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Mauricio Wiesenthal / LENA PRIETO

Mauricio Wiesenthal: "Los españoles preferimos hacernos pasar por locos a que nos llamen idiotas"

El escritor reflexiona sobre la idea de lo español, eludiendo la tentación del nacionalismo, reivindica el idealismo de Don Quijote y advierte de los riesgos de manipular la historia sin conocerla

28 min

Profesor de Historia de la Cultura, pensador e hispanófilo. Mauricio Wiesenthal es todo esto y, además, un sabio. De origen alemán, Wiesenthal se inscribe en la gran tradición europea y sus obras dialogan con los grandes maestros que llenan sus páginas. Tras títulos como Imagen de España, Rainer Maria Rilke o su Trilogía Europea, publica en Acantilado La Hispanibundia. Un retrato español de familia

–Improvisación y vitalidad son dos de los términos que definen el concepto de Hispanibundia, pero ¿cuál es el origen de esta palabra que da título a su ensayo?

–El término de Hispanibundia nace de la constatación de que este ensayo no podía titularse La españolidad o La hispanidad, porque son dos conceptos que fueron utilizados en otra época con sentidos y significados muy distintos a los que yo quería plantear aquí y aluden a cuestiones distintas de aquellas sobre las cuales quería indagar. En este ensayo, me interesaba buscar el carácter y el espíritu del español, indagar sobre quiénes somos, cómo nos comportamos y qué hemos aportado a la historia. Y me parecía que el concepto de hispanibundia podía definir bien todas estas facetas.

–¿Por qué?

–Porque la hispanibundia, como todos los términos terminados en -bundio/a -tremebundo, furibundo…, alude a la abundancia: furibundia es, para darte un ejemplo, la abundancia de furia. Por tanto, la hispanibundia sería la abundancia de lo español, pero sin terminar de definir lo español en términos nacionalistas. Por lo general, conceptos como español o españolidad evocan un espíritu nacionalista que no me interesaba y si los utilizas parece que quieras hacer un canto solamente a las excelencias de España. Con Hispanibundia no me interesaba cantar ninguna excelencia y tampoco pretendía que el libro se convirtiera en un canto nacionalista; todo lo contrario, el ensayo quiere ser una meditación seria y con sentimiento acerca de quiénes somos, quiénes hemos sido y qué podemos aportar a Europa.

–La hispanibundia es una cualidad que usted no asocia a la nacionalidad española. Dicho de otra manera, hispanibundia no tiene nada que ver con ser español.

–Exactamente. Por esto mismo, la hispanibundia, esta abundancia de lo español, la compartimos todos los pueblos que hablamos la lengua española, tanto los pueblos que conforman España como los pueblos que conforman Hispanoamérica. Además, como tú misma has señalado, la hispanibundia no es una cualidad que pertenece solamente a quienes han nacido en España, sino que es una cualidad que tiene todo aquel que comparte nuestra cultura y nuestro sentimiento de la vida y que se ha visto metido o implicado en esos mismos retos a los que hemos intentado dar respuesta. Es precisamente el análisis de cómo los españoles hemos afrontado algunos retos y de cómo hemos dado respuesta a determinadas circunstancias aquello que, en mi opinión, hace relevante el libro para el lector europeo. 

Mauricio Wiesenthal / LENA PRIETO

–Es decir, aquello que nos distingue es nuestra propia historia. 

–Efectivamente. Para poner un ejemplo: a diferencia de otros países europeos, nosotros nos enfrentamos con la guerra de reconquista al imperio musulmán, un imperio con una gran fuerza militar, que ocupó parte de la Península Ibérica durante mucho tiempo y que dejó una gran influencia en nuestra cultura. Nuestra Reconquista, el enfrentarse al imperio musulmán, pero también los años de convivencia, nos distingue en cuanto nos hace poseedores de una experiencia que otros no tienen. La cultura española sabe lo que es relacionarse con el mundo islámico; durante la Reconquista la relación era de carácter belicosa, pero que no siempre fue así. Nosotros convivimos y nos enriquecimos gracias a la cultura musulmana, algo que queda más que patente en nuestro lenguaje; prueba de ello es que nosotros dormimos en una almohada y no en cojín.

