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El desorden XIX / DANIEL ROSELL

El desorden (XIX)

La historia del catedrático Bru es uno de tantos casos de sentencia injusta e ilustra sobre lo fútil del prestigio y el rencor que puede llegar a despertar la inteligencia

20.01.2019 00:00 h.
7 min

Pronto eché de menos la universidad, aunque me impuse no reconocerlo. No me ayudó mantener el contacto con varios de mis antiguos colegas, ninguno de mi departamento, ni seguir orientando en su carrera (no soy un desagradecido) a un par de alumnos que habían colaborado conmigo de manera desinteresada reuniendo y ordenando documentación para un manual que no llegó a la imprenta. Buena gente, Julián Valls y Marta Freixas, la prima de María.

Fue ella quien me refirió una noche de sábado, tomando un Ribera del Duero en una terraza frente a Santa María del Mar, los detalles de la triste historia del joven catedrático Bru, a quien yo apenas había llegado a tratar. Me ha rondado por la cabeza desde que estalló, consumada ya mi renuncia o, como quería Valls, mi deserción. Es uno de tantos casos de sentencia injusta, si bien aquí el condenado tiene al menos la inútil suerte de que unas pocas personas lo sepamos. No porque tengamos pruebas de su inocencia (siempre me ha fascinado el nombre con que el derecho se refiere a probar la inocencia: probatio diabolica), sino porque simplemente nos consta: Bru no es capaz de cometer una violación.

Su historia ilustra lo fútil del prestigio y también el rencor que puede llegar a despertar la inteligencia. ¡Cuán a menudo en los espíritus mezquinos la admiración es sustituida por el resentimiento! Tuvieron su compensación, su sacrificio ritual, cuando Bru fue encarcelado. Cumplió cuatro años que le pesaron como cincuenta, como una vida entera echada a perder. A la puerta de la cárcel no le esperaba nadie.

Tiempo atrás, antes de la calumnia que lo abatiría, un número considerable de alumnos y docentes solía imitar sus gestos y expresiones. También, curiosamente, su preferencia por las construcciones en voz pasiva, sedimentada por un lustro en Chicago, su apariencia de clochard de lujo e incluso, según asegura Marta Freixas, su leve defecto en el andar, secuela de una negligente operación. Incluso esa tara, apenas perceptible, se había convertido para aquel puñado de incondicionales en signo de distinción. Pero sus émulos le olvidarían pronto.

Las memorables boutades del profesor (¿Qué quiere decir inocencia?, o Yo soy quien les está juzgando a ustedes, señores, y probablemente les condenaré), que tanto dieron que hablar en su día, aparte de indignar a magistrados, fiscales y abogados, predispusieron a prensa y público en su contra. Quiere que se hable de él para que no se hable de lo que él hizo, sentenció algún mediocre confinado a la información de tribunales, incurriendo literalmente en prejuicio. Pronto se generalizó un estado de opinión adverso, dándose por sentada casi unánimemen­te su culpabilidad. Pero la verdad era muy diferente.

Científico brillante, Bru había sentido la llamada de la política, y sus enardecidas opiniones se habían hecho demasiado ruidosas. Así que todos sabían, pero nadie reconocía, que el verdadero origen de la repentina y generalizada animadversión hacia él no estaba en modo alguno en su conducta sexual sino en sus vehementes y eficaces ataques al poder. Con el juicio, la piara tuvo ocasión de vengar tantas sangrientas ironías. Es evidente que cada vez que Bru había denunciado la complicidad del silencio, sus más ilustres colegas se habían sentido aludidos. Verlo en el banquillo de los acusados era un desquite: ¡Ese es el que iba dando lecciones de ética!

Desaparecieron muchas cojeras en la facultad y hasta la voz pasiva cayó en desuso. Los íntimos consideraron que l’enfant terrible había acabado de cavar su propia fosa el día en que, interroga­do por su propio abogado, salió, para consternación de este, con aquella frasecita: El sexo femenino ha despertado siempre en mí una especie de compasión no exenta de vergüenza... amén de violentas erecciones. La oración encierra en sí la gran paradoja y la gran tragedia del reo. Su arranque denota sinceridad.

Si algún alma sensible se encontraba en la sala de vistas de la Audiencia, cosa harto improbable, no ha podido por menos de conmoverse. La segunda parte es un botón de muestra de la actitud que le conduciría a la catás­trofe del ostracismo, la prisión y el olvido: des­bordado por su propia franqueza, qué mejor que romper la atmósfera con un anticlímax. Se trataba de una broma. Desafortunada, inoportuna, pero broma al fin. Solo en aquel ambiente alcanforado de togas y latinajos podía interpretarse de otro modo.

Sostiene Marta Freixas que cuando se habla muy deprisa, como era el caso de Bru, se acaba hablando de más, por muy inteligente que uno sea. En fin, mentar las propias ereccio­nes cuando se está siendo acusado de un delito contra la libertad sexual, y calificarlas encima de violen­tas, debió equivaler en la mente de todos a una confesión.

En la mente de todos excepto en la suya, que quedaría jocosamente instalada durante unos segundos en el inútil Olimpo de la chanza. Caro placer: cuatro años, la nada, el final prematu­ro de una pujante promesa de la ciencia o de la política. El hundimiento de un hombre cabal por culpa de una alumna desequilibrada, de unos juzgadores romos y de un entorno intelectual cochambroso. Bru era inocente, al contrario que yo. Bru era un inocente, como yo.

[Continuará]