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El desorden (VI) / DANIEL ROSELL

El desorden (VI)

La decadencia de la mentira era la obra de la que Wilde se sentía más orgulloso; en ella había dado, sin abandonar la ironía, con una llave maestra: la realidad, la naturaleza misma, imita al arte

21.10.2018 00:00 h.
9 min

Vuelta al claustro de la Catedral, un obligado bucle en el paseo. ¡Cómo comprendía al niño fascinado, cómo deseaba ahorrarle el encuentro con la intrusa! Un gramo de paracetamol, que se joda la intrusa. Que esperen las rodillas. Que reaparezca el niño fascinado, el ángel desbordado de puertas misteriosas, de escaleras de caracol, de ascensores que llevaban a las azoteas, de terrazas desde donde era posible imaginar o divisar determinados lienzos a través de ventanas familiares y atrapar el final de la tarde. No bajaba la guardia, sin embargo, frente a la amenaza de los atardeceres de postal. O de cuadro barato propio de algún desalmado pintorzuelo de la Plaza del Pino. Los temibles atardeceres por los que resultaba tan fácil deslizarse hacia la fatal vulgaridad.

Repetía de memoria la advertencia de Oscar Wilde: "Ya nadie que posea verdadera cultura habla jamás de la belleza de una puesta de sol. Las puestas de sol están totalmente trasnochadas. Son de cuando Turner era el último grito del arte. Admirarlas es señal infalible de un temperamento provinciano. Con todo y con eso, ellas siguen". Sin saber por qué, acudía a la traducción de María Luisa Balseiro y no a la mía.

La decadencia de la mentira era la obra –brevísima– de la que Wilde se sentía más orgulloso; en ella había dado, sin abandonar la ironía, con una llave maestra: la realidad, la naturaleza misma, imitaban al arte. No se trataba de una boutade, ni de una jugosa sospecha hábilmente colocada en el texto para acabar descartándola, como sucede en el Tema del traidor y del héroe de Borges, donde parece que la realidad imite al arte. No. Era una afirmación perfectamente seria, avalada por consideraciones psicológicas que la psicología todavía no había descubierto.

Era una verdad, me decía, que entroncaba con las enseñanzas del Hermes Trismegisto y que, según solía considerar mientras tomaba apresuradamente el ascensor de bajada, dejando la azotea de la Catedral para evitar atardeceres demasiado comprometidos, estaba implícita en el esse est percipi de Berkeley. Ser es ser percibido. Si eso era cierto, el Barrio Gótico existía básicamente gracias a mí. En cuanto a la existencia de Juan Barcelona, resulta mucho más dudosa. ¿Quién me contemplaba en ese estado? ¿Quién era testigo? ¿Dónde estaba, desde dónde miraba el que me daba el ser?

Del esse est percipi debió surgir el estímulo o la intuición de Borges, tan aficionado a los irlandeses. Aunque luego optara por resolver su cuento del traidor y del héroe apuntando una explicación menos sobrecogedora: la deliberada imitación de Shakespeare por parte de imaginarios conspiradores políticos. Por supuesto irlandeses. Se podía vivir durante años en las obras completas de Borges, que siempre alertó de la proximidad del abismo, y se podía enloquecer en tres páginas de Wilde, que no lo hizo.

Me despedía del claustro con una vuelta completa. Tocaba detenerse ante la fuente minúscula. Luego ante los cisnes, a la altura de la pequeña librería llena de Nuevos Testamentos y obras pías. Preguntaba por los heterodoxos de Menéndez Pelayo, por ver si de nuevo me sonreía el azar al abrir el volumen primero y me topaba con mis viejos amigos, los judaizantes después del Edicto de Sisebuto, o con el Himno de Argirio: Quiero desatar y quiero ser desatado. Quiero salvar y quiero ser salvado. Quiero ser engendrado.

Sonreía al pasar por delante del puesto de las velas votivas. No en balde le atribuí halitosis e hircismo a esa pobre mujer en un relato; dos rasgos odiosos que la definían. Tenía que disculparme, la tomé como un objeto, la tomé como excusa para algún anticlímax. Y las velitas rojas ya encendidas, y los santos en sus capillas. Y otras tumbas también bajo los pies de los niños que correteaban felices por el frescor y por el silencio. Luego una puerta, la nave central, las alturas que apuntaban a la inmensidad con menos acierto del que yo entonces apreciaba.

Imaginarme otra vez solo y de noche, tumbado en un lecho en el centro del pasillo que formaban los bancos de la nave. Sin almohadas, mirando a las alturas, interrogando al cielo de piedra para caer en un sueño beatífico que pronto sería ocupado por dulces jovencitas con túnicas y cántaros. Y una vihuela interpretando la Pavana IV de Luys Milan. Para entonces la Catedral ya no me albergaría; aparecería al fondo del sueño, como el decorado formidable de una película antigua, para que no se mezclara, llenándolos de angustia, con la voluptuosa llamada de las cuerdas ni con las sedas ni con el aire afrutado que llenaba mis pulmones, ni con las sonrisas y los ojos entregados de todas ellas, que siempre eran ella, ni con las cabelleras lacias ni con las risas, ni con las canciones de amor de Jerusalén, que se habrían vuelto a convertir en el Cantar de los cantares de Salomón, El Cantar más bello

"Yo dormía, / pero mi corazón velaba; / la voz palpitante de mi amor: / “Ábreme, hermana mía, amiga mía, mi paloma, mi todo; / que mi cabeza está cuajada de rocío, / mis cabellos, de nieblas nocturnas".

A todo esto, y a mucho más, podía conducir uno de aquellos paseos por el Barrio Gótico y sus aledaños en la época en que sustraje el fetiche, desplegué mis sentidos y decidí que la vejez empezaba en las rodillas.

A María me la presentó su prima, mi alumna Marta Freixas, en aquella champañería de la calle Princesa, entonces frecuentada por un grupo de tercero. Era viernes por la noche. Me habían liado para que los acompañara, quizá para celebrar el final de trimestre. Ya no lo recuerdo. La edad de María estaba entre la de los muchachos y la mía; le cabía optar por el tono desenfadado de los universitarios o por el más comedido de su profesor. Afortunadamente hizo lo segundo, aunque el comedimiento duró poco. La noche fue larga y fructífera. A medida que avanzaba, se formaron dos conversaciones simultáneas, lo que exigía un cambio de asientos.

Fueron las primas quienes se movieron. A partir de ahí, las horas y las copas valieron la pena. Los jóvenes se derrumbaron antes que nosotros, retirándose bajo los efectos del ponche de la risa. Creo que contenía zumo de limón y de naranja, coñac y cava barato, además de un ingrediente secreto. Una corriente circuló entre los dos. Operó tan deprisa que cuando abandonamos el local cogidos de la mano, al amanecer, ya estaba en el aire que ella se mudaría a mi casa, aunque no nos lo dijéramos hasta la tarde siguiente, cuando despertamos resacosos y felices en el apartamento de Enrique Granados.

[Continuará]