–El subtítulo del libro es: Retrato español de familia. ¿Podríamos decir que Don Quijote es el padre de esta familia?

–Sin duda. En el libro reúno a muchos personajes de nuestra historia cultural y uno de ellos es Don Quijote, que sería el padre esta familia a la que aludo en el título de libro, pero el personaje de Cervantes no está solo. Junto a él, podemos encontrar a otros, la mayoría provenientes del teatro, sin embargo, sí es cierto que Don Quijote destaca sobre el resto, porque tiene una nobleza especial y una internacionalidad incomparable. Don Quijote nos refleja a todos, resume el carácter español y, a través de él, Cervantes nos muestra cómo es la sociedad española, cómo actuamos, cómo vivimos, cómo nos relacionamos.

–Uno de los rasgos que Don Quijote es la nobleza. 

–La nobleza es uno de los valores principales de la caballería y es uno de los valores claves de la época de la Reconquista, cuando se consideraba de honor recuperar las tierras ocupadas por los musulmanes. El concepto de honor proviene de los griegos, para quienes el honor era una cualidad que tenía que ver también con el valor y que estaba estrechamente asociada a los héroes. El honor, como te decía, es uno de los rasgos de la cultura caballeresca, que, en mi opinión, como he dicho en muchas ocasiones, aunque no sé si me hacen mucho caso, sigue vigente en cuanto define un determinado carácter del español, si bien la sociedad no siempre reconoce el valor o los ideales del héroe.

–Este es el caso de Don Quijote, un héroe que es tomado por loco.  

–En mi opinión, Cervantes nos hizo un juego psicológico provocativo al presentarnos a Don Quijote como si fuera un loco, como si fuera alguien que hubiera perdido la cabeza leyendo libros de caballería. Sin embargo, siempre en mi opinión, lo que está haciendo Cervantes a través de las hazañas de su héroe es presentarnos una sociedad que es como la nuestra, es decir, una sociedad que está en decadencia y que ha perdido la capacidad de admirar a los héroes, a todos aquellos que buscan mitos, ideales y valores nobles. Don Quijote es alguien que busca estos mitos, estos ideales, y precisamente por esto es tomado por loco, porque la sociedad ya no aspira y ya no cree en aquellos ideales a los que sí se aferra el personaje cervantino. La sociedad que nos presenta Cervantes es la sociedad que traiciona a Don Quijote, es la sociedad que no responde como debería, es decir, con afecto, con admiración y con colaboración al hombre que aspira a esos ideales perdidos. 

Mauricio Wiesenthal / LENA PRIETO

–Otro de los rasgos que define la hispanibundia es la acción. 

–Para el español lo importante no es creer o tener una buena intención, sino hacer. Por esto, Don Quijote hace gestas y la gesta es justamente hacer algo y gestionar lo hecho. El caballero andante de Cervantes hace cosas, puede que equivocadas, puede que ridículas para la gente, pero de lo que no hay duda es que no se dedicaba a pensar como hubiera hecho un Descartes o cualquier otro filósofo. El caballero andante se dedica a actuar: cuando ve unos galeotes presos intenta desatarlos y ayudarlos; intenta luchar contra los molinos; busca a Dulcinea… siempre está en acción y esto es una característica propia del español. Posiblemente por nuestro carácter nuestro signo de identidad y aquello que nos distingue de los otros países es que, mientras que Europa creyó más en las cosas que se piensan, nosotros siempre creímos en las cosas que se hacen. Quizás no somos tan ricos en pensamientos, pero hemos sido muy ricos en acción y las huellas que hemos dejado en la historia son huellas de acción, son las huellas dejadas por personas que se comprometían y que luchaban, acertada o desacertadamente, por las cosas en las que creían. 

–¿Puede ser reflejo de lo que comenta el hecho de que, por poner un ejemplo, en nuestra tradición predomine la novela y el teatro mientras que en la tradición alemana abunde la filosofía?

