Menú Buscar
El 'Tríptico de la Virgen de Montserrat' de Bartolomé Bermejo / EFE

La Montserrat de Bermejo

17.02.2019 00:00 h.
6 min

Lo de verdad fantástico no es ver algo único –por ejemplo, un platillo volante–, sino volver a verlo. Para ello dos cosas son fundamentales: seguir vivo y esperar la ocasión. Así ahora los que en el año 2003 vieron en el MNAC la exposición de Bartolomé Bermejo, extraordinario pintor cordobés activo entre 1468 y 1501, pueden volver a ver sus obras maestras, otra vez en el MNAC, y ahora aún mejor que entonces.

¿Lo veis, chicos y chicas, cómo valía la pena aguantar? Con el añadido de que si la gran exposición de hace quince años en el museo de Bellas Artes de Bilbao y el MNAC de Barcelona era más voluminosa, más numerosa en obras --porque incorporaba a muchos otros artistas de la época para contextualizar la grandeza técnica y libertad imaginativa de Bermejo--, ahora se puede contemplar con más gusto la que muchos consideran su obra maestra, que ha sido suntuosamente restaurada y parece otra.

Es la “Piedad” del arcediano Lluís Desplá. La podemos ver siempre, y por cierto que sin ninguna clase de apreturas, en el museo de la catedral. Allí suele estar, colgada en la antigua sala capitular donde, por cierto, también está la tumba del arcediano; de manera que “vemos” al arcediano por partida doble, estamos de pie en medio de una doble representación suya, es una experiencia muy rara: a un lado el retablo donde un hombre en la flor de la edad, de rodillas ante un paisaje espléndido, reza conmovido ante Cristo muerto en brazos de María. Y al otro lado de la sala, en el suelo, vemos al mismo Desplà en el bajorrelieve de mármol blanco de la losa sepulcral: han pasado los años y ahora ha entrado en carnes, viste un hábito talar se ha acostado. Si esa Piedad ya era imponente cubierta de la suciedad de los siglos, ahora, desde que la restauraron en 2017, lo es más.

Aún así, y aunque los especialistas, empezando por Frederic-Pau Verrié y acabando por Joan Molina, comisario de la exposición, la siguen considerando la obra maestra de Bermejo, yo todavía prefiero el “Tríptico de la virgen de Montserrat” de la catedral gótica de Acqui Terme (Piamonte), quizá porque no la tengo tan a mano.

La blancura del bello rostro de la Virgen confirma que la negritud de la imagen que se venera en el monasterio de la montaña es tizne sobrevenido y accidental. La Montserrat de Acqui Terme está sentada en vez de un trono sobre una sierra que la identifica, y vestida y coronada con gran riqueza y refinamiento, en un alarde de esos rojos suntuosos de Bermejo, como el del san Miguel de la National Gallery. Lleva al Niño en su regazo y mira con benevolencia al acaudalado negociante que la hizo pintar y que la observa con la cabeza cubierta, pálido y grave de la enfermedad que le consume.

La virgen de Montserrat fue una virgen muy popular y objeto de mucha devoción en gran parte del mundo cristiano, al estilo de la de Lourdes hoy. Por eso no es de extrañar que el comitente, Francesco Della Chiesa, un acaudalado comerciante italiano con negocios en Valencia, le encargase a Bermejo un retablo donde se le viera adorándola para colocarlo encima del altar de la capilla de su familia en la catedral de su ciudad.

La Virgen ocupa el lugar central; el niño sostiene en un cordel a un pajarillo que revolotea, juguete vivo y símbolo del alma del enlutado Della Chiesa. Al fondo del suntuoso e imaginativo paisaje, la Universidad a la izquierda y el monasterio a la derecha simbolizan sus vocaciones frustradas, el conocimiento y la santidad: como el agonizante Andy Warhol en la canción de Lou Reed, Della Chiesa también hubiera preferido dedicarse "a cosas menos humanas y más divinas". Unas naves que se mecen en la bahía crepuscular aluden a su profesión y la incertidumbre de la aventura humana. Es una estampa admirable, enriquecida por las tablas laterales que son obra de otros artífices.

Bermejo había asimilado con excelencia las lecciones y las revolucionarias técnicas al óleo de los pintores flamencos que gustaban e influyeron en nuestros pagos, y que los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, coleccionaban con entusiasmo, a través de embajadores y de mercaderes con plaza en Brujas o Amberes. Se llamaba Bartolomé Cárdenas y algunas veces firmaba “Bermejo”. Trabajó en varias ciudades del reino de Aragón: Valencia, Daroca, Zaragoza y Barcelona. Aquí y allá dejó obras inacabadas y hasta fue excomulgado por incumplir un contrato para el retablo de Santo Domingo de Silos. Poco más sabemos de su vida, pero desde luego se conserva de ella lo esencial, su obra, hasta hace poco reunida en el Prado y que ahora durante unos meses puede verse --¡volver a verse!-- en el museo de Barcelona, no ya resistiendo la usura de los siglos sino limpísima, vivísima.

¿Quiere hacer un comentario?
Esta web utiliza 'cookies' propias y de terceros para ofrecerte una mejor experiencia y servicio. Más información