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Leopoldo Pomés / VANESSA MONTERO.

Leopoldo Pomés: "Eroticé a todo un país y lo hice conscientemente"

El fotógrafo barcelonés, Premio Nacional y uno de los creadores más revolucionarios de la publicidad en nuestro país, repasa su trayectoria vital en 'No era pecado', sus memorias

17.06.2019 01:00 h.
24 min

Leopoldo Pomés (Barcelona, 1931) fue galardonado en octubre del pasado año con el Premio Nacional de Fotografía. Los galardones, al menos en este país, siempre llegan tarde. Pomés ha dedicado toda su vida a la fotografía y a la publicidad, dos ámbitos que revolucionó por completo. Es uno de los nombres indiscutibles de la creación visual contemporánea catalana de la segunda mitad del siglo XX. Fotógrafo, publicista, cineasta, dibujante, poeta, empresario y gastrónomo, Pomés nos enseñó a mirar de otra manera. Nos encontramos con él días después de la concesión del premio y unos meses antes de la publicación de No era pecado (Tusquets/Edicions 62), su libro de memorias escrito con la colaboración de la periodista Lidia Penelo. 

–Querría empezar recordando su primera cámara de fotos, aquella Kodak que tenía su padre.

–En casa mi padre tenía una vieja Kodak de fuelle que él utilizaba muy poco, y que yo empecé a usar para hacer mis primeras fotografías; luego, al ver mi entusiasmo, me regaló una Kodak para mí. Era un modelo más moderno, con prisma, pero las primeras imágenes las tomé con esa vieja cámara de mi padre. La primera foto, que aparece en el libro, se la hice a mis padres en un viñedo que había delante de casa. Recuerdo que ya entonces pensé en cómo tenía que ser la fotografía para que mis padres salieran lo mejor posible. Podríamos decir que hice un poco de estilismo con las viñas y coloqué a mis padres en un lugar concreto, buscando la mejor de las fotos.

–¿Fue entonces cuando supo que quería dedicarse a la fotografía?

–No, por entonces todavía no lo sabía, si bien es cierto que fue en aquella época en la que empecé a hacer fotografías. Por ejemplo, en el libro aparece otra de mis primeras fotos, la que le hice a mi tía, que era una mujer a la que yo adoraba, pero que tenía mucho carácter. Un día iba con ella en el Metro de Barcelona; en cada parada, subía mucha gente, íbamos muy apretujados. Subía tanta gente que, en un momento dado, mi tía y yo nos separamos, ella estaba en un lado del vagón y yo en el otro. Pocos segundos antes de llegar a la parada en la que teníamos que bajar escuché el grito agudo de un hombre mayor. Al llegar a la parada y bajar del tren, vi como este hombre estaba completamente demudado, pero no entendía qué le había pasado. Mi tía, entonces, me cogió del brazo y me arrastró a toda prisa hacia la salida. Tenías que ver cómo corría mi tía, yo trataba de seguirle el ritmo y, a la vez, le preguntaba, “tieta, pero ¿qué pasa?”. Ya en la salida, “es un sinvergüenza”, me dijo señalándome al hombre del grito y sacando del bolso una aguja de hacer punto, que ella utilizaba cada vez que algún hombre la molestaba. “Tieta, pero esto debe hacer mucho daño”, le dije; “hace demasiado poco daño. ¡Ese sinvergüenza!” me contestó toda enfadada. 

–Todo un personaje, sin duda, pero ¿cuándo descubrió que quería dedicarse a la fotografía?

–Es una pregunta lógica, pero no sabría decirte exactamente cuándo fue. Diría que mi interés por la fotografía está muy ligado a mi trabajo como publicista y, en parte, también al hecho de que fuera un pésimo estudiante. Mi padre no estaba nada contento con mis resultados y la fotografía me permitió mostrarme útil y ganar algo de dinero, cuando tan solo tenía dieciséis o diecisiete años. Mis primeros trabajos los realicé junto con unos amigos, con bastantes posibilidades económicas, con los que había hecho alguna proyección de cine y con los que fundé la revista Grúa. Entonces empecé a salir con la Karin; siempre que salíamos, iba con la cámara de fotos, pues la quería fotografiar constantemente.

