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El desorden (VIII) / DANIEL ROSELL

El desorden (VIII)

A estas alturas no ignorarás que la libertad casi siempre hay que comprarla, y libertad es a fin de cuentas lo que deseamos

04.11.2018 00:00 h.
10 min

¿Y si no despertáramos? ¿Para qué? El mundo de 1974 es igual de amable o de feroz que el que ahora se desvanece. Aunque, eso sí, menos desconocido, porque mi memoria está intacta. No han hecho falta la literatura fantástica ni la física. No han sido necesarios Wells ni Einstein, ni cápsulas vertiginosas, ni abismos subatómicos, ni asientos de terciopelo granate, ni palancas de bronce o de titanio en este viaje, que es una travesía moral, amor. 

Esperaré a que crezcas mientras aprovecho la exención de paradojas temporales, ausentes en la poesía. Podrán llamarlo locura o alucinación, pero aquí están los acordes de Solsbury Hill, en la punta de mis dedos antes que en la cabeza de Peter Gabriel. Y la letra; escucha: “…eagle flew out of the night”. Y la palabra “fractal”, que produciré unos meses antes que Mandelbrot, y cierta ecuación, y el modo en que Emilia Fernández Tejero traducirá El Cantar de los cantares de Salomón (“El cantar más bello”) con la ayuda del CSIC, lo único digno de mención que aportará el organismo público a la “investigación científica”. Tampoco olvidaré, cómo podría, el vuelo fatal de Matilde y Antonio a Londres las próximas Navidades​, en el setenta y cinco. Ni el arma que Tomás empuñó, y que su padre no debió dejar allí cargada. Perdona que te hable de estas cosas. Ah, sí, repetiré las noches de agosto del setenta y siete. Es algo que ahora tú no comprenderías.

Qué decir de las alegrías que la inversión bursátil puede depararnos, por mucho que los átomos se desvíen de otro modo en su segunda caída. Si Epicuro no se impone claramente a Demócrito, el año que viene llega a España la crisis del petróleo. Prevalerse de nuestra situación para asegurar algunos negocios no perjudica a nadie, y nos va a permitir realizar ciertos ajustes.

Pronto dos chavales montarán una empresa con unos miles de dólares. Podríamos asistir al nacimiento de Microsoft, cruzar el charco y prestarles algún dinerillo, hay que apoyar a la juventud. Conocemos las modas que vendrán, los nombres del poder. Sabemos quién ganará y quién perderá en la arena política, recordamos sus traiciones e ignominias. Podemos anticiparnos a la fama de pintores y comprar su obra. No es la riqueza el objetivo, claro, pero a estas alturas no ignorarás que la libertad casi siempre hay que comprarla, y libertad es a fin de cuentas lo que deseamos. Libertad para evitar tantas cosas. Había un atajo, eso es todo. No importa el motivo. No hay tiempo que perder.

–Te quiero.

–Te quiero. Duerme.

El curso terminó y aproveché el domingo para corregir los exámenes. Tenía varias semanas libres por delante. Sabe Dios por qué escogimos Viena para las vacaciones. Fue tal vez el embeleso de ese cuento de hadas que representaba para nosotros el Imperio. El Imperio como idea. El austriaco y, luego, el austrohúngaro, con muchas más hadas aún. Un desdichado cuento que, en forma de tarta Sacher, se imponía en nuestra imaginación a los libros de historia, a Metternich, a Mozart, al nacionalismo, a Klimt, al ultimátum, a Sarajevo. Esa ciudad que ha querido abrir y cerrar el siglo, proclamé o declamé ante María, mi público preferido, en los jardines de Belvedere, turbando al fantasma del pobre Francisco Fernando, que allí moró.