–Claro. La cultura alemana es, en este sentido, antagónica a la nuestra: ella ha dado a la historia grandes filósofos, ahí están los grandes idealistas y los grandes románticos, ahí están nombres tan relevantes como Hegel, Nietzsche, Fichte, Schelling… Sin embargo, la cultura española ha legado gente que vivía y, por tanto, gente que hacía, que actuaba, aunque fuera de manera indeseable. Dentro del género de la novela, el mejor ejemplo lo encontramos en la picaresca con el personaje del pícaro, cuyas acciones son, por lo general, muy discutibles; en el teatro, también encontramos ejemplos de personajes de acción reprochable, por ejemplo, el burlador, nuestro Juan Tenorio, que es un personaje infame, pero activo, en cuanto se retrata por sus actos. Los españoles, por tanto, no nos dedicamos a hacer discursos morales, sino a actuar bien o mal y es por nuestros actos que nos retratamos. 

–Este actuar indeseadamente usted lo resume con el concepto de corrupción, término muy actual.

–Tristemente, muy actual. Yo estoy convencido de que uno de los demonios que más ha tentado al español ha sido el demonio de la corrupción, que ha sido algo constante en nuestra historia al punto de caracterizarla. La corrupción la encontramos en la picaresca, puesto que el pícaro no deja de ser un ventajista, alguien que te la juega y que te engaña, pero no sólo la encontramos en literatura, sino también fuera de ella. La inquisición era también una expresión de corrupción en cuanto, tras la excusa de la religión y afirmándose como tribunal religioso, no era otra cosa sino un tribunal de robo: no había banquero que no pasase por la inquisición, no había persona que fuese presa fácil de dinero que no tuviera que afrontar un juicio inquisicional.

Y precisamente por esto somos un país que tuvo una difícil formación de la burguesía y cuando hablo de burguesía no me refiero solamente a la alta burguesía sino y sobre todo a una burguesía trabajadora dedicada a comerciar y a aportar una riqueza económica. Por una parte, nosotros siempre hemos expresado un desdén hacia la vieja aristocracia porque figuraba que no era propio de cristianos viejos comerciar, pero, por otra parte, siempre hemos pensado que si te dedicabas al comercio o a un determinado trabajo productivo venían las alimañas y te robaban. Por tanto, la gente veía más rentable el hacer una vida de aventurero o a dedicarse a la tierra. 

–¿De ahí que, en determinadas zonas, los latifundios sigan teniendo un papel preponderante en la estructura económica?

–Sin duda. En España siempre ha estado muy implantada la obsesión de tener tierras, de poseer terrenos de manos muertas en los que no se podía crear ningún tipo de beneficio para esa burguesía cuyo objetivo era construir una sociedad civil culta, activa y laboriosa. Estos son valores que nos fueron llegando con la protesta e indignación de nuestros clásicos y de nuestros moralistas, que se preguntaban cómo era posible que tuviéramos un país que solamente se dedica a saquear, a robar, a rapiñar… Todas actitudes que provienen de los años de Reconquista, donde los dos bandos se dedicaban precisamente a esto: a robarse y a saquearse. Aquellos años han dejado una huella peligrosa y triste que, afortunadamente, hoy día tenemos lejana, aunque bien podríamos aprender algo de ella, cosa que, muchas veces, parece que no hemos hecho. 

–A nivel conceptual usted retoma la distinción, muy asumida en el siglo XIX, entre patria y nación.

–Para mí es muy importante separar estos dos términos. Seguramente, por mis raíces alemanas, he heredado algunos conceptos europeos que siempre me han llamado la atención y uno de ellos es el concepto de patria, que en alemán es Heimat. La raíz de Heimat es Heim y alude a la casa, al hogar. Para mí, por tanto, la patria es el hogar. Es un lugar que no tiene ni fronteras ni tanques, la patria son los recuerdos de tu infancia, de tu familia, del lugar donde vives… Cuando convertimos la patria en nación, término que viene del latín y significa el lugar donde naces, desvirtuamos el sentido primero de patria, porque se hace hincapié en el hecho de nacer en un lugar concreto y no en los recuerdos ni en las experiencias vividas; es decir, se hace una discriminación entre aquellos que han nacido en un lugar y aquellos que no han hecho, si bien ambos pueden considerar ese lugar su patria.