Recuerdo que, en una de nuestras primeras citas, fuimos a pasear por el rompeolas de Barcelona. Era por la tarde, ella se asomó para ver el mar, que ese día estaba bastante agitado; por el rabillo del ojo, vi, a lo lejos, a unos hombres, completamente vestidos de negro, que se acercaban. “No te muevas ni un milímetro”, le dije de inmediato a Karin, “no te muevas” y, justo cuando estos hombres estaban a punto de alcanzarla, hice la foto. Quedó muy bien, porque tuve la suerte de conseguir que en un mismo plano se vieran tanto a ellos como a ella; su sombra no llegó a tapar a Karin, apreté el botón de la cámara justo a tiempo. Algunos dirán que es sabiduría, pero no. Fue suerte, magia. 

Leopoldo Pomés / VANESSA MONTERO.
Leopoldo Pomés / VANESSA MONTERO.

–Siendo muy joven, se entusiasmó por la pintura de Modest Urgell, se relacionó con el grupo de Dau al set y conoció a Picasso. ¿Qué influencia tuvo la pintura en su concepción de la fotografía?

–Yo diría que, más que la pintura, lo que realmente ha influido en mi fotografía es mi pasión por mirar. En esto soy muy pesado, miro mucho, estoy siempre mirando todo lo que me rodea. Durante un tiempo trabajé para un hombre que tenía una librería en la calle Vergara. Era un hombre muy amable y, al ver que yo era un aficionado a la fotografía, me invitó a su casa, donde tenía un laboratorio fotográfico. Allí es cuando me apasioné por la magia de la fotografía. No sabes lo que es ver aparecer en una hoja en blanco la imagen que tú has captado con el objetivo de tu máquina. Es algo único. De inmediato, volví a casa y me monté mi propio estudio de revelado. Recuerdo cómo mi padre se levantaba por las noches al escuchar mis gritos de entusiasmo cada vez que veía aparecer las imágenes en aquellas hojas en blanco. Diría que ni los escultores, ni los pintores, ni ningún artista tiene la posibilidad de ver cómo se va formando delante de ti aquello que acabas de crear, cómo en una hoja en blanco, completamente virgen, aparece de la nada tu creación. 

–En todas sus fotografías la luz es muy importante. 

–Sí, la luz ha sido siempre muy importante en mi vida y, todavía hoy, lo sigue siendo. En mi casa del Ampurdán tengo un billar, que está tapado con una especie de sábana blanca, sobre la cual cae la luz de la mañana entre las rendijas de la persiana. Cada mañana, cuando me levanto, observo esa luz sobre la sábana que cubre las bolas de billar, que, a su vez, sobresalen por debajo, y siempre me dan ganas de fotografiar aquella estampa y muchas veces lo hago.

–Así que sigue haciendo fotos.

–Sí, sigo haciéndolas y, de hecho, me gustaría comprarme una nueva cámara, porque la que tengo no me convence.

–En su libro habla mucho del grupo del Dau al set, entre los cuales cabe destacar a Joan Brossa, a quien describe como un hombre muy complicado.

–Es que lo era. Venía casi cada día a casa y cada vez que mi tía lo veía entrar exclamaba: “¡Mare meva! Ya tenemos aquí a este bruto”.  Brossa vivía en la calle Muntaner, en casa de sus tías, que pagaban a un barbero, que tenía su local en la calle Alfonso XII, para que, cada vez que lo viera pasar lo cogiera y lo afeitara. A Brossa le gustaba mucho la música, así que venía por casa, siempre después de haber sido afeitado por el barbero, porque mi padre tenía un magnífico equipo musical, era un gran aficionado. De hecho, recuerdo que, siendo niño, iba con él cada domingo a los conciertos matinales que daban en el Liceo. Volviendo a Brossa, venía a casa y, luego, se pasaba por su estudio, que estaba en la esquina de Travessera de Gràcia con Balmes. Brossa tenía una gran cualidad que solamente he vuelto a encontrar en Rosa Novell: la de recitar poemas. Los dos eran un diez recitando, algo que no puedo decir de muchos otros. Recuerdo haber escuchado a Neruda y quedarme espantando, en cambio, Brossa era buenísimo. 

Leopoldo Pomés junto a Karin Leiz, su mujer y una de sus musas /POMÉS LEIZ
Leopoldo Pomés junto a Karin Leiz, su mujer y una de sus musas /POMÉS LEIZ

–Un punto de inflexión en su carrera fue la exposición en las Galerías Layetanas.

