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El desorden (XIII) / DANIEL ROSELL

El desorden (XIII)

Fundar la existencia en el escudo de mi progenitor conllevaría, junto a la pobre recompensa de una certidumbre, mi caída en picado

09.12.2018 00:00 h.
9 min

Las improbables operaciones de Freud en el fetiche resultaron a la postre demoledoras, pues ese personaje que sí había existido, ese que me había eclipsado, impregnando hasta el último zócalo, cornisa, tejido o contraluz del caserón, no era otro que mi padre. Y caí en el laberinto freudiano que los manuales y la divulgación han descolorido hasta trocarlo en un montón de tópicos. No vale la pena detenerse en ello. Señalemos simplemente que fundar la existencia (que protegerse de la disolución) en el escudo de mi progenitor, conllevaría, junto a la pobre recompensa de una certidumbre, mi caída en picado. Ahí me vi, prolongación absurda y desgarbada, reflejo ridículo y final. Me dije hubo un hombre en la tierra y ese hombre no fui yo. En una hipóstasis monstruosa e inversa, la naturaleza humana le correspondió al padre, el vacío de la inexistencia al hijo. La unión de ambos representa aquí el mal y se llama locura.

Y surgió la voz del otro en mi interior, la voz que aún perdura. Hijo mío, me dice, ya te advertí de las consecuencias de obedecer a los sueños. ¿Por qué no haces nunca lo que debes? ¿Por qué te llevaste aquel ídolo falso? Ahora los años han pasado y todo se ha cumplido. Te has convertido en un tipo que no me interesa especialmente, con tus sórdidos crímenes y todo lo demás. Una vez ha corrido el tiempo sobre ti, continúa la voz, pienso que tu destino pudo haber burlado ese curso que narran los sumarios judiciales y los historiales clínicos.

Por cierto, insiste, debo felicitarte por el modo en que abortaste las conclusiones de los psiquiatras. Muy bueno lo de materializar los impulsos obsesivos para librarte de ellos, y lo de matar al padre, lo de matarme a mí simbólicamente a base de rebanar el cuello a los taxistas porque (te) conducían a su antojo. Algún especialista tarado llegó a equiparar tu sinfonía de asesinatos con una terapia. Sé bien que no perseguías tal interpretación, sino simplemente sembrar de pistas falsas el laberinto de tus inútiles acciones.

Formidable lo de negar la existencia de Viena, y por tanto la de Freud, y la del psicoanálisis, y la del fetiche, aunque es de justicia señalar que tus argumentos arrancaban del discurso de una dama judía que quizá ya no recuerdes. Y yo le digo que sí la recuerdo, pero él no me escucha. Él no habla conmigo en realidad. Él habla solo y me aturde. Esencial fue mantener secreto, continúa, lo que sucedía en el interior de los taxis antes de que afeitaras a aquellos desdichados.

–Buenas noches, vamos a Berggasse 19.

– ¿Adónde?

–Ya lo ha oído, a Berggasse 19.

–No conozco esa calle, no creo que exista.

–Pues tiene que estar en Barcelona. – ¡Con qué placer repetías esta frase!– Bergasse 19 tiene que estar en Barcelona.

–Si usted lo dice... Miraré la guía.

–Bueno, ¿qué?

–Nada, ya se lo he dicho, no existe.

– ¿Ah no? Pues lléveme al parque de atracciones.

– ¿A cuál?

–Al que más rabia le dé.

Y una vez en la falda oscura del Tibidabo, o en los solitarios jardines de Montjuic, hacías detener el coche y vuelta a empezar.

–Lo he pensado mejor. No tengo por qué ir al parque cuando en realidad me esperan en Berggasse 19.

Las yemas de tus dedos se recreaban ya en las cachas labradas de la navaja.

– ¡Pero qué dice! 

–La consulta del médico, ya sabe.

–Oiga, págueme la carrera y acabemos con esto.

–Está bien, pues acabemos con esto.

Hijo, las víctimas no pueden hablar, y tú, a base de censurar las escenas, casi logras que los broncos gorgoteos y los vidrios teñidos de rojo nunca hayan existido. En vez de eso, literatura de diván, carnaza a los doctores y, claro, confusión y discrepancias periciales. Bueno, si se trataba de desorientar a aquellos pelmazos, te saliste con la tuya. Ya ves, no voy a reprocharte nada. No es esencial para mí que regaras de furia y vesania aquel tiempo y, con él, tu vida. Algo más de interés despierta tu juventud, el modo en que los largos inviernos de Sarriá, el hogar acogedor y la biblioteca que te procuré, iluminaron a un pobre diablo indolente.

¡Cállate, a mí no me impresionas con tus títulos, profesor! El cosmos que urdiste es un cosmos doméstico. Si fuera posible ignorar la frontera entre el bien y el mal (si fuera posible lo imposible), tu desesperada vuelta hacia mí constituiría una metáfora estrictamente religiosa. No habrá sacerdote que quiera admitirlo, lo sé. Aunque yo sí estoy dispuesto, Juanito, a tensar ese extremo del hilo, a sujetar el otro a una frágil clavija (por ejemplo, un hurto impremeditado en un museo), y a tañer la cuerda de tu sacrificio.

Me asomé y miré al cielo, pensé que no iba a llover más y dejé las Galerías Maldá para salir a la Plaza del Pino. Roto el encantamiento de la lluvia, el gris acuoso que teñía la fachada de la iglesia lo ocupó todo, los muros, el suelo y el aire. Luego, la plaza súbitamente despejada fue un prodigio tal que presentí un nuevo y más poderoso hechizo: el que atañe a las cosas reales. Los pintores habituales reaparecieron y todo se iluminó. Montaron sus caballetes, abrieron sus grandes carpetas y procedieron a un despliegue de cándidas acuarelas: barcas, casitas blancas, avenidas de palmeras.

Con el sol no solo iban a mudar el día y el paisaje; yo mismo, naturaleza al fin, lo contemplaría todo desde una perspectiva más abierta y generosa. Tu querida persona no es tan diferente a un girasol, había observado María. Y sin embargo, solo un rato antes, en uno de los viejos cafés de los alrededores (diminutos locales de madera que parecían diseñados para niños o para adultos sin sentido del territorio), había tenido que abandonar un suizo recién servido, doble de nata, por culpa de las charlas circundantes sobre fútbol y autodeterminación, chácharas obsesivas y estúpidas que me perseguían hasta la pesadilla, que obstruían mi sociabilidad al inspirarme escenas de estrangulamiento (yo a mis vecinos) y de linchamiento (mis vecinos a mí).

El cambio de ánimo (es decir, de luz y de escenario) distrajo un rato todavía el motivo de mi reciente inquietud. Justo hasta que concluí los rituales peripatéticos del claustro de la Catedral. Aunque me dirigía a casa, tomé el taxi de bajada en las Ramblas. Quería ver el mar. En Santa Mónica, a la altura de esa callecita irreal que desemboca en el museo de cera, me llevé la mano al bolsillo de la gabardina y noté la incómoda, conminadora presencia del ídolo mezcala.

[Continuará]

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