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Manuel Vilas: "Lo de Cataluña es una 'españolada' impensable en cualquier otro país"

Manuel Vilas: "Lo de Cataluña es una españolada"

El escritor aragonés considera "incomprensible" que "cierta izquierda española" vea "con buenos ojos" el "supremacismo" nacionalista

21.05.2018 00:00 h.
19 min

A veces dispersa una energía que le asoma por las manos y estalla en el cielo de la boca, desde donde las palabras le salen disparadas, con prisa por llegar al que escucha. Otras, adopta la pausa del que se piensa un par de veces las cosas y las deja un rato enfriar para servirlas en una prosa bien armada. Es el mismo hombre en dos versiones: Manuel Vilas, aragonés de Barbastro, cosecha del 62. Él, que ha hecho siempre literatura con abono de muy buena calidad, anda triunfando con Ordesa (Alfaguara), donde se despacha una realidad tan cruda que alcanza temperatura de ficción. Pero más allá del vaivén de lo real está aquello que le bombea desde la sangre a la caligrafía: la memoria, el fracaso, los padres. Y España. Así todo, en casi 400 páginas de afilada escritura.

–“La verdad es lo más interesante de la literatura”, afirma usted con rotundidad en Ordesa, su última novela. 

–Es una forma de decirlo. La vida puede tener sentido por un rato en la literatura, creo. 

–Usted se ha instalado con ese libro en la literatura del yo, un carril poco transitado en la tradición española. 

–Siempre ha existido una ausencia notable de libros autobiográficos en la literatura española, posiblemente, por razones sociológicas y religiosas. El catolicismo, por ejemplo, nunca ha llevado bien la expresión de la verdad de la vida: invitaba a hacerlo en el confesionario, pues exhibir tu vida significaba poner en riesgo tu estimación social. Esa asignatura pendiente parece ya corregida porque los autores hemos dado un paso al frente, acaso por una exigencia de índole personal. Los escritores de mi generación, y quizás los de la anterior, procedemos de la clase media y tenemos un compromiso por contar esos orígenes. Basta leer El balcón en invierno, de Luis Landero; El mundo, de Juan José Millás, o Autobiografía sin mí, de Fernando Aramburu, para darse cuenta de ello. 

Manuel Vilas / @JMSANCHEZPHOTO

–Es un escritor con una conciencia de clase muy definida. A menudo destaca su origen social.   

–Quien procede de una familia que ha sufrido problemas económicos sabe muy bien de lo que hablo. A la mía no le fue muy bien, sobre todo a partir de la crisis del petróleo de 1973. Pero también soy consciente de la carga de redención social que hubo en el hecho de que yo pudiera ir a la universidad. Ese dinamismo que ha existido en la historia de España y que se resumía básicamente en que los hijos siempre iban a vivir mejor que los padres, se cumplió en mi caso, pero esa tendencia saltó por los aires definitivamente en 2008. Desde entonces, la sociedad española observa cómo los hijos ya no van a vivir mejor que los padres, y éste es el problema fundamental que ha desequilibrado el mundo de la política. Para colmo, la corrupción nos ha desmoralizado hasta niveles insospechados. En España vivimos una desmoralización horrorosa porque nuestros políticos se han corrompido. Además, ese dinamismo que consistía en la prosperidad de la clase media se ha roto. Aquí, los chavales de veintitantos años, preparados, con no sé cuántos títulos, que hablan varias lenguas, no tienen trabajo. 

–Para usted fue fundamental su paso por las aulas universitarias. 

–Mi padre tenía mucha curiosidad por el mundo de la cultura, pero no pudo estudiar. Yo, en cambio, sí. Ahora bien, una cosa son las circunstancias socioeconómicas de una persona y otra cosa distinta es la felicidad. Creo, sinceramente, que mi padre fue más feliz que yo. Es un problema personal, pero también una paradoja: mi padre hizo cosas que le hicieron muy feliz…    

–Pero también su padre intentó acceder a la cultura, tener una formación. Usted vino a cerrar ese círculo.    

–Mi padre sabía, por instinto, que la cultura era importante. Y compró libros que nunca leyó porque no tenía la formación para hacerlo. A mí me ha parecido una cosa mágica que esos libros que él adquirió, por ejemplo, las obras completas de Kafka, las acabase leyendo yo. Hay algo maravilloso en todo eso. Le diré que, en las distintas mudanzas que he hecho a lo largo de mi vida, que ya son unas cuantas, esos dos tomos de Kafka siempre han venido conmigo. Si tuviera que salir de mi casa corriendo por alguna urgencia, sería lo primero que me llevaría.               

