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Intrusos en El Purgatorio (II)

Intrusos en El Purgatorio (II)

Segunda entrega del relato con el que Juan Carlos Girauta se estrena en Letra Global

27.05.2018 00:00 h.
5 min

La estrambótica historia no impresiona al Círculo Bartolomé Carranza, que continúa hipnotizado en el recuento imposible de sus afiliados. En un barrido lateral que no solo se lleva sus figuras sino también la voz del escritor sin género, vamos a parar tres mesas más allá. Una mujer madura amonesta a un joven albino.

--¡Eres la leche, Félix!

--¿Por el color?

--No seas imbécil. No tiene gracia. Estoy harta de ese jueguecito que os traéis entre manos Basilisa y tú.

--Mi amor, ¿no estarás celosa?

--Lo que estoy es hasta los cuernos. Que sea la última vez que te cruzas sonrisitas con esa...

--¡Cuidado, Matilde! Ahí viene.

En una extraordinaria transformación, la ira desaparece y el semblante de Matilde se ilumina. Parece tan radiante de felicidad que el pobre Félix se sobrecoge. Pero no quiere pensar que se ha liado con una hipócrita redomada. Al fin y al cabo, quien le ha abierto su lecho es una actriz profesional que ha logrado vivir del teatro durante más de veinte años, que ya es decir. Mírala; la estaba poniendo verde y ahora corre a abrazarla, se lamenta el albino.

--¡Mi queridísima Basilisa, deja que te bese!

Dios mío, se le va a notar. ¿Cómo se le ocurre saludar así a una actriz de su misma compañía, con la que viene interpretando Historia de una escalera desde hace cuatro años? (Todos los días dos sesiones; los lunes, descanso.)

--Hola, cariño. Sabía que estarías aquí. Mira hija, me tienes que hacer un favor. No sabes la tardecita que llevo. No encuentro medias de las de verdad por ninguna parte y esta noche tengo... lo que ya sabes. He pensado que tú, si fueses tan amable, podrías prestarme aquel juego con liguero que te regaló el Orfeón Donostiarra cuando hicimos San Sebastián. El rojo.

La sonrisa procaz con que Basilisa trae a colación el color de la ropa interior provoca un efecto inmediato y conspicuo en las mejillas de Félix. Señalándolo con el índice, la recién llegada lo toma como ejemplo:

--De ese color.

--¿Cerúleo?--escupe Matilde.

--No hija, por Dios, coloradito.

--Sí, claro. Esto... si quieres pasamos ahora mismo por casa.

--Mira, mi amor, si no te importa ¿por qué no te encargas tú de todo mientras nosotros te esperamos aquí? Estoy exhausted.

Ahora es la faz de Matilde la que se tiñe de un escarlata violento. Es en momentos así cuando se notan las verdaderas actrices.

--Pues claro que sí, bonita. Siéntate, descansa un rato y refréscate. ¡Benjamín, otro granizado de limón!

--No sabes cómo te lo agradezco.

Mientras Matilde coge su echarpe, su compañera de trabajo se saca por fin, aparatosamente, un poncho atroz, y se queda con una mínima blusa transparente que ha sido desabrochada hasta el ombligo para evitar que sus ubres la revienten. Al dejar el poncho en el banco que hay pegado a la pared, se inclina sobre Félix, cuya cabeza queda sumergida entre dos inmensos globos de carne. Matilde siente cómo se eriza su vello, los escalofríos recorren su columna en ambas direcciones y el labio inferior empieza a temblarle. Pero se marcha.

--¡Ciao! No tardo ni veinte minutos. 

Antes de desaparecer tras los cafeinómanos de la barra, oye:

--Félix ¿tú crees que debo ponerme el liguero o es suficiente con las ligas? Piensa que igual voy sin bragas.

Desde la puerta de El Purgatorio llega un alarido furioso. El albino ya sabe lo que le espera.

--Yo no he hecho ni dicho nada...

--Ya, pero ¿eso qué tiene que ver con lo que te estoy preguntando? Mira que eres rarito, hijo.

Fundido en blanco.

[Continuará]

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