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Las rapadas / DANIEL ROSELL

Las rapadas

Relato de Manuel Peña Díaz sobre la intrahistoria de la Guerra Civil vista desde un pueblo del Sur de España

19.08.2018 00:00 h.
11 min

–"Don Sebastián, mi hija es una ignorante".

El señor juez recibía cada día visitas de madres de detenidos. Los padres no osaban a pedir nada, ni siquiera se atrevían a presentarse ante él ni para implorar que soltasen a un hijo o a una hija.

–"Y si da mi nombre y por la noche llaman a la puerta, y si me llevan a la cárcel".

No eran excusas de cobardes, había muchas bocas que alimentar. En pocos días todo se había vuelto miedo y desconfianza. Los sobresaltos encogían los cuerpos y las entrañas, las camas apenas se movían, cualquier ruido estremecía. El conticinio se había hecho dueño y señor de la oscuridad a la espera de que unos desconocidos nudillos golpeasen la puerta.

Serían las dos o las tres de la madrugada.

–"¡La guardia! Por orden del teniente que se entregue Sebastiana".

El del bulto había decidido que esa noche detuviesen a las colorás. Doneduardo, el cura, había hecho la lista. Eran las muchachas más alegres y valientes del pueblo. Salían de paseo cogidas del brazo carretera abajo, cantando, riendo. Unos días iban con su pañuelo rojo atado al cuello, como furcias farfullaba el cura; otros días se vestían de colorado, como putas cuchicheaba doña Asunción. La primera en la lista tenía que ser la hija de Antonio Romero, decidió Doneduardo. Estaba convencido de que María era la que había escrito los vitoreados discursos en el Centro Socialista, esos en los que daban vivas al monstruo colorado, durante los infaustos días republicanos.

–"Menos mal que don Gonzalo había puesto orden desde Sevilla", le repetía Doneduardo a su criada, mientras se levantaba la sotana. 

Diez años antes Doña Josefina, la maestra, había mandado llamar a Antonio.

–"Piénselo, pero su hija debería estudiar, al menos el bachiller, después ya se verá".

Era la primera vez que doña Josefina conocía a una niña que escuchase, leyese y comprendiese todo, que enseñase mejor que ella a las otras niñas que ponía a su cargo. En aquel pueblo, perdido de la mano de Dios, aislado durante meses y meses, había encontrado su vocación: enseñar a ricos, pobres y pobrecillos. 

Desde muy chica María venía andando desde la Huerta de los Pinos, cuando sus padres la tuvieron arrendada, antes de que Antonio se empeñase en comprar un camión y se viniesen a vivir al pueblo.

–"Es el futuro", decía.

Su madre le metía en la taleguilla unas naranjas de la Huerta para comer a mediodía, aunque siempre se las llevaba a su tía Lucía. En su casa comía todos los días que estaban en el pueblo. Cuando se iban a la Raña, se sentaba detrás del Castillo y sola, con mucho cuidado de no mancharse, sorbía las naranjas y volvía a la escuela. 

Lo que no pudo imaginar doña Josefina es que el cura, doña Asunción y las demás doñajindangas se presentaran en su casa, un domingo después de misa.

–"¿Cómo se atreve a pedir ayuda para que estudie la hija de un socialista? Por el amor de Dios, a dónde vamos a parar".

– "¡Ay como llegue el día en que gobiernen esos coloraos!"

Corrían los años de la dictadura de don Miguel, amigo de doña Asunción, y el pueblo era un hervidero de negocios, la carretera se estaba arreglando y algunos habían dejado de ser pobrecillos. Con el contrabando y los arriendos de cercados ahora eran pobres. Doña Josefina fue a casa de María:

–"Tenga cuidado Antonio, será mejor que su hija no estudie". 