Manuel Vilas / @JMSANCHEZPHOTO

–Básicamente, Ordesa es un homenaje a él y a su madre. 

–Es un libro escrito por un señor de cincuenta años que se pregunta qué ha sido importante en su vida. Pues, bueno, que tuve un padre y una madre. Hay mucho ruido en la existencia de las personas: el mundo laboral, el capitalismo, los viajes, la formación, el consumismo… Pero, ¿qué es lo fundamental en tu vida? ¿Por qué estás en este mundo? Porque te puso un hombre y una mujer. Es una verdad antropológica, esencial, que a veces no escuchamos porque hay demasiado ruido. Al narrador de Ordesa le llama constantemente la madre por teléfono, pero nunca le responde porque piensa que ella, en realidad, no quiere nada. Cree que lo que está haciendo es más importante y, claro, se equivoca. 

–Ahora que tanto se revisa el legado de aquella generación, usted apuesta por la comprensión. Y por la compasión, también. 

–Siempre me ha interesado más comprender que juzgar. En el juicio, se supone que tú eres mejor que alguien, y le aseguro que yo no soy mejor que mis padres. Toda la novela es un ejercicio de comprensión y, de ahí a la compasión, hay un paso muy pequeño. La compasión es un gran sentimiento. Ahora se le llama solidaridad, pero, en realidad, la compasión es un nombre más hermoso. Tiene, además, un significado filosófico: la cumpassio, acompañar a alguien...

–Compasión, salvo con usted... 

–Sí. Yo soy el personaje peor parado del libro [risas]. 

–Podría decirse que le ha servido de catarsis porque ha expuesto muchos episodios personales: el alcoholismo, el divorcio, un posible caso de abusos en el colegio…

–Todo eso fue así. No quería ejercer esa compasión conmigo, aunque yo no estoy tan presente en la novela. Están mis circunstancias, pero creo que le cedo la voz a mi familia. Si yo estuviese mucho rato en el libro, a los lectores no les hubiera convencido. Lo que más importa es la mirada del narrador con respecto a sus padres, a su familia. Cómo es capaz de recordarlos. Lo que ocurre es que, para explicar desde dónde está recordando, es necesario contar el episodio del alcoholismo, el divorcio, los abusos… 

–Sorprende que un libro tan personal se haya convertido en algo parecido a un testimonio generacional.  

–Ese grado de coincidencia me asombra mucho. Yo pensaba que mi familia era muy rara, que no podía ser representativa. Y, sin embargo, lo es. Siempre he creído que mi familia era disfuncional, pero veo que muchas de aquel periodo también. Hay una cosa que sí me parece relevante de ellas: no se decían los sentimientos. Y a la larga, eso no es bueno. Si no los dices, no los verbalizas, no sabes qué está pasando. Luego está el pasado, que es un enigma. Es un libro escrito desde los cincuenta años, mi edad, cuando caí en la cuenta de que tenía ya más pasado que futuro. Entonces, traté de averiguar cómo lo había vivido, casi por egoísmo. Quise ir a rescatarlo, a recuperarlo, para tenerlo dentro de mí. 

Manuel Vilas / @JMSANCHEZPHOTO

–“Mi madre perseguía la estimación social, que se evaporó; yo persigo la estimación literaria, que se está evaporando”. ¿Es así? ¿De verdad le ocurre eso?

–Es un paralelismo entre la vida de mi madre y la mía. Ella estaba obsesionada con escalar socialmente, entre la burguesía del pueblo. Yo perseguía lo mismo, una valoración, pero también me fue mal. Es un encuentro en la mala suerte. 

–Pero usted no se puede quejar. Debe ser de los pocos que hoy viven de lo que escribe.

–Me lo dicen mucho últimamente los amigos y siempre les respondo que no olviden todos mis fracasos porque haya tenido un solo éxito [risas]. Yo puedo vivir de las letras, pero desde hace muy poco tiempo. El ejercicio profesional de la literatura en España, desde la crisis, se ha resentido muchísimo. Y un país que no tiene escritores profesionales es un mal país porque es un claro indicativo de que no se puede vivir de la cultura. Si en un país no hay gente que pueda vivir de la cultura, olvídate; ese país no va a llegar a nada. No entiendo que haya gente que se alegre; no saben qué país les va a quedar. A partir de la crisis, se hundió una idea de la sociedad española y se fue a buscar, en primer lugar, los recortes al mundo de la cultura, como si ésta fuese innecesaria. Ahora parece que volvemos a darnos cuenta de que la inversión en cultura es probablemente lo más útil. 

