últimos tiempos han sido éstas: una, el comunicado en defensa de nuestros golpistas que Carme Arenas y Carles Torner, secretario ejecutivo del PEN Internacional, consiguieron colar a esta institución, hazaña que movió a Vargas Llosa, que presidió el PEN, se diese de baja como socio, y de la que Arenas puede ufanarse  como coronación de su tarea de dieciséis años en la pomada; y dos, la auditoría reveladora y la denuncia ante la justicia que el día 11 de junio la asamblea de los socios ha de aprobar o rechazar. Son dos novedades coherentes entre sí, como son coherentes el saqueo de las arcas públicas y la inflamación patriótica con gran revuelo de heroicas banderas. Tan coherentes que uno se siente tentado a pensar que son la misma cosa.

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