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Desorden (II) /DANIEL ROSELL

El desorden (II)

¡Me revientan esos aires que se dan los médicos, esa aura barata de omnisciencia!

23.09.2018 00:00 h.
11 min

Esteban se presentó en mi apartamento de improviso el día de su santo, veintiséis de diciembre, cuando ya me había hecho a la idea de pasar las fiestas con Las almas muertas por toda compañía. Tan poco esperaba del prójimo que, a pesar de la botella de Recaredo Brut Nature que esta sonriente aparición enarbolaba, se me ocurrió que debía venir a rescatar un libro.

¡El idiota!

–Joder, vaya recibimiento.

–Perdona, me refería a la novela.

–Te la puedes quedar.

Tras algunos comentarios jocosos, se puso serio y pasó a hablar de las endorfinas, nada menos. “¡Un asunto rigurosamente científico!” He ahí a Esteban en estado puro, con sus grandes descubrimientos repentinos, sus disparatadas lecturas, sus fugaces obsesiones y su irritante necesidad de compartirlas. Procedió a una exposición a la que solo faltaban las transparencias y el puntero. Sostuvo que había dado con la llave de la felicidad, demorándose en un absurdo preámbulo con entrega digna de mejor auditorio.

Esteban se puso a sí mismo como ejemplo de quien ha logrado someter la segregación de endorfinas al dominio de la voluntad. Consideraba suficiente exhibir su rostro “relajado y risueño” como prueba del éxito. Su rostro, en realidad, era el resultado de una sucesión de naufragios. Lo salvaba la armonía de la debacle, la congruencia entre las arrugas prematuras y las pronunciadas ojeras, entre estas y la barba cana y mal recortada, entre el mentón derrotado y las patillas asimétricas. Pensé que en un anuncio de “antes de controlar sus endorfinas...y después de lograrlo”, él debería aparecer al principio.

–Estamos hablando de un tipo de encefalinas que…

–No estamos hablando. Estás hablando tú.

–Estamos hablando de sustancias que el propio organismo sintetiza y que, curiosamente, equivalen a la morfina, pero sin efectos secundarios. 

– ¿Das diploma de asistencia?

–No me interrumpas.

–Pensaba que estábamos hablando.

–Su distribución en el sistema nervioso las relaciona con los receptores opiáceos. Alivian el dolor y procuran placer mediante complejos mecanismos cuya acción se resume en facilitar u obstaculizar, según los casos y las necesidades, la comunicación entre células nerviosas. 

–No me lo puedo creer.

–Lo más interesante es la evidencia indiscutible de su relación con el sistema inmunitario. Los médicos tradicionales se resisten a hablar de curación por acción de las endorfinas.

–Oye, me estás resolviendo las vacaciones.

–Sin embargo, hay algo que da que pensar; no sé cómo explicarlo: a estas alturas, pocos se atreven a negar la eficacia de ciertos tratamientos alternativos como apoyo a sus terapias ortodoxas. Lo que nos conduce al tan manido como desconocido capítulo de lo psicosomático. Y no me refiero a enfermedades psicosomáticas, sino ¡a curaciones psicosomáticas!

–Caramba.

–Algo que los médicos aceptan a su pesar.

Les médecins malgré eux?

Oui, y en realidad no saben a qué se refieren. Yo afirmo que lo que en realidad opera, el vero principio activo, son las endorfinas.

–Tienes esa convicción.

–En efecto.

–Es curioso, pensaba que eras filólogo.

Le lancé el dardo mientras me encendía un Davidoff tres mil. Por fin, expelí una humareda por la nariz y le miré con expresión neutra. Su párpado izquierdo temblaba rítmicamente.

–Tú también eres filólogo –respondió al fin.

–No, querido. Yo soy un doctor en Física que casualmente posee, además, el título de licenciado en filología inglesa. Y la carrera de piano. Y...

– ¿A qué viene eso? –se dolió, interrumpiendo una enumeración que le fastidiaba terriblemente– ¡Será posible! 

–Reconozco que no fue fácil. A nadie le regalan las carreras.

– ¡Volvamos al tema, por favor!

– ¿Qué tema?

–El de tu estrechez de miras: tú crees que la salud es cosa de médicos.

–La salud no, la enfermedad. Aunque ellos no estarían de acuerdo.