–Esta exposición supuso un cambio radical en mi vida: pasé de no ser nadie a ser alguien. Como te decía, yo era un estudiante pésimo y gracias a esta exposición demostré lo que sabía hacer y fui reconocido por ello. Recuerdo perfectamente algunos de los artículos elogiosos hacia mi exposición escritos por gente que admiraba, como Néstor Luján, Perucho o Cirlot. Entre todos, destaco a Cirlot, que fue particularmente generoso conmigo y, en parte, hizo posible la exposición. Al ver mis fotos el dueño de la galería, Josep Gudiol, no quería exponerlas; Gudiol era un hombre con un gran prestigio dentro del mundo de la pintura y consideró que mis fotos no merecían ser expuestas, que no eran acordes con la línea de la galería.

Te puedes imaginar cómo me sentaron las palabras de Gudiol; yo, que estaba tan ilusionado con la que creía que sería mi primera exposición, pasé del cielo al infierno. Afortunadamente,  tras hablar con sus hijas, Gudiol decidió pedir consejo a Cirlot y le sugurió que se acercara a la galería para ver las fotos. Cuando lo vi, me impresionó mucho: era un hombre alto, con ojos y labios enormes, una gran caja torácica… Era un hombre que imponía mucho. Comenzó a recorrer la galería y ante cada foto se detenía y decía “genial”. Gracias a su entusiasmo la exposición finalmente se realizó y mi vida cambió radicalmente. 

–Si hablamos de gente que le ha impactado, no podemos no citar a Picasso.

–Sin duda. La primera impresión que tuve al encontrarme con él es de tener delante a un ser de película. Llevaba un jersey rojo o amarillo, no recuerdo bien, y su imagen era la del típico hombre mediterráneo. Conseguí retratarlo y, además, retraté también su estudio, en el que no hacía falta que él estuviera para que se notara su presencia. Todo el estudio aludía a Picasso. 

–Finalmente usted consiguió retratar a Picasso, a pesar de que Pere Portabella y Cuixart, con quienes viajó a visitar al artista, le dijeron que no lo hiciera. 

–Pasados los años, comienzo a pensar que la culpa de todo la tuvo Portabella, que empezó a calentarle la cabeza a Cuixart, diciéndole que no tenía que sacar la cámara, pues sería invadir la intimidad de Picasso, que nos recibía en su casa. Cuando estábamos en el coche, Portabella nos dijo que no la sacáramos y, a pocos kilómetros de llegar, Cuixart volvió sobre el tema e hizo énfasis en que Portabella tenía razón, que era mejor que no se me ocurriera sacar la cámara, que no era la situación apropiada para hacerlo. Y, sin embargo, al llegar, no habían pasado cinco minutos cuamdo Cuixart sacó su cámara y comenzó a hacer fotos. 

–También retrató a Cortázar.

–Era un hombre bastante especial. Yo me moría de ganas de retratarlo. Lo conocí en el FlashFlash, el restaurante que abrí por los años setenta, el mismo día en que también conocí a Gabo [García Márquez]. Le preparé una mesa completamente blanca y le hice sentar delante de mi objetivo. Sobre la mesa no había nada, solamente otra cámara, que dejé ahí apoyada por si se terminaba el rollo que estaba usando y necesitaba cambiarlo. Hice las fotos tal y como quería y, al terminar, él cogió la cámara que estaba sobre la mesa y comenzó a hacerme fotos. Yo estaba ahí delante y no sabía qué hacer, me quedé descolocado. Él no dejaba de hacer fotos, una tras otra. Así que puedo decir que fui retratado por Cortázar. 

–Manuel Vázquez Montalbán dijo en una ocasión que usted erotizó a todo un país. 

–Sí, eso dijo y tenía toda la razón: eroticé a todo un país y lo hice conscientemente. En este sentido, el anuncio del Brandy Terry supuso un antes y después. Nunca olvidaré el día en que conocí a Margit Kocsis: iba en coche con Karin por los alrededores de Castelldefels y, de repente, nos encontramos, en una callejuela de casas bajas, con Margit montando a caballo. El día siguiente, volví por aquellas mismas calles para buscarla y conocerla. La convertí así en la protagonista de la campaña de Terry; me fascinaba aquella mujer montando ese increíble caballo blanco; lo montaba sin silla, nunca la utilizaba y, como consecuencia de esto, un día, tras muchas horas de filmación en Sevilla, donde hacía muchísimo calor, Margit me pidió descansar, no solo estaba agotada, sino que tenía los muslos completamente llagados. 

