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El Paseante / DANIEL ROSELL

El paseante

Juan Carlos Girauta hace en este relato una evocación sobre el paso del tiempo y la muerte con el pretexto de la visita a un cementerio marino

02.09.2018 00:00 h.
8 min

Cae la tarde y se dice ya está, las lucecitas. Las lucecitas del puerto y los balcones, centenares de bombillas de un barco de recreo, las farolas erguidas, encendidas contra un azul de noche americana. Tubos rojos de neón, intermitentes, los locales de alterne, un fragor de botellas, los primeros borrachos, las primeras tabernas, adolescentes apretando el paso de regreso a casa. Y todavía está claro el cielo más allá del malecón, más allá de los silos y del cementerio. Y se deja llevar, degustando el ocaso, indolente, sin prisa. Las callejas, el olor de los guisos. Griterío que deviene un eco. Una arrebatadora brisa de promesa. La colina, la verja, el cementerio​.

Entra ya, sin pensar, sin rumbo fijo. La violenta piedad del arte funerario; esculturas aladas y terribles en mármol de Marés y de Clarà. El mármol que se empeña en ver el mundo con esa grave voluntad de templo (de la que nadie duda desde que Buonarroti presintió las estatuas que oculta la cantera). El mineral que sólo entiende al hombre como figura, friso, atlante o busto. El que helenizará los mediodías, como si algo pudiera rectificar sus márgenes inhóspitos o apaciguar las simas del fracaso. 

La brújula caprichosa de su instinto le guía por entre las calles de los muertos​, que se dicen su nombre, y nada más, unos a otros a través de sus lápidas. Algunos lucen foto amarillenta. La identidad de los muertos; por qué la identidad. Y él no deja de leer cada nombre, infiriendo repentinas historias, biografías de dos segundos, de la sonoridad de algunos de ellos. Nombres de muertos, pasados que intenta adivinar sin el menor esfuerzo. Nombres de muertos, apellidos que le obligan a mover los labios. Nombres, fechas, epitafios que también oscurecen con la hora. Por qué los epitafios. Quién quiere verse resumido en unas pocas palabras. Cuánto más elegante no decir. La elegancia nunca debe abandonarnos. Como epitafio, nada. Qué otra cosa. Y piensa: elegancia en la muerte; morir con clase; tumba de buen gusto; guardar las formas en el nicho. Y estalla en carcajadas, ante el estupor de los muertos y del empleado municipal, que monta en cólera pero que pronto muda su expresión e imagina que un acceso de tristeza ha trastornado quizás al visitante. Y casi le da una palmadita en el hombro cuando cruza de nuevo la verja, confundido. 

No abandona el camino porque teme sus márgenes y presiente los tibos cadáveres de flores. No conoce estas plazas. Escapa de su gente, de su incesto furioso, de sus juegos terribles. Ellos no se avergüenzan de la abominación. Encalan las paredes, a veces asesinan. Asesinan y encalan como niños posesos. Ellos no tienen culpa. Es el día fulgente el que los lanza. Es la blancura hiriente de los muros. La cal es una muerte condensada que practican los pueblos cenicientos. Vuelta al puerto. Las cajas de marisco, las grúas amarillas, los uniformados.

Los uniformes le inspiran desconfianza. Inspira a los uniformados desconfianza, eterno sospechoso, meteco voluntario, presencia molesta en la honrada ciudad de comerciantes en donde caminar requiere un cometido o, al menos, su apariencia. Lo paran, lo cachean. Teme que quieran hurgarle el culo, como le sucedió en el aeropuerto. Ya ni eso está a salvo de la autoridad, reflexiona mientras siente cómo crece en su interior el desafío. No quiere decirlo, no debe decirlo, pero lo dice: "¿Por qué no me miran el culo?". Lamenta el exabrupto al primer golpe. Las estrellas desde el banco de piedra, las bocinas, la música, las calles, el verano. 

El cielo de esta ciudad renuncia a poseerle; no colorea el alma ni allana los cafés; deja que se propaguen hormigones y cables provocando un mosaico de apresurados frutos. No exige vellocinos ni heroicos trabajos a los hombres que cubre, fugazmente encarnados, pero los hipnotiza, baraja su misterio, y les hace escoger una puerta entre muchas. Todos conocerán abismos o salones; el azar desorienta y aturde los umbrales. Si la puerta no es buena caen en un laberinto y siempre más persiguen tintineos de llaves.

Esclavo de la luz hoy añora otro cielo, el de su juventud, halagüeño escenario de noche apetecida. Allí donde obtenía cada beso y circunnavegó los almohadones. Levantó improvisadas balaustradas porque saben de amor y saben de laúdes. Las bocacalles oyeron sus canciones cuando caía leche de todos los tejados. Las muchachas ardían en blancas cataratas. El cielo de su patria y las muchachas. A su cobijo anduvo por las buenas edades.

No hace planes, no piensa alterar el curso de una noche como esta. Desfilan funcionarios, putas, músicos. Melodías cruzadas, altavoces; la gente que ramblea. Se hace algunas preguntas: "¿Te acuerdas de tu nombre? ¿Qué diría esta gente si bailaras desnudo?". Y sobre todo: "¿De verdad te interesa el cementerio?". Se va a arrojar al mar. Una batida desde la bocana, desmayadamente, como si fuera a caminar sobre las aguas, a seguir su paseo donde sólo hay silencio.

Caída en vertical, un paso que quiere ser definitivo, que restará inconcluso. Nunca llegará el mar a mojar sus zapatos. Suspendido en el aire ve detenerse todo, se congela el acorde de los guitarristas. No puede alzar la copa de su muerte, de la hermosura efímera, saltar al otro lado de la nada. Olvida los paisajes, se vuelve todo arterias y columnas. Presiente un gran clamor de catedrales. Las frases se disgregan, ha desmontado el mundo, sus paredes y techos demenciales; bajo él retrocede la existencia, regresa sin dolor de madre en madre. El cielo se desploma con vírgenes y arcángeles. Es su fuga fatal, la huella sobre el mármol. El mar le va pisando los talones. No lamenta las citas a que falta, la vida que interrumpe, pues ya no tiene nombre el caminante, a pesar de los nichos y del musgo. Seguirá muerto y vivo, como todos los muertos. Seguirá muerto y vivo, como siempre. Como siempre aludido por la luz, paseándose inmóvil donde, por fin, no existe más que un Nombre.

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