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Imagen de la antigua Sala Zeleste de Barcelona / CG

La Voss por la Gracia de Dios

Como compañero de tajada Jordi era insuperable, sobre todo si no se le cruzaba ninguna mujer susceptible de encajar alguno de sus comentarios soeces

27.05.2019 00:00 h.
5 min

Era grande, gordo y feo. Y cuando llevaba unas copas de más --que solía ser casi siempre--, se mostraba tremendamente grosero con las mujeres, como si les guardase rencor en general por el modo en que lo habían tratado. Al mismo tiempo, era un hombre bondadoso, de una inocencia sorprendente y de una timidez paralizante que intentaba superar dándole al frasco sin tasa. Como compañero de tajada era insuperable, sobre todo si no se le cruzaba ninguna mujer susceptible de encajar alguno de sus comentarios soeces. Sus mejores momentos, los que pasaba en la barra de Zeleste junto al Sisa, Gato Pérez y mosén Flavià. Yo creo que apenas dormía pues, a diferencia de sus compañeros de farra, bohemios que podían quedarse sobando hasta las tantas, nuestro hombre acudía cada mañana a su trabajo como químico en una empresa. Estaba tan acostumbrado a madrugar que un día que Víctor Jou convocó a una serie de músicos a una reunión para el día siguiente a las nueve, entendió --y fue el único-- que el patrón de Zeleste se refería a las nueve de la mañana, así que apareció por el club a esa hora, con el traje y la corbata del curro, y se encontró con que no había nadie más.

Se llamaba Jordi Farràs y emanaba de él una tristeza permanente que no podían ahogar sus frecuentes arrebatos de euforia etílica. Aunque grabó un disco con su nombre --en colaboración con el gran Jordi Sabatés--, casi toda su carrera musical se la encomendó a un alter ego apodado La Voss del Trópico. Sus amigos nunca le llamábamos Jordi, sino que siempre nos referíamos y dirigíamos a él como Trópico. Con ese alias grabó unos pocos discos y actuó en solitario o con la Orquestra Platería durante los años 80 y 90. Yo le recuerdo especialmente en el escenario del Salón Cibeles, siempre de esmoquin blanco, durante los Bailes Selectos del fin de semana. ¿Cantaba bien? Yo diría que más bien no, pero daba lo mismo, pues le ponía unas ganas que te contagiaban el entusiasmo: lo veías cantando Camarera de mi amor entre hipidos de dipsómano y algún que otro gallo y te dabas cuenta de que aquel fanegas sudoroso con los ojos cerrados se estaba transportando mentalmente a un lugar soñado en el que ejercía de galán a cuyos pies caían rendidas todas las mujeres.

Su tendencia a los excesos le granjeó un infarto del que pareció quedar bastante recuperado. Tanto que, pese a las advertencias de los médicos, el 11 de febrero del año 2000 decidió darse un homenaje e invirtió una respetable suma de dinero en whisky, cocaína, una habitación de hotel y dos furcias de categoría. Tras pasar una tarde muy entretenida, pagó la cuenta en recepción, salió a la calle y allí mismo le dio el patatús definitivo que se lo llevaría al otro barrio a los 54 años. Puede que otro hubiese reventado en la habitación, creando problemas a la empresa y a las señoritas de compañía, pero él no se quitó de en medio hasta que hubo pagado sus deudas. Lo suyo fue lo que se suele definir como una salida por la puerta grande.

Jordi Farràs, en arte La Voss del Trópico: genio y figura hasta la sepultura.

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