Por ello, porque convierte a unos en nacionales y a otros en forasteros, el término nación puede ser peligroso de la misma manera que lo puede llegar a ser también el término Estado. Yo no soy anarquista, el Estado es muy importante, porque es el que administra, el que hace o debería hacer justicia, sin embargo, el estado implica también una frontera, unos documentos, un ejército… un sistema muy peligroso de protección de un territorio. Por ello, me da miedo que los españoles empecemos a crear Estados dentro de nuestras propias fronteras, dentro de nuestra propia patria, en lugar de entendernos de una manera cordial, asumiendo nuestra diferencia y pactando nuestras libertades. Lo peor que podemos hacer es ponernos fronteras entre nosotros con el objetivo de crear distintos estados dentro de una patria común. 

Mauricio Wiesenthal / LENA PRIETO

–¿La clave está en saber pactar?

–Me gustaría que los españoles siguiéramos viviendo como siempre hemos hecho: como distintos pueblos que comparten una patria común. Los antiguos reinos se organizaban entre sí a través de distintos pactos, había una comunicación entre ellos. Hoy en día esa comunicación la hemos roto, nos hemos desfederado y discutimos sobre todo aquello que nos ha unido durante siglos, subrayando las diferencias que hay entre nosotros, como si las diferencias fueran algo malo. Yo no querría que mi hermano fuera como yo; me gusta que sea diferente porque es a partir de nuestra diferencia que podemos ser muy felices. 

–Usted presta mucha atención a la figura de Erasmo y a la influencia que ha tenido en la cultura española.

–El erasmismo está en nuestro Renacimiento y está en Cervantes, que era un erasmista. Todo lo que tenemos de cultura idealista, que no deja de ser una cultura contradictoria con nuestro espíritu de hacer y de actuar, proviene de Erasmo y se manifiesta en El Quijote en esa búsqueda del ideal que lleva a cabo el protagonista cervantino. Como decíamos antes, esa búsqueda del ideal es lo que le hace pasar por loco a Don Quijote y no hay que olvidar que Erasmo es el autor de Elogio de la locura. En los países nórdicos, incluyendo los eslavos, el tonto es una figura piadosa; el tonto en Rusia es el idiota y el idiota es el santo, es el hombre bueno, el hombre que puede representar los mejores valores del ser humano. Sin embargo, los españoles y, más en general, los latinos tenemos mucho miedo a que nos llamen idiotas y desde siempre hemos preferido hacernos pasar por locos antes que por idiotas. En casi todos los pueblos, se respeta al loco mientras que el idiota suele ser objeto de acoso y de maltrato. 

–Desde El Quijote hasta San Manuel Bueno, mártir, la figura del loco cuerdo ha estado muy presente en nuestra literatura. 

–Cierto. La locura se convierte en una forma de pactar y de relacionarse con un mundo, que tiene demasiada estulticia. Esto es Erasmo, que es alguien que encuentra mucha más cordura en el, aparentemente, más simplón que en el encopetado que le da vueltas a la filosofía. 

–Comparada con Alemania o Italia, España es una nación vieja y, sin embargo, hay una obsesión, que no es nueva, por preguntarse qué es España. ¿Por qué?

–A mi modo de ver porque como nación tuvimos una formación con aporte de muchas nacionalidades y culturas distintas. Somos un país de frontera y esto ha hecho que, a lo largo de los siglos, hayamos entrado en contacto con muchos pueblos y hayamos sido invadidos por todos los lados, por mar y por montaña. La pregunta acerca de qué es España es resultado de que no somos un pueblo simplista, un pueblo que tiene un origen concreto: por aquí vinieron los fenicios, los romanos, los cartagineses, los judíos, los árabes… Esto hace que sea apasionante y complicado buscar nuestras raíces, indagar quiénes somos en realidad. Nosotros somos fruto de constantes mezclas, de lo semítico con lo cristiano y con lo árabe. Ten en cuenta que, además, hemos sido objeto de caricaturas falsas y esperpénticas, sobre todo a partir del siglo XIX, cuando fuimos descubiertos por la peor literatura romántica, que nos convirtió en un pueblo de teatro. 

–España se pregunta mucho acerca de sí misma y, paradójicamente, al mismo tiempo, se olvida de su pasado. 

