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El desorden (VII)

El desorden (VII)

El jardín que vimos con los ojos cerrados, tumbados en mi cama, tenía su Fauno y su manantial. Como el del poema, estaba desolado

28.10.2018 00:00 h.
10 min

María era rubia, muy delgada, y su belleza crecía con la proximidad y con el trato. Acababa de separarse de un agente de seguros cuyos principales atributos eran el dequeísmo y un Audi descapotable. Esas elecciones inexplicables son habituales en las mujeres valiosas, aún no sé el porqué. Admirablemente resuelta, me tomó varios meses descubrirle alguna ligera inseguridad. Aquella noche vestía pantalones ajustados, blusa y botas camperas. Iba toda de negro, salvo por el toque de color de un pañuelo de seda verde al cuello.

Se había consagrado a la música antigua, no como intérprete sino como teórica, como crítica, organizadora de conciertos y productora de álbumes selectos. Aunque el tema me interesaba de verdad (y lo demostré sobradamente), ella llevó la conversación por otros derroteros. En cuanto supo de mis trabajos sobre la irreversibilidad de los procesos, me sometió con divertida curiosidad a una batería de preguntas acerca de los viajes en el tiempo. En vez de responderle directamente, me valí de mis alumnos improvisando una especie de examen jocoso. Sin embargo, poco a poco impuse mis preferencias y, sin defraudar su curiosidad, logré apartar la charla del terreno científico. Ella quería viajes en el tiempo. De acuerdo. Si como físico no podía complacerla, mi otro yo sí se veía capaz de alimentar su imaginación, de jugar.

–Sé cómo hacerlo.

–Cuéntamelo, por favor, por favor. O mejor, llévame. Llévame al año setenta y cuatro. Fui muy feliz aquel verano.

Jugar es simplemente eso. La niña sabe que su muñeca es un objeto, pero durante un rato la trata como si estuviera viva. María era una adulta dispuesta a jugar, y había que aprovecharlo. Sobre todo porque me estaba enamoriscando de ella. Bien, esa noche viajaríamos al año setenta y cuatro. Una manera de ganármela como otra cualquiera.

–Acércate, no quiero que me oigan. Descubrí el túnel del tiempo por casualidad. Esas cosas suceden a veces.

– ¿Dónde está? Quiero verlo.

–No se trata de un lugar.

– ¿No? Entonces, ¿qué es?

–Humm… ¿Sabrás guardarme el secreto?

–Te lo juro.

–El túnel está en un disco.

– ¿Un disco que gira hasta alcanzar la velocidad de la luz?

–Nada de eso. Me refiero a un disco musical. Sólo hay que dejarlo sonar… en ciertas condiciones.

– ¿Qué disco, por Dios, qué disco?

Ahora daba saltitos inquietos, me cogía las manos, me imploraba entornando los ojos azules.

–Está bien, te lo diré: es… Foxtrot.

– ¡El túnel del tiempo en un disco de foxtrot…!

–No es un disco de foxtrot. Es el disco Foxtrot.

– ¿El de Genesis?

–Vaya, creía que lo tuyo era la música antigua.

–Lo mío es la música buena.

–Perfecto. Foxtrot. Grabado en el verano del setenta y dos. Contiene un raro tema, un tema hipnótico que dura veintitrés minutos.

Supper’s Ready.

– ¡Exacto!

Walking across de sitting room…

I turn the television off…

Nos pusimos a cantarla juntos. Los chicos, sorprendidos, interrumpieron su conversación y aplaudieron a rabiar justo cuando María y yo rematábamos con perfecta afinación lo de don’t you know our love is true, alargando la 'u' final. Observé unas pequeñas arrugas junto a sus ojos. Marcas inevitables a partir de los treinta, sobre todo si la sonrisa (su franca y balsámica sonrisa) manda en el rostro la mayor parte de la vigilia y, según estaba a punto de comprobar, en algunas franjas del sueño. Cuando unos días después le conté que esas arrugas, precisamente, explicaban la poderosa atracción que ejercía sobre mí, que esas líneas fijadas a base de tanto sonreír contenían y significaban el amor, se resistió a creerlo.

