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El desorden (IV) /DANIEL ROSELL

El desorden (IV)

Pasamos el fin de año en Londres, mirándonos a los ojos sin tregua. Como no había uvas, nos metimos doce descargas de endorfinas. ¿O serían doce rayas?

07.10.2018 00:00 h.
6 min

El veintisiete de diciembre, de madrugada, algo mareado por el tabaco y porque me había olvidado de cenar, cerré el volumen de Humo, apagué la lámpara y me quedé a oscuras. Mis ojos se fijaron en lo único visible, la lucecita del aparato de vídeo. Logré introducirme en el punto rojo y olvidarlo todo. Todo absolutamente. Minutos o siglos después tanteé con la mano izquierda por encima de la mesita accesoria y di con el mando a distancia. Probé y, efectivamente, había una cinta cargada. Una cinta que se alojaba allí desde hacía meses.

Sharon Stone estaba siendo interrogada por varios policías. Al descruzar las piernas, justo en ese instante memorable en que ella deja ver al mundo el lugar do más pecado había, presioné con un dedo temerario el botón de pause. Y allí quedamos ella y yo enfrentados por toda la eternidad, en la sala bañada por el frío, tembloroso resplandor de la pantalla. Entonces sonó el teléfono. Activé el altavoz del aparato sin apartar la vista del centro del universo, allí entre las piernas de Sharon.

– ¿Sí? –De nuevo ese timbre inapropiado en mi voz.

–Hola, ¿eres tú?

–Yo sólo puedo ser yo.

– ¿Y quién es ese?

–Yo soy el que soy.

– ¿He llamado al cielo?

–Quizá.

–Está claro que eres Juan. ¿Te acuerdas de mí?

–Pues así de repente...

–Vamos, piensa un poco.

–Esa voz la he oído antes.

–Esta voz te susurró cosas muy dulces al oído.

–No es posible. ¿Eres la fruta madura?

–¿Cómo?

–Perdona.

–No, si me encanta que me llames así.

No era posible, no sabía nada de ella desde 1979, desde el recital de El Brujo. Pero, si era quien parecía ser, ¿cómo decirle que había olvidado su nombre?

–Sigue hablando. Quiero asegurarme de tu identidad.

–De acuerdo. Te llamo para felicitarte.

–¿Por qué?

–Desde hace unas horas es el día de los Santos Inocentes, como tú y como yo.

–Entonces, felicidades también.

–Gracias. ¿Sabes qué? Creo que el Brujo nos hizo algún hechizo.

Traté de recordar la figura del bello fantasma, sus facciones, sus andares, y reparé en el extraordinario parecido con Sharon Stone. Quizá esa circunstancia explicara mi veneración por la actriz. Quizá lo que estaba haciendo inmediatamente antes de la llamada no era sino idolatrar a mi breve amiga. Algo de mí podía seguir anclado a aquel cuerpo, a la habitación de la pensión de las Ramblas, a la botella sobre la alfombra, al día perdido y ganado sobre la Vespa, a la buscada penumbra camino al Tibidabo, a los grillos, las risas y jadeos, a la luminosa piel. Algo en mi interior podía no haberse separado de aquella mujer de estreno que abracé a los dieciocho años, a pesar de mi aparente olvido. Entonces entró otra llamada.

–Un momento, Sharon. – ¡Sí, dije Sharon!– En seguida estoy contigo. 

Busqué a tientas otro botón en el teléfono. Lo pulsé sin apartar la vista de la pantalla congelada.

–Dígame.

–Juanito, soy Esteban. ¿Qué haces?

–Esteban, ahora estoy ocupado. Además, ¿sabes qué hora es?

–Las tres y media. ¿Cómo puedes estar ocupado a las tres y media?

–Buena horita para una charla, ¿no?

–Es que te quiero comentar algo importante. ¿Has oído hablar de la melatonina?

–Vete a la mierda, Esteban. Veo que no has necesitado una semana.  –La última frase no pudo oírla, ya le había colgado. Nueva pulsación de botones–. ¿Sigues ahí?

–¿Te llamaban a esta hora?

–Tú lo has hecho, ¿no?

–Pero yo soy tu mujer.

–¿Mi mujer? Si ni siquiera recuerdo tu nombre –reconocí.

–Eso no tiene importancia.

–Tienes razón.

–Ven a buscarme. Estoy en las Atarazanas.

–No puedo moverme.

–¿Prefieres la realidad virtual, o temes convertirte en estatua de sal?

–Dios mío, eres la voz de Miami.

–Y tú aún eres una estatua.

–Sí, eres la voz de Miami, y eres la muchacha del concierto, y Sharon Stone.

–Soy todas porque soy tu mujer. Yo te libero de tu condición de estatua. Ven a buscarme.

Pasamos el fin de año en Londres, mirándonos a los ojos sin tregua. Como no había uvas, nos metimos doce descargas de endorfinas. ¿O serían doce rayas? De vuelta al hotel le hice representar la escena del interrogatorio. Hay que reconocer que era una auténtica profesional.

[Continuará]

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