–Si hablamos de Margit, también tenemos que citar a Nico, otra de sus musas.

–Sí, la mujer siempre ha sido una musa para mí o, por lo menos, siempre me ha inspirado más que el hombre. Margit, Nico y, obviamente, Karin…fueron tres musas maravillosas. 

–Erotizó a esa España católica del franquismo y, como dicta el título de su libro, lo hizo consciente de que el pecado no existe.

–La idea de que no hay un pecado la saqué de la teoría hedonista. Cuando leí, hace ya mucho tiempo, qué se entiende por hedonismo y cómo se definía, vi que el concepto de hedonismo me liberaba completamente de la idea del pecado en cuanto se presentaba como una doctrina que busca el placer.

–De la mano de Freixenet revolucionó el mundo de la publicidad: convirtió los anuncios en auténticas películas.

–Sí, esa era la idea. Pero como digo esto, también tengo que decir que los de Freixenet se comportaron muy mal conmigo; me decepcionaron por completo, pero bueno, paciencia, fue así y ya está. De lo que no hay duda es que la figura de las burbujas de Freixenet llamó muchísimo la atención y, de hecho, llegó a publicarse en los periódicos que estábamos buscando chicas para que hicieran de burbujas. Al cabo de una semana como mucho de la publicación del anuncio, recibimos más de mil cartas provenientes de toda España; tuvimos que habilitar varias mesas en las que depositar todas las cartas, para estudiarlas una a una antes de seleccionar a las chicas. Tal fue el éxito que en Valencia forraron un autobús con fotos de las burbujas Freixenet que recorría toda España. 

Leopoldo Pomés, posa ante los periodistas gráficos /POMÉS LEIZ
Leopoldo Pomés, rodeado de periodistas /POMÉS LEIZ

–En su libro, de todos los artistas que participaron en los ya históricos anuncios, a quien recuerda con más admiración es a Gene Kelly.

–¡Sin duda! Era un diez total, como también lo fue, tiempo después, Pierce Brosnan, aunque en el anuncio no se exhibió tanto como Kelly, que demostró todo su talento para el claqué, que es un baile nada fácil. Recuerdo que cuando montamos el vídeo nos dimos cuenta de que no había ni tan solo un paso de baile que no estuviera sincronizado con la imagen. Esto solo lo podía hacer Kelly. Yo probé a hacer claqué, tuve, incluso, una profesora y te puedo decir que no hay baile más complicado. Pero, más allá de sus dotes como bailarín, Kelly era un diez en todo, empezando por el agente que tenía. Normalmente los agentes de los artistas son todos unos cabrones, pero no era el caso de Kelly, con quien me encontré en el Ritz de Barcelona. Nada más verme entrar se levantó para saludarme; fue muy amable. Lo llevé a una sala de proyección para que pudiera ver los anuncios que habíamos hecho y, al terminar la proyección, me dijo que él no podía hacer el anuncio. Imagínate cómo me quedé.

–¿Qué razón le dio?

–Me dijo que en España no había suficientes mujeres capaces de bailar en un anuncio como el que queríamos hacer, así que nos propuso bailar él. ¡Se abrió el cielo! 

–Una fecha señalada en su carrera dentro de la publicidad es el 1982 con el Mundial de Fútbol.

–Creo que hice un buen trabajo, eso sí, costó mucho. ¿Recuerdas la ceremonia de inauguración? Había un niño que salía al campo con una pelota en la mano de la cual salía una paloma blanca. Durante los ensayos la paloma, en lugar de echar a volar, salía de la pelota y se apoyaba en el césped. Estábamos desesperados, no sabíamos qué hacer. La idea era mía, quería que la inauguración fuera todo un espectáculo y, de hecho, había propuesto que el campo de fútbol fuera como una enorme pantalla de televisión en la que se proyectara todo el espectáculo. El niño con la pelota tenía que ser el símbolo del mundial y, finalmente; afortunadamente, a pesar de los ensayos fallidos, el día de la inauguración, el niño abrió la pelota y la paloma se echó a volar. Recuerdo ver a Pelé, en la tribuna, llorando de la emoción. 

–Otra fecha señalada, como publicista y como hombre de Barcelona, fue el 1992 con los Juegos Olímpicos

–Como barcelonés, los juegos olímpicos fueron emocionantes. Fue un privilegio formar parte de aquello.