– ¡Nuestro cuerpo es todo cuanto tenemos! ¡Merece algo más de interés!

–No te comprendo.

–Pues está bien claro, no es sensato dejarlo en las solas manos de los médicos.

– ¿No dejamos las misas en manos de los curas? ¿No dejamos los puentes en manos de los ingenieros? Además, eso de que el cuerpo es todo cuanto tenemos no es más que una opinión.

–Arrostras con él todo el día y toda la noche.

– ¿Y qué?

–Que no deberíamos desentendernos de él sin más y entregárselo a una mafia de mercaderes de órganos.

– ¿Como tu padre y tus hermanos?

–No conseguirás cabrearme. Bueno, sí, ¡ya lo has conseguido! ¡Coño! ¡Me revientan esos aires que se dan los médicos, esa aura barata de omnisciencia!

–Sonaría mejor “esa aura de omnisciencia barata”.

–Esa aura barata de omnisciencia.

–Como quieras.

–No reparan en que dentro de nada sus prácticas actuales parecerán cosa de salvajes. Desde luego, no son científicos. El verdadero científico sabe que sus leyes son meras hipótesis. Y además falsas, por definición.

–Esteban, fui yo quien te introdujo en Popper. Y bastante mal, por lo que veo.

–Mira que eres borde. Tampoco son humanistas, como antes, cuando el doctor era un señor leído que escuchaba al paciente con respeto, que salvaguardaba la dignidad del enfermo...

–Entiendo –le interrumpí asqueado por tanto tópico–. Me dirás que lo de hoy es lo contrario: deshumanización como resultado de la hiperespecialización, y bla bla bla. Perdona que anticipe tus interesantes argumentos, pero, ¿a dónde quieres llegar? Si es que quieres llegar a algún sitio.

–Si los médicos no escuchan a sus pacientes, como tú no me escuchas a mí, si los cirujanos siguen mirando el cuerpo humano como mira el carnicero la ternera antes de sajarla, entonces, ¿sabes qué ocurrirá? 

–Contéstate.

–Que pronto sólo irán a sus consultas los que teman padecer algo realmente grave. Qué remedio. Los demás recurrirán a la imposición de manos, a las esencias florales, a las terapias de música o colores, a la energía de las pirámides, a las visualizaciones, o simplemente a la más pura e inagotable fuente de consuelo: la oración.

–Quizá.

–Pues bien, estoy seguro de que todas esas alternativas, más la reflexoterapia y la acupuntura, lo que en realidad hacen es favorecer la producción de endorfinas.

– ¿Es la conclusión de algún estudio empírico?

–No necesito ningún estudio empírico.

¡No necesito...! ¿Sabes lo que me molesta de ti? –Tensé a un centímetro de su frente mi índice largo y acusador.

– …

–Tu falta de coherencia. Lamento decírtelo, pero lo único que me traes (aparte del cava, excelente por cierto) es un discurso no menos cientifista que el que condenas. Eso sí, mucho más falto de fundamento. Creo que todavía estás traumatizado porque no te dejaron entrar en la facultad de medicina para seguir los pasos de tu familia. A ti la filología germánica te la traía floja, pero tu nota de selectividad no daba para más. Por despecho, te has convertido en una especie de curandero. 

–Creo que tengo que irme.

–El cuerpo es tu dios, Louise Hay tu profetisa, y las endorfinas de los cojones tu nuevo santo grial. Pero sólo hasta la semana que viene, cuando descubras otra estupidez. Te atreves a afirmar que la oración funciona porque favorece una extraña secreción. Y yo te contesto que cuando uno se empeña en leer las emociones en clave de endorfinas, lo menos que puede hacer es exhibir un título que acredite sus conocimientos de bioquímica.

– ¿Ah, sí? ¿Y eso por qué?

–Porque así, al menos, se le presumirá el rigor científico. 

– ¿Aunque el tío sea un cafre?

–Será un cafre inserto en un sistema que respeta los presupuestos metodológicos.

– ¡Y una mierda! Será un cafre inserto en un sistema podrido que sólo se mueve por el dinero de las multinacionales y del Estado

– ¿Lo de “Estado” lo has dicho con mayúscula?

–Sí.

–Impresionante. ¿Quieres un Davidoff?

(Continuará)

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