–¿Cree que se perdió ese prestigio que rodeaba a la cultura? 

-Un país, si lo es, tiene cultura. Si no, es otra cosa: una empresa, quizás. No es un modelo de convivencia, de fraternidad. Y un país que es sólo un negocio está condenado al vacío, a la oscuridad. Espero que se den cuenta... 

–Otro tanto podría decirse de la educación, ¿no? 

-La educación es lo que posibilita que, a la larga, haya ciudadanos que valoren la cultura. Son dos realidades diferentes. La educación despierta el deseo de cultura. La educación es el sitio en el que la gente es igual, donde se socializa, se mantiene protegido de la intemperie al ciudadano. 

–Usted lo ha vivido en la primera línea del frente. Fue profesor de Secundaria tras aprobar unas oposiciones a las que luego, por cierto, renunció. 

–Cuando acabé la carrera, mi obsesión fue tener un trabajo para toda la vida. De ahí que me metí en unas oposiciones y las aprobé. Pero, en mi caso, no fue la solución. Descubrí que hay cosas más importantes que esa idea de resolver tu vida. 

Manuel Vilas / @JMSANCHEZPHOTO

–Ha reflexionado mucho en su obra sobre España. ¿Madre o madrastra, qué opina? 

–Hemos exagerado mucho literariamente con la idea de España como madrasta; yo también. Miro a España durante unos meses al año desde Estados Unidos y la veo bien. Hemos tenido unos problemas gordos con la corrupción y la despreocupación de la política por sacar a la gente hacia delante. No existe el país perfecto, pero España está muy bien; tiene cosas que están muy bien. Un tren de alta velocidad en Estados Unidos no existe. Yo para ir de Iowa a Chicago, que son 300 kilómetros, tengo que coger un avión o un coche; no hay transporte público. Los americanos se quedan asombrados con el AVE. Los españoles deberíamos reeducarnos un poco más en las cosas que hemos conseguido como sociedad, que son bastantes. El afán de crítica, y hay razones sobradas para ser críticos, no debe hacer que nos olvidemos de lo que como sociedad hemos conseguido. Parece que estamos todo el día obsesionados con machacarnos y arruinar la idea positiva de España, pero no puede ser. Además, eso no ocurre en ningún otro país. No conozco uno que esté todo el día diciéndose qué malos somos, esto es una mierda, es horrible… En todo caso, están intentado mejorar, pero no abominar del país entero.  

–"Los españoles no somos buena gente entre nosotros", dice, precisamente, en Ordesa, donde vuelve a reflexionar sobre la existencia de una España cainita.  

–Históricamente es así. Nosotros hemos tenido una guerra civil, algo que no ha ocurrido en ningún país de Europa. Tenemos serios problemas de tolerancia. En la Transición se crearon las bases de la convivencia pacífica, pero últimamente la tolerancia está tocada en España. Porque tolerar al que es idéntico a ti es maravilloso, pero tolerar al que piensa diametralmente opuesto a ti es más complicado. Tú no puedes pedir que maten al que es distinto a ti; tienes que acostumbrarte a convivir con él. Y eso ocurre tanto en la izquierda como en la derecha. Cada una es intolerante con las cosas de la otra. Deben darse cuenta que es necesario generar espacios de encuentro porque, sin ellos, el país se hunde. Ya lo hizo en el 36. A mí me preocupa la falta de sentido común, que no es otra cosa que buscar el bien general, que es lo que hace que un país avance. En España, a veces, perdemos los papeles cuando es necesario buscar lugares de encuentro para salir adelante. 

–Entonces, ¿Cataluña es, a su juicio, un problema español?

–Voy más allá, incluso. Cataluña es un problema españolísimo; una españolada que no podría ocurrir en ningún otro sitio que no fuera España. Es un conflicto que ataca a la convivencia, que está seriamente dañada. Ser nacionalista es legítimo, es una opción democrática como salida política, aunque lo que ya no entiendo es cómo la izquierda se ha subido a ese carro porque no está en sus orígenes históricos, sociales e ideológicos. El nacionalismo nunca ha formado parte del carro de la izquierda. Es incomprensible cómo cierta izquierda española ve con buenos ojos el supremacismo y cómo aceptan que hayan dos clases de españoles, que unos vivan mejor que otros dependiendo de dónde vivan geográficamente. Y, como remate, el debate se ha agriado. No hay serenidad; ha quedado un debate violento, irracional, de sentimientos y así no hay manera de ponerse de acuerdo.

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