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Intrusos en El Purgatorio (y V) / DANIEL ROSELL

Intrusos en El Purgatorio (y V)

Quinta y última entrega del relato con el que Juan Carlos Girauta se estrena en Letra Global

17.06.2018 00:00 h.
8 min

No consigo visualizar la escena siguiente, así que me pido otro dry martini y busco el paquete de Marlboro. Está vacío. Abro el maletín y, apartando el guión de El Purgatorio, extraigo otro paquete. Enciendo un pitillo, aspiro una bocanada, otra más, lo dejo en el cenicero y enciendo un segundo pitillo.

--¿Por qué dos? --pregunta Salvador, admirado.

--Para aborrecerlo cuanto antes.

--¿Tratas así todos los placeres?

--Sí.

--No es inteligente.

--Yo decido lo que es inteligente. Yo lo decido todo.

--Ya estamos con Pirandello, no, peor, con Woody Allen.

--No te canses. Por definición, siempre serás menos mordaz que yo.

--Si crees que vas a humillarme, estás perdiendo el tiempo.

--No necesito humillarte. No necesito hacer nada contigo.

--¿Por qué me hablas así?

Salvador es muy emotivo. Está a punto de llorar. Yo suspiro con gesto cansado. Siento la imperiosa necesidad de insultar a mi torpe creación.

--Mira que eres idiota y apocado, chaval.

Ahora se lleva las manos a la cara. Todo resulta tan previsible que no estoy dispuesto a perder un segundo más con él. Pero el licenciado Casares, que no conoce, que no puede conocer nuestra relación, pasa por allí y se detiene intrigado.

--¿Se encuentra mal, caballero?

Me desagrada comportarme así, pero no quiero problemas y me anticipo.

--No le pasa nada. Retírese.

--¿Nos conocemos, señor?

--Pues claro que sí, licenciado Casares.

Pronuncio su nombre despacio, masticándolo. Él se lleva la melena hacia atrás, zigzagueando con sus larguísimas uñas de guitarrista.

--Francamente, no recuerdo que hayamos sido presentados.

Vaya engorro. Está claro que la cosa se me está yendo de las manos. Pienso en alguna maldad referida al aroma que despide pero temo alargar demasiado la inútil escena.

--Acabemos con esta farsa. Tú, Casares, largo de aquí.

El licenciado se queda mirándome a los ojos el tiempo suficiente para comprender que está en peligro. Se coge la capa, alza el mentón y desaparece.

--¿Por qué tienes que ser así? --Salvador está desolado.

--Siempre con el por qué, por qué... No. La pregunta es por qué tienes que ser así. No pienso arrostrar más con el error que encarnas. 

--Un error que es tuyo por partida doble.

--Obsérvame bien. ¿Sigues creyendo que te escribí pensando en mí?

--Sinceramente, sí.

--De acuerdo. ¿Sigues creyendo que aún me representas? No te escondas, cretino. Eres asquerosamente débil. Además me contradices con tu sola presencia, porque yo te maté.

--¡No es verdad! Yo no moría en la novela. La noticia venía en la carta final de Lucía, que no tenía por qué ser veraz. Dado su carácter, seguro que se lo inventó.

--No se lo inventó. Tu muerte es lo único que te justifica.

--Vivo. Aún puedo hablar. Hablo, luego existo.

--Entonces también existe Popeye

Aquí caricaturizo una exhibición de bíceps, simulo tragarme una lata de espinacas y ensancho el torso. 

--¿Po... peye?

--Además, hablas mal y estás fuera de contexto. Y nadie te escucha. ¿Qué quieres? ¿Estropearme también El Purgatorio?

El insufrible Salvador, echando mano de su único recurso, vuelve a mostrarse compungido. Hay que acabar con él. Hago que Benjamín pase por allí, le cojo una botella de Aromas de Montserrat de la bandeja y la parto sin furia pero con eficacia en la cabeza del intruso. He de reconocer que inmediatamente siento una punzada de dolor en el centro del cerebro. Arrastro el cuerpo hasta la puerta de cristal, que abro con el codo, y lo dejo fuera sin mayores precauciones. En el abismo. Resulta un poco forzado que nadie lo vea, pero peor sería permitirle vivir para que me hunda otra obra. La prueba de que no siento el más mínimo cargo de conciencia es que escupo sobre su cadáver y grito:

--¡A ver si te mueres de una vez, inútil! ¿A quién se le ocurre suicidarse por Lucía, esa frígida ignorante, zafia y desagradecida?

Muerto el perro se acabó la rabia, pero como no me apetece que se cuelen más fantasmas, apago los cigarrillos, cojo el maletín y me largo. El cuerpo de Salvador me cierra el paso. No. La barrera es puramente psicológica. Le pego una patada en el estómago y, cuando estoy a punto de pasarle por encima evitándolo, acorto la zancada y salgo pisándole las partes. ¡Para lo que le sirvieron con Lucía! Novelas de amor... ¡bonito oxímoron! El amor es renuncia, desinterés, en tanto que escribir y leer novelas son actos radicales de egoísmo. Para amores de novela, basta con Turgueniev. Y si no, ahí tienen todas las trampas que tuvo que hacer García Márquez con la de los tiempos del cólera. El enamorado crónico la poseía en el barco al final, cuando ella ya había entregado su juventud, su vida, su belleza, su frescura, su mirada limpia a otro, había enviudado y estaba como una cacatúa. Yo la habría arrojado a los tiburones. Pero claro, al deslumbrante y prodigioso Gabo, el taumaturgo, se le había ocurrido ir a pedirle consejo a Corín Tellado porque sabía más de eso. Es para partirse de risa. Bueno, basta. Adiós. Y a ver si no se me ocurre volver a entrar porque me estoy cargando el tono, el ritmo, todo.

El director no ha querido cortar. Echa un vistazo rápido a su monitor con un rictus de preocupación porque, en el exterior, tal vez no baste con la luz que sale del café y con los neones del rótulo de El Purgatorio, que vuelve a considerar inapropiados. Con la mano por visera, logro distinguir entre las tinieblas de la nada el haz azulado de su pantallita, símbolo de omnipotencia. Camino hacia ese punto y, sin disimular mi irritación, grito:

--¡Lo de hacerme aparecer no ha sido una buena idea!

Sin escucharme, el director habla entre dientes con su ayudante.

Lo de hacer aparecer al autor no ha sido una buena idea.

[Fin]

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