Menú Buscar
El desorden XXII

El desorden (XXII)

Los gritos de los internos se han sumado con fervor a los de Blasito cuando este se ha abalanzado sobre Claudio para arrancarle la nariz de un mordisco

10.02.2019 00:00 h.
10 min

Lunes.

Se acabaron las contemplaciones en la Institución por culpa de Blasito, el Tripas. Desde hoy, y hasta nueva orden, las habitaciones vuelven a ser celdas para todos. En ellas recibiremos puntualmente las bandejas de desayuno, comida y cena. Afortunadamente tengo un montón de trabajo por delante, y aunque bajo el nuevo régimen las luces se apagan desde fuera para todos a las nueve en punto de la noche, al menos se me mantiene el privilegio impagable de disponer de papel y bolígrafo. Es una excepción que agradezco sinceramente, aquí no suele haberlas. La mayoría de mis siniestros compañeros no sabrían cómo comportarse frente a una hoja en blanco; eso sí, venderían a su madre por un televisor, con tantas horas de encierro a las que enfrentarse. No tienen ninguna posibilidad de conseguirlo.

El Tripas lo va a tener muy crudo cuando regrese la normalidad y puedan ponerle la mano encima. Apuesto a que la normalidad no durará más de una hora. Siempre pasa igual, los regímenes de excepción van por pares. Indefectiblemente se ajustan cuentas al terminar el primero. Aunque todos lo esperan, la única manera de evitarle una paliza de muerte al causante del encierro sería mantenerlo aislado sine die. O no abandonar nunca el régimen de excepción general, lo cual es imposible; se conculcarían los valores fundacionales de la Institución y regresaríamos a la era de la crueldad gratuita que nuestros terapeutas dicen haber abandonado para siempre.

Contemplo mi bolígrafo Bic nuevo como si se tratara de una joya de incalculable valor. No creo que ahora mismo se permita su posesión a ningún otro interno. Acaso me lo he ganado gracias a esa superstición según la cual el futuro de alguien que consagra varias horas al día a escribir presenta alguna esperanza. A nadie se le ocurre pensar que si a Hitler le hubieran impedido el acceso a una pluma después de su famosa fiestecilla en cierta cervecería de Munich, el mundo se habría librado del Mein Kampf y, quizá, de su aplicación.

No, es otro tipo de uso del bolígrafo el que les preocupa a nuestros amigos de la bata blanca, como por ejemplo introducirlo por un orificio nasal, propio o ajeno, y empujar bien fuerte con la mano de modo que se clave en el cerebro, o hacer astillas con el plástico para recibir efusivamente al infeliz de turno al que le toque entrar la bandeja. Hasta el papel está proscrito porque en un momento dado, dicen, puede convertirse en arma afilada y cortante. Creo que exageran; no me imagino cómo se puede amenazar a alguien con un folio. 

Ya en el desayuno me he dado cuenta de que Blasito estaba cruzado. El modo en que ha exhibido un puñado de corn flakes ante la pobre Sara ha despejado una duda que me estaba empezando a preocupar: no todo lo que se come permite alegorías sexuales. Pero ojo, al final el descuartizador se ha quedado con un solo copo entre los dedos índice y pulgar, lo ha observado como quien evalúa un diamante y le ha gritado a la ayudante de cocina ¡Tu clítoris! antes de colocárselo sobre la lengua y relamerse obscenamente mientras se retorcía de forma grotesca, las manos sobre los genitales. Eso equivale a romper las reglas no escritas de nuestro juego triangular, que prohíben los gestos y ademanes. Además, aunque salváramos los copos de maíz para el uso metafórico, creo que el panecillo y la ración de mermelada, con los que también ha molestado a Sara, no invitan a ningún paralelismo y confirman su desquiciamiento.