Pero el mejor fantasma era, cómo no, el de Sisí, errabundo los inviernos por el Hofburg, lánguido los veranos en el Schönbrunn. Su presencia se manifestaba inequívoca en las reacciones de los visitantes; esa excitación del turista ante los efectos personales que rompía en risas nerviosas al entrever los rincones más íntimos. O sea, la toilette. Yo la imaginaba procaz en las alcobas mientras María, que había metido en la maleta una biografía de la emperatriz en clave feminista, aportaba valiosas informaciones acerca de ciertos devaneos consentidos, no sin dolor, por Francisco José.

Seguro que los japoneses, canadienses y leridanos que se agolpaban tras la cinta roja estaban viendo a Romy Schneider en pelotas. ¿O serás tú el único? Está bien, reconocí, admitamos tal posibilidad. Pero Sisí no daba más de sí. ¡Basta ya de palacios y de palacetes, del Prater y de la Catedral! La Secesión, ese manifiesto de piedra y de metal, apagó los últimos rescoldos de curiosidad. Por otra parte, el modernismo arquitectónico poco podía sorprendernos, barceloneses como somos. Pero vamos a dejar eso para más tarde. Al cuarto día, María pronunció las palabras que estaba esperando: ¿Por qué no nos habremos quedado en Calella? 

La dejé en el hotel sesteando y me eché a la calle dispuesto a perderme. Un par de cafés, luego escaparates sin fin, la próspera Ringstrasse, un centro comercial que daba a un callejón, vuelta atrás, cruzar y tomar (¿por qué?) una calle especialmente empinada. Había sentido la llamada. De algún modo supe que debía detenerme y mirar a mi derecha. Estaba delante del número 19 de Berggasse. Una placa dorada rezaba: “Prof. Dr. Sigmund Freud”. Ah, mis pies expertos. ¡Cuánto habían aprendido!

Comprobé la impronta dejada en mi espíritu por la visita a la casa-museo de Freud cuando, azorado, desperté a la mañana siguiente en el hotel. El sueño me había devuelto a Berggasse 19, alumbrando zonas sólo vistas de soslayo horas antes y recreando el patio interior de la vivienda, que yo contemplaba con la nariz pegada a un vidrio esmerilado con figuras femeninas y arabescos. Mi subconsciente había sido fiel a los detalles; había tenido, por así decirlo, un sueño realista, salvo que para subir la escalera me calzaba unas babuchas (¿regla de culto en un templo pagano?) y que para ganar cada escalón debía comer del tenedor que me metía en la boca un cocinero enjuto y demacrado. Yo me dirigía a él con aprensión y curiosidad:

– ¿Cómo es posible? ¿Un cocinero anoréxico?

–Jo no sóc pas anorèxic, jo sóc el no res que us manté.

El tipo iba llenando cada vez el cubierto en una enorme cazuela de fideuá que aguantaba penosamente sobre la mano izquierda y, muy solícito, me convencía para que comiera valiéndose de los siguientes argumentos: Aquesta per la mare... aquesta pel pare... aquesta pels germanets que no tens... Al llegar a la planta de la vivienda de Freud, el desnutrido guía nutricio agitaba un dedo torcido delante de mis narices y me advertía: Si no te la menges tota et quedaras sense nino.

Yo respondía airado que no tenía por costumbre jugar con muñecos. Entonces él, haciendo un extraordinario esfuerzo, arrojaba la fideuá por el hueco de la escalera, pasaba el trapo que hasta entonces había colgado de su brazo por la placa de la puerta (“Prof. Dr. Sigmund Freud”), adoptaba una expresión grave y, mudando asimismo de idioma, susurraba con la intensidad de quien revela algo terrible y definitivo: No es un muñeco sino un fetiche. Y, como yo, no es nada. Me desperté con palpitaciones y le conté el sueño a María, que se desternilló de risa. Si bien desconfiaba de lo narrado porque, según aseguraba, no existen los sueños bilingües.

–A ti te he oído hablar dormida en tres idiomas, guapa.

–Puede, pero no en un mismo sueño.

–Entonces, ¿crees que me lo invento?

–Tú sabrás. ¡Yo me ducho primero!

[Continuará]