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El desorden (XXI) / DANIEL ROSELL

El desorden (XXI)

Un hombre inmóvil puede ser tomado momentáneamente como un objeto, pero un hombre que lucha te está recordando a cada instante que está vivo

02.02.2019 23:55 h.
6 min

Llamé al camarero. Ni caso. Tres, cuatro veces. Nada. Para entonces ya se había girado toda la clientela. Casualmente, él era el único que no me oía. ¡Con cuánta frecuencia ataca la sordera al gremio de la hostelería! En fin, habrá que intentarlo de otra manera, me dije con resignación, pero para entonces mi buen humor ya se había esfumado.

¡Camarero!, llamé alzando la voz. Por fin me miró. Lo hizo fijamente y durante dos segundos más de lo permisible, sin contestar y sin venir, claro. Otra vez la comunicación no verbal de la misma historia cansina e insolente: no soy un camarero, soy el propietario de este bar y de estos ordenadores, invierto en bolsa, tengo dos coches y un refugio en la montaña para ir a esquiar, etc., etc.

Yo también le decía sin palabras: claro, claro, pero no contratas camareros y te pones tú a servir las bebidas, eso sí, manteniendo el porte estirado y los modos propios de un acomplejado que no quiere que le confundan con un empleado, etc. Por fin pensé que de acuerdo, que él lo había querido. Esperé a la hora del cierre, más tarde de lo que imaginaba. A las dos y cinco de la mañana salió el último cliente. Yo aguantando allí sin beber y el bastardo por fin se digna a venir para soltarme:

–Vamos a cerrar, son mil cien.

–Ahora mismo termino.

–Tiene que salir ahora.

–Ahora mismo termino.

– ¿Es que no me entiendes?

–Ahora mismo termino.

Me dio un golpecito en el hombro.

– ¡Venga!

Estaba tan cansado después de varias horas de sed y contención que no tomé más precaución que la de lanzar un grito estridente para comprobar si había alguien más por allí. Él no se comportó de la forma habitual, que consiste en quedarse muy quieto ante el inminente peligro.

No, él corrió a buscar un bate de béisbol que escondía debajo de la barra, y yo corrí a cerrar la puerta. Todo ocurrió en unos segundos; creyó que huía, por eso se desconcertó al verme regresar. Fue ese instante de duda el que anuló sus posibilidades. Una fuerte patada en la espinilla lo dejó en el suelo, y además perdió el bate. Cogí lo primero que tenía a mano, un teclado de ordenador que tuve que arrancar, y se lo estampé en la cabeza. Poco efectivo. Usé un grueso cenicero lleno de colillas que funcionó mejor pero que levantó una nube de ceniza que me hizo toser y que me hizo enfadar.

Me desagrada la violencia, pero no había modo de trabajar con el cuchillo sin aplacar primero a ese pesado. Que conste que nunca antes ni después he tenido que utilizar tales métodos. Lo normal en el mundo del comercio es que no se muevan. Lo de los taxistas es una técnica diferente porque no te ven y no se lo esperan; consiste en llevar su frente hacia atrás por sorpresa y actuar muy deprisa. Creo que los otros comerciantes, aunque me tuvieran de cara, no intentaron defenderse porque veían en mis ojos su inexorable e inmediato destino, y de algún modo lo aceptaban. Este, no.

El camarero vergonzante seguía consciente, aunque notablemente debilitado, y hubo forcejeo y hubo gritos y maldiciones. Posiblemente el motivo de que decidiera poner fin a mi primera serie fue este ritual atávico de la lucha a muerte que yo desconocía y que, de algún modo, me agotó moralmente.

Un hombre inmóvil puede ser tomado momentáneamente como un objeto, pero un hombre que lucha te está recordando a cada instante que está vivo y que quiere seguir estándolo, que tiene objetivos y memoria. Me lo recordó tanto que no pude olvidarme de ello hasta que llevó varios minutos muerto, y yo tratando de arrancarle la cabeza a un muñeco inane por la pura rabia. Vacié un botellín de agua sobre mis manos, me puse el tabardo y me largué tosiendo. Esa noche dormí a pierna suelta, pero desde que desperté al día siguiente, a las tres de la tarde, comencé a fabricar sin pretenderlo la figura de la mujer.

Concebí a la viuda como una obra de arte, despacio, corrigiendo los rasgos poco convincentes, como si tuviera que encajar en un modelo que yo debía intuir, adivinar o, más platónicamente, recordar.

[Continuará]

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