Ante tanto disparate, he resuelto no perderlo de vista, salvo para llevarme al patio a Claudio, el emparedador de Utrera, cuando ha empezado a hablar de lo bueno que estaba Brad Pitt, pues era evidente que le estaba buscando las cosquillas al Tripas. Por muy homosexual que sea Claudio, su insistencia en las gracias del actor escondía otro objetivo. Pronto se ha demostrado, en cuanto ha vuelto del patio para continuar con su fatídica estrategia.

Vanamente ha querido despistarme haciendo ver que su interés se centraba en Leyendas de pasión, y ha opinado que la lucha a muerte de Brad Pitt con un oso al final de la cinta era la mejor escena de la historia del cine. En vez de responderle que exageraba, que hubiera sido lo más adecuado, Blasito se ha puesto nervioso y le ha dicho a Claudio que era un maricón de mierda, y que lo que él desearía en realidad es que lo enculara el oso. El hecho de que Claudio permaneciera impasible, en vez de irse llorando a su celda como otras veces, ha confirmado mis peores sospechas.

–Pero donde está más guapo Brad es en Seven. ¿Te acuerdas de Seven, Blas?

Este ha empezado a restregarse la cara con el dorso de la mano, y yo he vuelto a tratar de evitar lo que se avecinaba.

–Claudio, ven un momento, que quiero enseñarte una cosa.

Pero el emparedador de Utrera, temerario, ha insistido.

– ¿Te acuerdas de Seven, Blas?

–No.

–Sí, hombre, la de los siete pecados capitales, con el poli negro aquél que visita bibliotecas.

–Me suena. Pero déjame en paz. Maricón, maricón, maricón.

Ahora ya se restregaba la cara con ambas manos y marcaba con el pie derecho la cadencia de sus insultos. Resignado, me he sumado al grupo de internos que, con creciente nerviosismo, se agrupaba a una distancia prudencial esperando el estallido de furia.

–Es aquella en la que sale un tío muy gordo que lleva años encerrado en una habitación.

– ¡Ma-ri-coo-na, ma-ri-coo-na! -Aquí ha cambiado de ritmo con el pie.

–Y el asesino tiene una casa con cruces luminosas y cuartillas escritas por las paredes. Seguro que la has visto.

– ¡Sí que la he visto, pero hace mucho tiempo!

– No creo que la vieras antes de que la filmaran, ¿no?

– ¡Sarasa, moña, bujarrón! ¡Bu-ja-rrón!

–También sale la mujer de Brad Pitt, la mujer en la vida real y en la película. Y él se pone frenético, porque encarna el pecado de la ira, el peor de todos, cuando el asesino le envía la cabeza de ella por servicio de paquetería. Por cierto, ¿a quién me recuerda eso?

–A tu madre.

–Mi madre no le envió un surtido de cabezas al Dalai Lama por UPS.

–Las cabezas llegaron bien.

– ¿Y qué? ¡Copión!

Los gritos de los internos se han sumado con fervor a los de Blasito cuando este se ha abalanzado sobre Claudio para arrancarle la nariz de un mordisco. Lo ha hecho muy deprisa, con sorprendente limpieza. Ni entonces ni después, cuando han llegado los enfermeros, celadores y guardias a poner orden, he perdido la calma. No solo me he demostrado a mí mismo que soy diferente sino que mi imagen ha ganado muchos puntos ante la Institución cuando algunos de los testigos han reconocido que yo había intentado evitar la trifulca. Quizá la excepción del bolígrafo y el papel sea en realidad una consecuencia directa de lo anterior.

Me he puesto tan contento que he estado a un tris de bromear con el director acerca del montón de hojas que me entregaba y del riesgo de poner tantas armas blancas en mis manos: Esto puede acabar en una degollina. Pero yo no soy Bru y nunca digo nada sin pensarlo dos veces. Ni siquiera mis escasas bromas, casi siempre originales porque aborrezco cualquier cosa parecida a un chiste, suenan espontáneas. Por eso suelo abortarlas.

[Continuará]

¿Quiere hacer un comentario?
Esta web utiliza 'cookies' propias y de terceros para ofrecerte una mejor experiencia y servicio. Más información