–Esto es terrible. Creo que nuestro propio vitalismo, nuestras ganas de hacer y nuestra impaciencia por vivir es lo que, muchas veces, nos impide meditar sobre nuestro propio recuerdo. Hemos tenido la tendencia a ser iconoclastas y hemos dejado una gran tradición de horrible soberbia: a lo largo de la historia hasta el día de hoy siempre ha habido alguien que ha querido defenestrar los recuerdos, quemar las iglesias, cambiar el nombre de una calle o derribar un monumento. Es decir, vivimos en pie de guerra con nuestra memoria, queremos modificarla y reescribirla en lugar de asimilarla y aceptarla de la misma manera que debemos asimilar y aceptar cuáles son nuestros orígenes y de dónde venimos. 

Mauricio Wiesenthal / LENA PRIETO

–Lo cierto es que los grandes hispanistas no son españoles. 

–Muchos vienen de fuera; fíjate en la gran tradición de hispanistas que hay en Inglaterra, pero también en Alemania. Parece ser que los extranjeros sienten más gozo de descubrirnos a nosotros mismos del que sentimos nosotros, que estamos distraídos con tantas cosas de la vida que nos hacen disfrutar, pero no nos detenemos a estudiarnos. Es imprescindible que miremos hacia atrás y estudiemos nuestra historia para saber así quienes somos realmente. Con Hispanibundia he intentado aportar una contribución a esta indagación acerca de quiénes somos, acerca de quiénes hemos sido y acerca de la manera en que desde fuera nos ven. 

Américo Castro, Ortega y Gasset, Unamuno… ¿cómo se ha relacionado con quienes le precedieron en el estudio de qué es España?

–Todos estos autores forman parte de mi formación. Te cuento una anécdota, puesto que muchas veces no hay nada más explicativo que una anécdota: Yo comencé como profesor de Historia de la Cultura con 21 años y, por entonces, una de las personas que más admiraba y a las que deseaba conocer era Ramón Menéndez Pidal. Hablé con Julián Marías, que era muy amigo de Menéndez Pidal, y gracias a él pude ir a Madrid a conocer al viejo maestro. Por entonces, era casi centenario. Él y su hija Jimena me recibieron en su casa y para mí fue un momento mágico. Recuerdo que vivían en Chamartín y que yo le había llevado en homenaje una rama de romero, porque se dice que el romero es bueno para la memoria, algo que al maestro no le faltaba.

Mi recuerdo de Menéndez Pidal va unido al olor del romero; lo recuerdo sentado, con sus pómulos estrechos, con un rostro propio de rey medieval. A pesar del derrame cerebral que había sufrido y a pesar de la edad, cuando citaba algo siempre sabía precisar el versículo o el capítulo del que provenía para que tú pudieses investigar. Menéndez Pidal y Julián Marías fueron esenciales; a través de Marías llegué a Ortega, figura que está estrechamente unida a mi padre, que en el 27 había sido becado por la Institución Libre de Enseñanza. En este sentido, soy heredero de esa estirpe de españoles en la que también estaban Unamuno, Ginés de los Ríos…. Y todos ellos compartían unos mismos ideales y un mismo objetivo: construir un país lleno de valores cívicos y rico culturalmente. En aquellos años, recuperamos esos valores cívicos, de respeto y de medida por los cuales habíamos destacado en el Renacimiento y me da terror pensar que puedan perderse en este mundo de manadas, de tumultos y de brutalidad. 

–Usted hace referencia a una generación que soñó con la España que nunca fue. ¿Su legado es precisamente ese proyecto inacabado? 

–Evidentemente, nunca se han llegado a realizar esos proyectos tan nobles. Su legado es, en palabras de Goethe, el destino de la carta sellada: una generación deja a la otra una carta lacrada. Algunos tienen el poder o la felicidad de poder interpretar la carta, pero lo más bello no es esto, lo más bello es que, para que esta carta sellada llegue a la siguiente generación, mucha gente sencilla debe saber traspasarla. La carta lacrada nunca será interpretada ni leída si no hay personas modestas que la pasan a través de la educación que dan a sus hijos, a través de su esfuerzo por crear una sociedad civilizada y por proteger los legados. En España tenemos una bellísima carta sellada que nos enviaron nuestros antepasados y me daría terror que, en el tumulto, en la desvergüenza y en la irresponsabilidad que distingue este momento que vivimos todos los europeos podamos perder esa carta llena de valores e ideales.