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Carlos Merseburger, del grupo Los psicópatas del norte / LWSN

El malogrado

Cada vez que escucho la canción de Morrisey 'The first of the gang to die' me viene a la cabeza mi amigo de los escolapios Carlos Merseburger

6 min

Cada vez que escucho la canción de Morrisey The first of the gang to die, me viene a la cabeza mi amigo de los escolapios Carlos Merseburger, al que siempre vi como alguien que lo hacía todo antes que nadie, incluyendo, lamentablemente, morirse. Por lo menos en mi entorno más cercano, Carlos fue el primero en follar, el primero en probar las drogas, el primero en irse de casa, el primero que vivió en una comuna, el primero que hacía lo que le daba la gana y el primero en diñarla de una sobredosis de heroína. Hizo un montón de cosas en muy poco tiempo, ordenando sus dispersos intereses creativos como buenamente podía, dedicándose a la poesía, la pintura y el rock & roll, faceta por la que más se le recuerda, si es que lo recuerda alguien aparte de su última novia, Rosa, y cuatro amigos.

Carlos se hizo notar rápidamente en el colegio de curas porque la idea de la disciplina que tenía la institución no coincidía con la suya. Un día me enroló para una gamberrada que ya no recuerdo y acabamos los dos reclamados, castigo que consistía en acudir al colegio en sábado y encargarnos de alguna tarea molesta. Pero casi siempre se la cargaba él solo, pues le divertía extraordinariamente agotar la paciencia de profesores y clérigos. Así hasta que lo echaron hacia el final de nuestro bachillerato, momento en el que empezamos a vernos de vez en cuando y se convirtió para mí en una especie de ejemplo del apetecido walk on the wild side. Mientras yo seguía viviendo en casa de mis padres, sin sacar la rebeldía de mi cuarto y yendo a la universidad, Carlos se dedicaba, mucho antes que Ricky Martin, a livin la vida loca. Evidentemente, se desvirgó mucho antes que este buen burguesito que les habla, y todo lo hizo antes: viajar -en la realidad o a través del LSD-, vivir a su aire y hasta formar tres grupos musicales, mientras yo solo conseguí escribir sobre música pop a finales de los setenta en revistas del underground. Los grupos se llamaban Tendre Tembles, Los psicópatas del Norte -el mejor gracias a la vasca Rosa Arruti, la única mujer que he conocido que podía ser adusta y encantadora a la vez- o Los Erizos, pero no queda nada de ellos más allá de alguna canción perdida en algún álbum recopilatorio de diferentes bandas.

Yo vi actuar a Los Psicópatas del Norte en La Orquídea - el hogar musical de Flowers y Jaume Cuadreny- y les puedo asegurar que allí había algo que, si no era talento, se le parecía mucho: eran como una versión barcelonesa de The Velvet Underground o Television, todavía a medio cocinar y sin gran control de los músicos sobre sus instrumentos, pero aquel ruido más o menos estructurado te llegaba al alma, y les juro que no me pierde la amistad: a los Psicópatas les sobraban ideas y actitud. Recuerdo en concreto un instrumental llamado Castigo que era exactamente eso: varios minutos de electricidad desquiciada que se te clavaba en la cabeza y te provocaba un placentero dolor, sobre todo si te habías tomado algo. Marginales entre los marginales, los grupos de Carlos nunca accedieron a nada más que una pequeña corte de fieles, pero la actuación que yo vi de los Psicópatas parecía el inicio de algo glorioso que no llegó a suceder.

Poca cosa queda del amigo Carlos: unos cuadros alucinados que firmaba con el alias de Lyzandra y qué no sé en qué manos estarán, un poemario titulado Los falsos seudoides, bajo el seudónimo de Zane Speer y publicado póstumamente y el recuerdo de su carismática figura entre quienes lo conocimos. Cuando reventó a los treinta y tantos, pensé, una vez más, en lo moralista que suele ser la vida, que es como si le dijera al difunto que había empezado a labrarse su destino cuando empezó a amotinarse en un colegio de curas, cuando se fumó su primer canuto, cuando echó su primer polvo o cuando abandonó el hogar paterno. Como tantos otros, Carlos vivió rápido y murió joven. Como Sinatra y Sid Vicious, eso sí, lo hizo todo a su manera.