–Es imposible. Son culpa del agente de seguros –Siempre más llamamos así al exmarido–. Alguien ajeno por completo al amor, te lo aseguro.

Su cabello exhibía todos los matices posibles del rubio. Es decir, que la naturaleza la había adornado con aquello que perseguían tenazmente millares de pijas de Barcelona, dispuestas a pagar lo que fuera por no ser tan morenas como sus sirvientas. Incluyendo el tributo de una tarde al mes ridículamente coronadas por papel de plata en cualquier peluquería del Paseo de Gracia, de Tuset o de la Rambla de Cataluña.

Las condiciones de mi viaje al setenta y cuatro fueron una explícita declaración de intenciones. A bocajarro le expuse los requisitos, desinhibido por el terrible mejunje que seguía llenando los vasos: dos personas debían dormirse juntas escuchando el disco de Genesis bajo una tenue luz azul, con barras de incienso encendidas en la habitación y un sabor persistente de chocolate amargo en la boca, cogidas de la mano y recitando los versos de La relíquia de Joan Alcocer, que tienen el poder de volcar los sentidos en el pasado. En fin, que me lo jugué todo a una carta.

El jardín que vimos con los ojos cerrados, tumbados en mi cama, tenía su Fauno y su manantial. Como el del poema, estaba desolado. Imposible negar que se trataba de un viaje en el tiempo. La luz se colaba por la verde maraña del moreral; los rayos desacompasados moteaban la piedra de la fuente y eran puro azar, una casual luminotecnia íntima. No sé lo que vio María, pero mi mente se nutría de un jardín real, de tardes que existieron en veranos auténticos, de días numerados en el calendario. Las imágenes se remontaban a las visiones ciertas de un adolescente que llevaba mi nombre, todas mis virtudes (incluidas las que ya habían desaparecido y María empezaba a resucitar) y la semilla de mis defectos. “Somni semblaria / el temps que ha volat / de la vida mia...”

Creo que habrá suerte, María. La incorporación de manifestaciones de la naturaleza es rápida; está favorecida por los acordes iniciales de Watcher of The Skies, por su atmósfera tensa, por el sintetizador disfrazado de órgano. Habrá suerte porque las sensaciones son múltiples y simultáneas. Puedo oler la tierra, las grandes hojas húmedas. La sombra alivia la piel de mi torso desnudo y, al incorporarme, noto en las palmas de las manos la rugosidad de unas ramitas caídas sobre el banco de piedra. He viajado a la edad de la continua excitación, de los estímulos plurales. Está Laura (perdona, María, qué le vamos a hacer) chapoteando en un estanque con el bañador amarillo pegado a sus pechos y a su vientre, y la brisa de finales de junio saludando a la vida. Tengo dieciséis años.

Cuando menos te lo esperes ocurrirá, ya verás. Luego sonará el despertador, saldremos a la calle y veremos… qué se yo… al caudillo inaugurando algo, siendo agasajado por un puñado de futuros antifranquistas. Podría haber comprobado en la hemeroteca si Franco visitó Barcelona en 1974, que es el año al que todo nos empuja, pero ¿de qué servirían las indagaciones? Esto no es real sino verdadero, y nadie nos va a pedir una demostración. Estamos en el principio de una epopeya mental. Su contenido nos atañe a nosotros solos. Volverán los pantalones acampanados y las camisas estrechas, con aquellas solapas imposibles. Y la gente usará el verbo fardar

¿Me estás escuchando, María? Estoy demasiado cansado para levantarme y demasiado despierto para dormir. Y sin embargo creo que me he dormido. ¿Quién ha puesto el Foxtrot? Me gustaría llamarte por la mañana, amor, pero eres muy pequeña. ¿Qué edad tienes? ¿Cinco, seis años? Algo urdiré, te lo prometo, para frecuentarte en el colegio. Te haré arrumacos, te cantaré canciones aún inéditas. Te voy a proteger desde el principio.

[Continuará]

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