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El desorden (IX) / DANIEL ROSELL

El desorden (IX)

Lo que veíamos no eran meras piezas artísticas. No eran el capricho del estudioso. No eran elementos decorativos. Eran ídolos en estado puro

11.11.2018 00:00 h.
8 min

Anduvimos por el centro. En un momento de optimismo irreflexivo, estuve a punto de comprarme una chaqueta tirolesa. María, oportuna, me lo impidió. Después de comer me hice con La interpretación de los sueños en traducción española revisada y aprobada por el propio Freud. Nos demoramos en la pequeña librería de Berggasse 19. Había insistido tanto en el interés de la casa-museo que finalmente María accedió a acompañarme en mi segunda visita. Su sorpresa crecía a medida que yo glosaba con alguna pasión los objetos y muebles. Ella sabía del vigor de mi memoria (y también que estaba valiéndome de datos leídos el día anterior en los catálogos), pero la profusión de fechas referidas a acontecimientos secundarios, la exposición erudita del origen de un toro de arcilla aquí, de una cabeza de terracota allá y, sobre todo, los detalles acerca de la disposición original de la vivienda y consulta de Freud llegaron a preocuparla. Noté que me observara con extrañeza.

Solo entonces me di cuenta de lo desmedido de esa inclinación repentina y absurda que excitaba mi memoria y aguzaba mis sentidos. Me estremecí al recordar el temblor de mi propia voz, demasiado aguda, un rato antes, al subir al taxi a la puerta del restaurante y darle al chofer la dirección. Pronunciarla tuvo en mi ánimo un efecto notable. A ciegas obedecía un dictado que involucraba a las calles de Viena, a su geometría, a las formas que proponen, a los repertorios de paseos que con ellas fabrican sus habitantes, alguno de los cuales rendirá tributo a Berggasse 19 cada vez que se eche a andar sin objetivo.

Cómo explicarlo. Sentí una vieja voluntad de poder cabalgando por fin hacia mi presente, remontando abismos subterráneos para salir a cielo descubierto. Fue justamente en el taxi litúrgico donde mi memoria se desató. Sintiéndome uno más de los neuróticos obsesivos de Freud, recordé con nitidez un caso leído diecisiete años atrás. (Y cuatro meses, apostillé vanamente para mis adentros.) Un joven vienés, culto y sensible, experimentaba el impulso obsesivo de rebanarse el cuello con una navaja de afeitar. Imaginaba la navaja imaginada, sus cachas labradas, como las de los modelos antiguos de la cuchillería de la Plaza del Pino.

–Fíjate en esa vidriera emplomada, puesta ahí para embellecer la ventana que da al patio interior. ¿No te recuerda las viejas casas del Ensanche de Barcelona?

¡Otra vez! María no entendía lo que estaba ocurriendo. Yo tampoco. Le alarmaba mi insistencia; estaba aprovechando cualquier similitud arquitectónica o decorativa con Barcelona para subrayar cuán familiar resultaba el entorno de Freud. Que si la entrada para coches de caballos (¡como en la calle Ausiàs March!), que si las barandillas de hierro forjado (¡como en el Paseo de Gracia!), que si los pasamanos y los suelos en cenefa.

–Estamos en casa, María. ¿Te das cuenta?

Pero no lograba transmitir mis emociones, pues era algo inefable, un rayo de sol sobre los tonos crema de la escalera, lo que con más fuerza me trasladaba a nuestra ciudad o a nuestra vida.

–En aquel plano tienes la distribución de la vivienda en mayo de 1938. Ven, ven aquí, mira. Vivía según los cánones de nuestros abuelos, de nuestros padres.

–Seguro que este lugar está lleno de psicoanalistas. Voy a pedir hora para ti.

Me dejé de paralelismos, la cogí de la mano y la arrastré a la pieza más esperada. Funcionó; la curiosidad había vencido:

–¿Este es el diván?

–Este es el diván.

Tres colgadores dorados sostenían un bastón y dos sombreros. Pensé en Hernández y Fernández, y también que faltaba un bastón. En la esquina, una estufa alta de cerámica marrón debió concentrar en su día la mirada perdida del neurótico que ansiaba y temía cortarse el cuello. Quizá no: María puso en duda que se hubiera respetado el emplazamiento original del diván. Busqué la respuesta en alguna de las fotografías de la pared y me detuve en los retratos de Jung y de Jennings. Olvidé el diván y continuamos el recorrido convencional. Un grabado del enano deforme de Ribera; la guía de visita recordaba que Freud había sido neurólogo infantil. Cándida explicación.

¿Qué inclinaciones conducen a alguien en realidad a rodearse de tales compañías? Como el gato de madera, las estatuillas egipcias, los portalámparas sepulcrales, exvotos de piedra caliza, sátiros, diosas, hachas de hueso. Innumerables figuras africanas, orientales, precolombinas. Se trataba de símbolos, ¿pero a qué aludían? Esto ya no tenía nada que ver con la vieja burguesía de mi ciudad; ahora el entorno me recordaba algún otro lugar. Pronto comprendí que era un recuerdo espurio: la morada de Sherlock Holmes tal como me la figuré en remotas lecturas. Fui a decírselo a María para aplacar el efecto de mi insistencia anterior en lo de Barcelona, pero lo que solté empeoró la cosa.

–Freud no es Sherlock Holmes.

–Juan, ¿qué te pasa?

Era preciso explicar eso. En efecto, Freud no era Sherlock Holmes, por mucho que los testimonios de un vasto interés humano, las múltiples referencias geográficas, el abigarramiento, recordaran inevitablemente al detective y su entorno. Freud no era Sherlock Holmes a pesar del frasquito de cocaína y de la leyenda de infalibilidad construida por sus epígonos. Berggasse no era Baker Street aunque Freud hubiera devenido un personaje de ficción.

Lo que veíamos no eran meras piezas artísticas o de interés antropológico. No eran el capricho del estudioso en busca de arquetipos. No eran elementos decorativos, no eran signos de estatus, ni siquiera eran cultura. Eran ídolos en estado puro y mantenían entre sí tenebrosas relaciones. Noli me tangere. Eran terribles objetos de veneración que aguardaban con un vigor mudo y latente el regreso de los buenos tiempos, cuando libre y alegremente desbordaban anaqueles y mesas. Entonces los muchachos freudianos, los sacerdotes del falo y de Morfeo, aún no habían desatado su furor doctrinario elevando a su dueño a los altares, imponiéndoles su orden museístico. Iba a decir algo de eso, pero María ya estaba en la otra punta de la pieza, de espaldas a mí, leyendo un texto colgado en la pared.

[Continuará]

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