Cuando se proclamó la República, Josefa la del Centro (Socialista) llamó a sus amigas Sebastiana, María, María, Juana y Rosario. Sebastián Bandera, el del Casino Vista Alegre, le había dicho que allí podían juntarse para preparar lo que quisieran. En la feria de septiembre del 31 decidieron ponerse el pañuelo colorado y acompañar a los muchachos socialistas en el mitin de su barraca. Prepararon bailes en navidades y en carnavales, acompañaron a doña Josefina y a las niñas en las giras al campo, cosieron banderas republicanas para adornar el Ayuntamiento y María bordó el escudo del castillo español. Y charlar y reír. Aún no habían cumplido ni los veinte años, eran todo ilusión, las colorás.

Rafaela no lloró cuando vio a su hija por la calle, en procesión con sus amigas del Centro, rapadas y con el moñito de cuatro pelos en la cabeza. Hacía un mes que la habían detenido y todavía no la habían sacado para montarla en el camión de los fusilados. Esa noche la pasó en vela. Por la mañana tenía que ir a coser a casa de su amiga Candelaria, su marido agonizaba. Pero antes cogió de la mano a Antonia, su niña chica, y se plantó delante del juez:

–"Don Sebastián, mi hija es una ignorante".

No fue capaz de levantar la vista de la mesa, Don Sebastián sabía que el cuello de la camisa que llevaba se lo había vuelto Rafaela el día antes, y que le había zurcido los calzoncillos en esa parte que tanto le picaba.

–"Veré lo que puedo hacer", fue lo único que pudo balbucear. Él sabía que no tenía que mover ni un dedo, el teniente había dicho que en un par de días todo acabaría.

Aquel mes de diciembre estaba siendo muy frío. En la celda de mujeres habían encendido una candela con los ciscos que habían dejado los hombres. A María le dijeron que si se rapaba soltarían a su padre. Cuando Antonio vio a su hija con el ridículo moñito no soltó ni una lágrima, era tanto el dolor en el pecho que sólo atinó a darle un moquetón a Gaspar, el joven tontito que le ayudaba en el camión, que sentado en el suelo de la celda de los hombres se reía sin parar al ver aquellas colorás con el lacito azul y los cuatro pelos. 

Unos días después de rapar a las mujeres sacaron a los hombres. Antonio salió hundido, dentro dejaba a su María. En la calle ya no pudo contener el llanto, y delante de la barbería y frente al ayuntamiento todos vieron cómo el Romero lloraba y lo subían al camión para ser fusilado. Era tanta la pena que ni siquiera se dio cuenta que era su camión, el de la quema de la Iglesia, el maldito camión.

El teniente comentó al alcalde, al cura y al juez que el final de los fusilamientos podía celebrarse con una procesión de rapadas, y que unos días después las soltarían para que el miedo siguiese vivo. A Doneduardo le pareció bien, aunque con un poquito de aceite de ricino saldrían más sueltas aquellas colorás, dijo mientras bendecía y carcajeaba. Fue a la botica de don Juan y sin dar más explicaciones le pidió un par de litros, que ya pasaría el teniente a arreglar cuentas. 

Ningún guardia sonrió mientras las obligaban a beber, ninguno. Abrieron la puerta de la cárcel y las rapadas salieron por el callejón de la Misa hasta la calle El Santo. A paso corto, les decía el guardia. Delante del Casino Conservador, María y Sebastiana levantaron la vista y allí estaba en la puerta el cura, rascándose una y otra vez bajo la sotana sus imperativos teológicos. Al volver por el callejón del Hotel Victoria, no pudieron aguantar más su dignidad, y sus pies descalzos se encharcaron entre grumos. Una tras otra pisaba sobre los fríos guijarros sus malolientes vergüenzas mientras el moñito se erguía tieso, coronando la infamia. Tía Esperanza, la de los dulces, salió con agua y quiso limpiarle las barbas calientes que les caían por las piernas, hasta que el guardia, nervioso, de un golpe le rompió el cántaro. La procesión, a cada paso más concurrida y más silenciosa, llegó por fin a la cárcel. El escarmiento había terminado, empezaba un tiempo nuevo, el del silencio. 

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