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El desorden XX / DANIEL ROSELL

El desorden (XX)

Cortarle el cuello a alguien es una experiencia que contiene suficientes elementos plásticos (algunos inesperados y sorprendentes) como para decorar las pesadillas de todas las noches de una vida

27.01.2019 00:00 h.
7 min

He prometido hablar de “un sujeto de humo”, un ser de dudosa existencia cuyo perdón llegué a necesitar como el aire que respiraba. Nunca antes me había ocurrido. Fue a raíz de mi quinta actuación. La amarilla y aguda punzada de la culpa. Una culpa a la que no adornaba el rostro del degollado sino el de su mujer, un hipotético ser humano, ya que el dueño del bar de internet podía muy bien ser soltero. Puesto a conjeturar, pude atribuirle hijos menores y desconsolados. Sin embargo imaginé una esposa con morboso detalle, con sus arrugas (quizá me perdió eso) y con su estatura, con su blusa y su bolso y su desesperación. He tenido tiempo e inactividad de sobra para interrogarme acerca de esta insólita reacción de mi conciencia.

Puedo asegurar que cortarle el cuello a alguien es una experiencia que contiene suficientes elementos plásticos (algunos inesperados y sorprendentes) como para decorar las pesadillas de todas las noches de una vida. He realizado esa operación doce veces. Sin embargo, las únicas pesadillas que recuerdo en relación directa con los crímenes se refieren a las expresiones escalofriantes de un rostro que no existe y que yo le puse a una mujer que quizá tampoco exista. 

Ya he dicho que solo en el curso del juicio por los siete taxistas se conoció mi autoría respecto de la vieja tanda de los comerciantes, y eso porque decidí confesar al no tener ya nada que perder, y probablemente algo que ganar. Es curioso, pero en esta parte del mundo los asesinos en serie son generalmente considerados inimputables porque nadie consigue imaginarlos como dueños de sus actos. Si se trataba de resaltar mi adscripción a ese grupo de irresponsables, había que trabajar sobre la percepción ajena fijando en las mentes antes que nada el concepto de serie. Es casi una operación de marketing: una serie de doce siempre será más reconocible que una de siete.

La imaginación colectiva actúa por mecanismos inexplicables pero previsibles. A la ventaja de no entrar en la cárcel se iba a unir el respeto que impone, no me pregunten por qué, un individuo como yo. Tiene que ver con los títulos, nada corrientes en la cofradía del crimen por locura, si exceptuamos a Louis Althusser.

Tiene que ver con el discurso. Tiene que ver con la autoría de obras sobre metodología de la ciencia, con las traducciones de Wilde y Stevenson y, por encima de todo, con la coherencia, porque cuanto menos afecto mis palabras, cuanto más sincero soy al declarar mi falta de arrepentimiento, más reacia es la sociedad a castigarme, más proclive la opinión pública a idealizarme, más dados los especialistas a valerse de mí para articular sus delirantes teorías. Así que hoy puedo afirmar que, por no sé qué escabrosas vías, la gente me quiere. Por cierto, si a la prueba de la inocencia se la tilda de diabólica, ¿podría referirme a la nítida demostración que hice de mi culpabilidad como prueba angélica? Pero me estoy alejando del asunto que interesa. Íbamos por el quinto.

Fue en un bar situado en la peor de las callejas que desembocan en la Plaza Real. Dos mesas largas y estrechas pegadas a la pared sostenían una decena de ordenadores, entre un montón de vasos y botellas de cerveza. Entré seducido por la música: Sister Golden Hair. Qué gran momento del grupo América, qué deliciosos arreglos de George Martin. Me pedí un malta y me dispuse a navegar a la deriva por las páginas del movimiento escéptico, siempre llenas de divertidas historias sobre avistamientos de ovnis, teletransportaciones, psicofonías, paraidolia, bilocación y demás fenomenología improbable.

Me complacen los burlescos comentarios de esos grupos de opinión, compuestos básicamente por científicos coñones. Es curioso, nadie ha compendiado tan sistemáticamente lo paranormal como sus detractores. El pobre Esteban los detestaba y me reprochaba mi afición a sus productos. Yo le reprochaba a él que evitara los argumentos del adversario. Filólogo como era, le molestaba especialmente que le humillara con recursos de estilo, doliéndole en especial mi “abuso de las pretericiones”. Me voy a callar, pero es de estúpidos creer en cualquier cosa siempre que sea mentira. O bien: Agradéceme que no califique tu pasión por Castaneda y no te tilde de débil mental.

Él trataba de enfocar el problema en mí: Lo tuyo no me vale porque tú no crees en nada absolutamente. Le sorprendía a menudo con arsenal ajeno: Si no creo en la religión católica, que es la verdadera, ¿cómo voy a creer en los hombrecillos verdes? Funcionaba con Esteban porque le faltaban lecturas.

Me partí de risa con la historia de una vieja inglesa convertida en bola de fuego sin causa que lo justificara mientras leía apaciblemente una novela de Agatha Christie en el comedor de su casa. Lo de la combustión humana espontánea (CHE) me divierte especialmente, no sé por qué. Quizá el Dr. Pérez Rosales le encuentre una explicación entrópica. Decidí tomar otro trago y seguir un rato más.

[Continuará]

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