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Sanda Stolojan / Ziarulmetropolis.ro

Los olvidados diarios de Sanda Stolojan

La intelectual fue una activista valiente, además de una mujer de fina sensibilidad dotada de un pluma precisa

04.08.2019 00:00 h.
8 min

Traduzco de los diarios de Sanda Stolojan la entrada de 6 de junio de 1980: “La invasión de Afganistán por los rusos suscita una gran indignación. En la sala de la Mutualité se ha organizado una manifestación monstruo, con firma de un manifiesto, folletos, carteles, discursos, eslogans… En la algarabía y el calor asfixiante, he pensado que los países del Este después de Yalta fueron entregados el dominio soviético sin que la opinión occidental se conmoviera. Al contrario, a Occidente le pareció normal que Europa del este se convirtiera en zona de influencia rusa. ¿Quién pensaba en la terrible injusticia cometida contra los pueblos del este? Las voces que en aquella época denunciaban a la URSS fueron ahogadas. En 1949, en París, la izquierda francesa condenó al testigo Kravtchenko. Esta noche, entre los intelectuales que se manifestaban con más virulencia en la tribuna, destacaba el antiguo comunista Pierre Daix, uno de los más encarnizados acusadores de Kravchenko en el famoso proceso de 1949. Ante los vuelcos de la historia, confieso que mi sensación de frustración ha sido muy fuerte”.

Pocos recordarán que Kravchenko fue un funcionario ruso, excapitán del Ejército, desertor del régimen soviético y autor de Yo elegí la libertad, el primer libro (1946) en denunciar el estalinismo “desde dentro”, desde la experiencia, y muy criticado por las izquierdas europeas, que descalificaron al autor como “agente de la CIA”. En cuanto al “famoso proceso” de 1949, la autora se refiere al espectacular juicio por difamación interpuesto por Moscú contra Kravchenko, y que fue ocasión de un enorme escándalo en la época. ¿Quién se acuerda de todo esto? Peor aún que los “vuelcos” de la Historia que Sanda Srtolojan lamenta es el olvido de esa historia, que hace parecer tan fútiles nuestras pasiones, nuestras convicciones y nuestra experiencia…

A continuación traduzco de los diarios de Sanda Stolejan la entrada del día siguiente, 7 de julio de 1980:

“Visita a Cioran, para hablar de la actualidad, que le apasiona. Escucha la radio inglesa y alemana, lee el New York Herald Tribune. Me cita un artículo del Figaro donde Alain de Benoist escribe que Occidente perecerá a causa de su cobardía. A propósito de Occidente, ¿quién lo ha representado mejor que Sartre?, le digo, y le cuento que en la película Sartre par lui-même (Sartre según él mismo) me asombró la fealdad particular de sus admiradores, una fealdad que viene del interior, del odio de si mismos de estos intelectuales sartrianos. Sobre Sartre, Cioran escribió n 1956 páginas brutales. Va a buscar La tentación de existir y hace que Simone lea en la página 35 el retrato del “intelectual fatigado”. Dentro de pocos años apenas quedará nada de Sartre, profetiza. Pero el hecho de que nadie haya protestado contra el concierto de increíbles alabanzas que se han oído a su muerte es “un signo de apoltronamiento general”. Con Simone dio un paseo por el cementerio dos semanas después del entierro de Sartre. Su tumba seguía cubierta de flores y de cartas de despedida. Cioran tuvo ganas de escribir, también él, un mensaje, que simplemente dijera: ‘Gracias, de parte del Kremlin' ”.

Sanda Stolojan (Bucarest 1919-París 2005) fue una intelectual, traductora-intérprete y una activista valiente, además de una mujer de fina sensibilidad dotada de un pluma precisa y capaz de expresarla, y lamento que casi nadie conozca, ni en Francia casi nadie recuerde, sus dos dietarios (ed. L’Harmattan) cuyos títulos en español serían En el balcón del exilio rumano en París y Rumanía revisitada. Alguien le reprochó que habiendo vivido durante décadas en París frecuentado a Cioran, Ionesco, Eliade cuando pasaba por allí, Vintila Horia y otros, no se hubiera decidido a escribir “la novela del exilio rumano en París”. Pero esos dos diarios son mucho mejores y más veraces que cualquier novela que hubiera podido escribir, dando el pulso del tiempo y al mismo tiempo el testimonio directo del pensamiento y el humor de aquellos espléndidos escritores ante los acontecimientos cotidianos, y de sus reacciones ante las noticias que llegaban en sordina del desdichado país del que habían tenido la fortuna de escapar y de los amigos y parientes que se quedaron allí.

Entre ellos, el filósofo y asceta Dinu Noica, tan querido por todos ellos, sobre todo por la misma Sanda; habiendo tenido ocasión de exiliarse, Noica prefirió quedarse, entregado a pensar y a enseñar en el aislamiento, la pobreza y el frío de una ciudad provinciana, al margen de la política, como si no sintiese la terrible opresión del régimen policial y viviese en la eternidad de las ideas. Al sentir que no le quedaba mucha vida por delante le envió a Stolojan una carta melancólica en la que le pedía: “Olvídame, pero no del todo”. ¿Se puede ser más fino?

Hay cien anécdotas terribles y cien deliciosas. Por ejemplo, Cioran le cuenta a Sanda, con divertido asombro, que hace unas semanas envió uno de sus libros a su amigo Samuel Beckett. Desde la residencia para la tercera edad donde vivía, Beckett dio acuse de recibo con una nota escueta en la que decía Merci (gracias). Dos semanas después Cioran publica otro libro, y se lo envía también a Beckett, que a su vez responde con otra nota de agradecimiento: Merci encore (Gracias otra vez).  

Temo que a más de un lector todo esto le parecerá propio de un pasado lejano, una flor disecada entre las páginas amarillas y crujientes de un libro rumano, demasiado rumano, que se ha vuelto difícil de leer. Tengo que encogerme de hombros. Así es la vida. Dos dietarios extraordinarios, desbordantes de testimonio de vida, de personajes formidables, de anécdotas luminosas y de la tragedia de la historia. El “balcón” al que se refiere el título del primero es el de la buhardilla en el 21 Rue de l’Odeon donde vivían Cioran y su mujer Simone. La vivienda era pequeña pero el balcón daba a los tejados de París y a sus cielos grandes, húmedos, pálidos, nublados. Teniendo un balcón así, dijo Sanda Stolojan, no hace falta ir al cine ni al teatro. A Cioran este comentario le emocionó un poco. También la casa de Ionesco (el autor de El rinoceronte, de La cantante calva y de unos diarios estupendos) tenía un balcón.