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El filósofo Javier Gomá, en la Fundación Juan March / YOLANDA CARDO.

Javier Gomá: "Lo genuino del arte y la educación es que no tienen precio"

El filósofo vasco reclama que la vida política sea entendida en España como un espacio de verdades relativas y cuestionables que tienen que ver con la convivencia

30.09.2019 00:05 h.
26 min

Con la Tetralogía de la ejemplaridad (Taurus), un proyecto filosófico que se prolongó durante más de un decenio a través de los ensayos Imitación y experiencia, Aquiles en el gineceo, Ejemplaridad pública y Necesario pero imposible, Javier Gomá, filósofo y director de la Fundación Juan March, se convirtió en uno de los pensadores de referencia en España. Ahora publica Dignidad (Galaxia Gutenberg), un libro dedicado a analizar este concepto cultural al que la filosofía nunca ha prestado excesiva atención, y con el que el filósofo vasco pretende llenar un vacío en la historia del pensamiento.

–La idea de dignidad siempre ha estado presente en sus escritos, aunque el concepto de ejemplaridad ha tenido mayor protagonismo. ¿Qué relación hay entre ambos?

Ejemplaridad y dignidad son conceptos próximos, pero distintos. Mi acercamiento al primero ha sido ontológico y pragmático. He intentado arrojar luz sobre el problema del ser, entendiéndolo como aquello propio de la realidad que la hace inteligible. La verdad es el universal concreto del ejemplo. La perspectiva pragmática tiene que ver con la propuesta de un ideal. La dignidad no es ajena a estos dos acercamientos al concepto de ejemplaridad ni al propio concepto, que no existe como tal en el ámbito latino, donde era uno de los elementos del decorum que, a su vez, es un concepto que, como sucede en Cicerón, se anuda al de dignidad. Por tanto, existe un aire de familia.

¿Cómo definiría el concepto de dignidad?

La dignidad, tal y como yo la entiendo después de la transformación moderna del siglo XX, más que un ideal se trata de una cualidad que todo hombre y toda mujer posee por el hecho de serlo y que los coloca en una posición de acreedores con respecto al resto de la humanidad. Y la humanidad, por su parte, le debe algo a ese poseedor de dignidad y ese algo es el respeto. 

¿No hay ejemplaridad sin dignidad?

No, no la hay, aunque con matices. La ejemplaridad en cuanto a deber ser puede ser desmentida o traicionada, mientras que la dignidad es algo que uno posee, aunque su comportamiento sea indigno. Todos tenemos dignidad, pero no todos somos ejemplares. El más perverso, el más vil y el más degradado de los hombres o de las mujeres podrá desmentir su dignidad con su comportamiento indigno, pero nunca la anulará ni cancelará. Esta es una diferencia importante con respecto a la ejemplaridad, que es un ideal que si no lo cumples queda anulado en cuanto no se realiza materialmente. 

El filósofo Javier Gomá, en la Fundación Juan March / YOLANDA CARDO.

En Aquiles en el gineceo reflexionaba sobre el paso del estadio estético al ético. ¿La dignidad aparece en el estadio estético con la conciencia del yo?

Aquiles en el gineceo cuenta la historia de una formación individual, de cómo en el camino de la vida un individuo pasa del estadio estético, donde se posee a sí mismo y es eterno, pero no tiene individualidad, al ético, donde es mortal, sustituible y está enajenado por la imposición de un deber, pero en esta alienación encuentra su individualidad. Este es el camino subjetivo que realiza el individuo para acceder a la objetividad de la vida social, representada por el estadio ético. Desde el punto de vista de la dignidad, en el estadio estético, el hombre y la mujer adquieren conciencia de su dignidad infinita, en cuanto es el momento de la autoconsciencia. Luego, en el estadio ético, adquieren conciencia de que paradójicamente, siendo poseedores de una dignidad infinita, estamos abocados a la indignidad de destino, al sepulcro funerario. Todo hombre posee esta dignidad, que ha dejado de depender de los determinantes [raza, clase, género, profesión…] que en el pasado establecían distintas dignidades. Ahora solo hay una dignidad, es abstracta y se emancipa de cualquier determinación.

¿Para ser conscientes de que nuestra dignidad es compartida es necesaria la socialización, salirse del yo?

