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El desorden (XV) / DANIEL ROSELL

El desorden (XV)

Quien se arrepiente es doblemente miserable. Es decir, comete la infamia y encima pretende que los demás hagan como si aquella no hubiera existido

23.12.2018 00:00 h.
7 min

Si la tesis de Pérez fuera cierta, yo no debería siquiera disculparme por mis actos pasados. Tampoco pensaba hacerlo, que nadie vaya a confundir la intención de esta memoria. La que debería disculparse es la vida. Ella, no yo, es la rara anomalía, diga lo que diga Prigogine. Es la efímera expresión de un orden insostenible que viene parasitando desde hace tres millardos y medio de años al Sol, cuya energía, como es sabido, tiene los días contados. Para las magnitudes del tiempo cósmico, el sol durará apenas un suspiro.

Me emociona recordar mis tempranos recelos hacia esa estrella. En plena adolescencia abominé de su reinado y canté a la noche, que quería ya eterna. Mis poemas primerizos recurrían a la mitología. Iba a escribir que en eso no fui muy original, pero el mito recién descubierto, y en manos de un muchacho noctívago y esquivo, sólo puede ser original.

Abundaban las referencias a Nix, al Hades y a Cerbero, a Érebo y a Estigia, a Caos y al Tártaro, pero los escenarios eran, sólo podían ser, de hormigón, de metal, de vidrio. Sin duda la película Blade Runner contribuyó a modelar mi sueño o mi pesadilla con su estética urbana de pantallas, neones y humanoides en una noche sin fin, y es cierto que el deseo arrebatado de ciudades febriles ajenas al sol excitó mi imaginación en atardeceres confusos.

Pero en modo alguno tal deseo explicaría por sí solo los crímenes de las tiendas cuatro lustros después, por mucho que se me ocurriera presentarlos improvisadamente como una pieza aparte cuando decidí confesarlos, no sin cierta vanidad, en pleno juicio por el caso de los taxistas. Argüí entonces que con aquella vieja retahíla de degüellos, que había frustrado a tantos investigadores, me había propuesto en realidad descabezar el movimiento de los pequeños comerciantes barceloneses, al que presumía opuesto a una futura liberalización de los horarios comerciales.

Tendrán que perdonarme la bufonada que nadie comprendió, ya he dicho que improvisé. Aunque sus elucubraciones posteriores serían estériles, no erraron los criminólogos al descartar tal móvil por disparatado. Y por anacrónico: en la época de mis primeras actuaciones nadie hablaba de medidas de liberalización comercial, tema muy debatido precisamente poco antes del juicio.

El móvil no era ese ni ningún otro. ¿Es tan difícil entenderlo? Estoy seguro de que los primeros psiquiatras forenses que me examinaron disfrutarían hoy de lo lindo con la relación entre Blade Runner, la libertad de horarios, la entropía y el crimen. En realidad, es tan descabellada y tan falaz esa hermandad que se me antoja un argumento a su medida.

Blasito llegó tarde y acercó una silla a mi butaca. No sé que me dijo de un canelón y de Sara, pero ni siquiera lo miré. María siempre criticaba mi actitud reconcentrada cuando leía algo acerca de mí: ¡No te tomes tan en serio!

Posiblemente fue el aburrimiento, preámbulo en no pocas ocasiones de la atrocidad. Y además me molestaba, es cierto, el modo en que esos tipos de las tiendas de regalos, de cinturones o de postales se enriquecían. No sé por qué; siempre he respetado la libre empresa. Quizá creí de verdad, aunque de forma no muy consciente, que eran mis víctimas quienes no la respetaban. Sospecho que todo esto suena ridículo. Está bien, dejémonos de juegos.

Para no faltar a la verdad, pecado ya inútil, creo que se trataba de sus caras, de una expresión común en ellos que se me hacía insoportable, de un obsceno e indisimulado desprecio hacia su clientela. La gente se entrega en vacaciones a la compra compulsiva. No lo critico. Al contrario, fue precisamente mi respeto profundo por el acto de la compra, por el maravilloso florecimiento estacional del intercambio comercial, que siempre me deja embobado, lo que me hizo reparar con escándalo en la desconsideración de aquellos truhanes arrogantes.

He dejado “truhanes arrogantes” después de tachar cinco sustantivos con sus correspondientes adjetivos en un esfuerzo de contención y de objetividad. Evitaré en lo posible el improperio. Algunos considerarían excesivo insultarles después de darles muerte. Lo inverso es más habitual. De todos modos, si acabar con esos desconocidos fue algo abominable, hoy un insulto apenas añadiría ofensa. Creo que mis reparos con el lenguaje esconden otro tipo de dudas: ¿estoy a punto de maquillar la realidad? No importa cómo los describa o califique; lo sustancial es que jamás he lamentado ninguna de esas muertes. A estas alturas resulta ya evidente que el arrepentimiento me es ajeno.

Podría esgrimir aquí el conocido argumento de Spinoza: quien se arrepiente es doblemente miserable. Es decir, comete la infamia y encima pretende que los demás hagan como si aquella no hubiera existido. Obsérvese sin embargo que, visto así, el argumento no atañe a la íntima contrición. Entiendo que los que defienden esta forma de intransigencia, de difícil refutación, admiten un hombre arrepentido, pero no pidiendo perdón. La consecuencia es terrible, se niega la posibilidad de redención a quien puede haber dado un definitivo giro moral. Se condena al ofensor (¿quién no lo ha sido alguna vez?) a quedar eternamente vinculado a su culpa, marcado, identificado por ella sin solución, algo inconcebible para la mente católica. 

[Continuará]

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