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Una imagen de archivo del pintor Xavier Valls / EFE

Las memorias de Xavier Valls, el padre de Manuel

El pintor rememora toda una época en 'La meva capsa de Pandora', el libro que editó Jaume Vallcorba hace más de una década

13.01.2019 15:55 h.
7 min

“¡Viva Valls!”, escribió Balthus en el libro de visitas de la galería donde exponía, en 1969, el pintor barcelonés Xavier Valls, uno de los mejores pintores catalanes de la segunda mitad del siglo pasado, que admiraba a Balthus y que compartía con él una apuesta por la figuración trascendente o misteriosa, siempre como en estado de presagio de lo sagrado. Aunque como es natural no le gustaba demasiado que le comparasen con Balthus, ni con Morandi aunque, como éste, pintase a veces bodegones de botellas.  

Para saber un poco más de los orígenes de Manuel Valls, el  candidato a la alcaldía de Barcelona, días pasados estuve leyendo “La meva capsa de Pandora”, (Mi caja de Pandora), el libro de memorias de su padre, el pintor, que publicó hace quince años Jaume Vallcorba. Entonces la crítica hizo hincapié en ciertos pasajes en los que parece adivinarse un resquemor de Xavier Valls contra su ciudad –era del barrio de Horta— porque no le aceptó ni reconoció su talento hasta que en los años 70 le consagraron las grandes exposiciones en Madrid y en París, donde vivía.

Valls no se mordía la lengua sino que –igual que ahora hace su hijo, y por cierto que hace muy bien— decía en todo momento lo que pensaba. Pasaba los veranos en Horta, en una casa con jardín donde recibía a mucha gente distinguida y sostenía animadas tertulias, que según algunos de los participantes no tenían desperdicio porque Valls era un narrador muy ameno, conocía a todo el mundo y tenía grandes conocimientos y curiosidad por muchos creadores contemporáneos. Es fácil deducir que oyéndole Vallcorba pensaría que sus memorias podrían ser muy interesantes y darían pie a debates y fértiles polémicas, y por eso le animó a escribirlas.

Lo cierto es que en las numerosas páginas de “La meva Caixa de Pandora”, en sus demasiadas páginas, hay algunos ajustes de cuentas más o menos maliciosos con artistas del canon español como Palazuelo, Chillida o Tàpies. Y es una lectura muy interesante sobre aspectos puntuales de su vida, especialmente los primeros días de la guerra civil en Barcelona, con las andanzas de los comandos de la FAI, que solían estar compuestos por tres hombres: “uno era tonto; otro, un asesino, y el tercero un santo, y lo malo es que el santo nunca podía dominar a sus dos compañeros”.

También es lectura inevitable, por la exhaustiva nómina de personalidades mencionadas, para quien esté especialmente interesado en la vida artística barcelonesa y parisiense de aquellos años, pero no se puede decir que responda a las promesas cataclísmicas implícitas en el título. El “namedropping” es exasperante. A ratos, demasiadas veces, parece un libro de visitas. Viene Fulano, llega Mengano. ¿Qué interés tiene, por ejemplo, saber que un día determinado “conocimos a Juan Marsé, que me regaló su libro ‘Un día volveré’, que por cierto nos gustó muchísimo”, para a renglón seguido pasar a otra cosa?

Este grave defecto es achacable tanto al autor, que al fin y al cabo no era escritor, como al colaborador que le puso Vallcorba, que sí lo era y cuyo nombre campa como responsable en la portada: Julià de Jódar, voluntarioso coautor de “Fot-li, que som catalans!”, y de su no menos notoria secuela “Fot-li més que encara som catalans!”

Pobre Xavier Valls. Con colaboradores tan aciagos quién necesita enemigos. Las numerosas notas muchas veces son más interesantes que el pasaje anotado, pero colocadas al final del texto arruinan la fluidez de la lectura. Peor aún, queda sin explicar más que de manera muy somera la aventura artística de Valls, el porqué de la decisiones estéticas tomadas. ¡Hay que jodarse!

Queda como botín de la lectura la silueta del autor, que fue todo un carácter y un artista de verdad. Y algunas anécdotas hilarantes. Como la de Joan Miró totalmente convencido por unos amigos guasones de que tenía aura: un aura muy evidente sobre cuya visibilidad y colorido iba preguntando a todo el mundo, hasta que alguien le desengañó. Miró le retiró la palabra a los bromistas y nunca les perdonó.

Me hubiera gustado saber más sobre las relaciones de Valls con el ultramundo, convencido como estaba de leer el futuro de los demás en las líneas de la mano, hasta que perdió sus facultades porque, según explica, los médiums que no practican asiduamente sus poderes, los pierden.

Hay algunas escenas en París, como una conversación de Louis Aragon sobre Dalí, y las agitaciones castristas de Carpentier, y la reveladora velada con Tàpies --"después de cenar, salimos y, al ver nuestro Simca, nos dijo: 'Qué suerte tenéis de haberlo aparcado, porque yo, con el Mercedes'...--, sobre cuyo arte emite el siguiente veredicto:

“Me gustan los cuadros de Tàpies cuando la materia recuerda un bajorrelieve etrusco; o esos otros en que su gesto lleva un no sé qué de oriental y místico. Soy mucho más prudente cuando les adhiere unos calzoncillos viejos o cuando aprovecha muebles tronados y otros elementos ‘miserabilistas’ para las esculturas.” Lástima de prudencia.