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El desorden (XIV) / DANIEL ROSELL

El desorden (XIV)

Bajo el título de 'Juan Barcelona o las formas del desorden', la sección de ciencia del rotativo se ocupaba de mi caso y de mi biografía.

16.12.2018 02:02 h.
8 min

TERCERA PARTE

 

Viernes.

Ayer tampoco comí. En cuanto sonó la campana de la una devolví a la cocina intactos el gazpacho, los canelones gratinados y la pera en almíbar. Le insinué una procacidad inspirada en el postre a la ayudante de cocina mientras me alejaba del comedor casi corriendo. Adiviné su arrobo, Sara agradece estas cosas. Compito con Blasito el Tripas por su afecto mediante improvisadas piezas de lascivia gastronómica. No es que yo sea muy dado a la sal gorda, pero si ellos se divierten, ¿por qué negarme?

Si un enfermero se permitiera la centésima parte que nosotros, la oronda pinche lo denunciaría por acoso sexual, pero a los internos es que nos invita, es que nos lo está rogando. A lo mejor a mí sólo me utiliza para disimular y quien le interesa de verdad es Blasito. Puede que le exciten de algún modo oscuro las licencias de un tipo que consagró su juventud a enterrar por piezas, con orden meticuloso e indescifrable, a ocho ancianas a las que previamente había violado, y a atesorar sus cabezas en un baúl, que acabó enviando por UPS al Dalai Lama. Puntilloso, el Tripas suele afirmar que el envío lo realizó antes de ver Seven. Extrañamente, siempre insiste en que las cabezas llegaron bien.

A la una y dos minutos, una vez me hube lavado las manos a velocidad de vértigo, corrí a la sala de lectura, ocupé la butaca de cuero junto al balcón central y abrí el periódico por la página que el celador me había señalado. Esta vez Hugo no se equivocaba con su adjetivo preferido: el artículo era tre-me-bun-do. Era un ejemplar del miércoles, aquí nos dejan la prensa con dos días de retraso.

Creerán que echarle un vistazo a la desabrida actualidad constituye un factor de riesgo, como casi todo, o que la eventual lectura de hechos luctuosos en las páginas de sucesos (las preferidas de mis compañeros pero, ay, también de los médicos) entrañará menos peligro si la sangre narrada no está tan fresca. Ilusos, no comprenden que en la Institución, como en todos los círculos de iniciados, el pasado goza de mayor predicamento que el presente.

Bajo el título de Juan Barcelona o las formas del desorden, la sección de ciencia del rotativo se ocupaba de mi caso y de mi biografía. El firmante, un tal Dr. Pérez Rosales, abría su artículo con las habituales inexactitudes acerca de mi formación académica: una improbable tesis doctoral sobre la teoría de sistemas complejos aplicada a la traducción, supuestamente defendida en la Universidad de Princeton, centro por cierto admirable por sus impagables contribuciones a la teoría de juegos, pero que ni siquiera he visitado.

En resumen, el artículo sostenía que lo mío se reduce a una deliberada y tortuosa forma de cooperación con la Segunda Ley de la Termodinámica. Así como suena. Añadía el ocurrente científico plumilla que esa es la única ley que yo respeto. ¡Qué remedio! En fin, una pizca más de canela para servir la leyenda. 

Francamente, no conseguiría ponerle cara a una ley científica y, por tanto, esta no enardecería mi espíritu ni para bien ni para mal. Mi vocación destructora surgiría, según la esperpéntica ideíta, como una espontánea contribución a la entropía. Pero, ¿qué sentido tendría esforzarse en que ocurra lo que de todos modos es irremediable, como el desorden de los sistemas, o su pérdida de energía, o, si lo prefieren, su contumaz tendencia al equilibrio termodinámico? Simplemente anticiparlo, oponerse a la vida, se me responderá. Reconozco que, visto así, no deja de tener su gracia.

Coincidencia: la semana pasada devolví a nuestra limitadísima biblioteca una obra de divulgación consagrada a refutar creencias esotéricas, uno de esos libros “de escépticos” que tanto placer me procuran y que tanto molestan a Esteban. Pues bien, allí encontré una feliz, aunque nada original, derivación de la citada ley. El autor, un astrofísico estadounidense de apellido Martínez, siguiendo a Ilia Prigogine en sus comentarios a Boltzmann, abunda en la consideración de la Segunda Ley como definitoria del sentido del tiempo y, en un rasgo estético, se recrea definiendo el futuro como el sentido de la flecha en el que se deshace el hielo y se desmoronan los edificios.

Me pareció poética esa verdad de hierro, y no pude evitar una melancólica prolongación mental: el futuro es el sentido en que se desafinan las guitarras, se arruga la piel de nuestras novias, prescriben los delitos, se pudren los cadáveres y se olvidan las infamias. La ciencia también se ocupa, con la distancia y el rigor que le son propios, de este tipo de asuntos, y cuando sus textos aluden a conceptos como irreversibilidad, me sorprende poder asumirlos sin una íntima quiebra intelectual. Como bien sabe María, como recordará cada vez que se ponga Supper’s Ready o lea La relíquia de Alcover, en mi espíritu está presente la poesía en no menor medida que la física.

Parecería que cuando el lector de poesía lee en un verso la palabra irreversible no entiende lo mismo que el lector de Prigogine. Yo, que soy esos dos lectores, sí entiendo lo mismo. Así en Borges: Eres invulnerable. ¿No te han dado / Los númenes que rigen tu destino / Certidumbre de polvo? ¿No es acaso / Tu irreversible tiempo el de aquel río / En cuyo espejo Heráclito vio el símbolo / De su fugacidad? Etc. (A quién está leyéndome, de El otro, el mismo.)

No puedo dejar de relacionar a Martínez, el astrofísico, con Pérez, el plumilla. Afirma el segundo que yo contemplo mis acciones a la luz de tranquilizadoras leyes científicas que eluden cualquier valoración moral. La brutalidad se despojaría en mi caso de emociones para cobrar un significado preciso, frío, relativo a un orden más aceptable de la realidad, un orden ligado a los procesos del universo. Estoy citando de memoria y textualmente. No quiero guardar documento alguno que me ataña, lo cual me distingue de los otros internos, entregados sin excepción a insólitos álbumes personales del oprobio.

[Continuará]

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