Yo diría que sí. Tener conciencia de la dignidad infinita ha sido la gran lección del Romanticismo, que fue cuando nació la subjetividad y, por tanto, cuando el hombre despertó a la dignidad de su propio valor sin necesidad de que nos sea otorgado por el cosmos o la sociedad. Ahora bien, esa conciencia de dignidad de valor infinito está en parte lastrada por el exceso de subjetividad romántica y se podría tender, y se ha tendido históricamente, hacia nuevas formas de aristocratismo. Lo típico del Romanticismo es la idea de que existe una minoría que se representa a sí misma en contraposición a una sociedad burguesa, filistea, de mercaderes, ignorante del talento, de la embriaguez y de la infinitud del arte. Este es el esquema típicamente romántico. Lo que pasa es que en el siglo XX alcanzamos un aristocratismo de masas: ese primer aliento romántico y aristocrático de la autoconciencia se ha generalizado a todo el mundo. Ahora, no solo una élite privilegiada es consciente de su dignidad infinita, sino que esta es un atributo abstracto de todo hombre y mujer por el hecho de serlo. 

Que alguien que comete un acto indigno sigue manteniendo su dignidad es un principio jurídico básico. 

Es un principio que el derecho ha intuido antes que la filosofía. Incluso al ser más abyecto del planeta se le reconoce una dignidad por la cual tiene unos derechos en todo proceso judicial. Esta idea muestra la inversión del proceso natural según el cual se enuncia un concepto por parte de la filosofía y, más tarde, el contenido de dicho concepto es asumido por una colectividad. En el caso de la dignidad no ha ocurrido así: existe una evidencia colectiva, sobre todo a partir de las dos guerras mundiales. Y esta evidencia ha ido generando imperativos sobre todo en el campo del derecho, pero que han quedado pendientes de pensar. No digo que no haya libros sobre la dignidad; hay más de un título sobre dignidad aplicada, pero hasta donde yo sé es un concepto pendiente de definir, de ser tematizado filosóficamente. Y esto es una anomalía.

El filósofo Javier Gomá, en la Fundación Juan March / YOLANDA CARDO.

Ferrater Mora no lo incluyó en su diccionario filosófico.

Me llamó mucho la atención. En la historia de la filosofía apenas aparece el concepto de dignidad. Tienes que ir a Cicerón, a Santo Tomás, a Alejandro Magno… pero lo que encuentras principalmente es un acopio de citas. 

Usted ha dicho que los intelectuales han asumido los postulados posmodernos, contrarios a la tradición y la modernidad. ¿La aceptación de estos postulados implica que la dignidad no despierte interés? 

Si te sitúas en una época que asume unos postulados, quedarás atrapado por sus límites sobre lo que es digno de pensar. Desde Kant se ha hecho filosofía crítica para desenmascarar las falsedades o las incorrecciones de la tradición filosófica anterior. A partir de Marx se hace además una filosofía de la sospecha: la cultura, instrumento de civilización, es vista como dominación y se considera que la función de la filosofía no es iluminar el proceso de civilización sino desenmascarar esta dominación oculta. Este planteamiento se hace más extremo en la posmodernidad, que lleva su crítica no solo a la dominación social y a la cultura vigente, sino también a sus fundamentos. Pensemos en Heidegger o Derrida: se considera que toda la cultura, desde Platón, estaría viciada por una falsedad o por una mentira desde sus fundamentos. Esta idea produjo una literatura brillante y lúcida, pero más liberadora que creadora: nos libera de opresiones, pero no crea. La dignidad, que es un concepto carismático, transformador, revolucionario y positivo, es invisible para los postulados de la filosofía hipercrítica. La dignidad se convierte en una no pregunta. Para la posmodernidad no existe. 

Es interesante que subraye el valor creador de la dignidad. En su libro defiende que la dignidad reside en las obras artísticas, en la creación. 

Y también en la autocreación personal, que es la subjetividad. El capítulo en el que reflexiono sobre las distintas acepciones de cultura está inspirado en el antagonismo entre dignidad y precio, aquellas acciones y realidades que son sustituibles por algo equivalente, que tienen precio, y aquellas que se hacen por enamoramiento de la cosa misma. Evidentemente, esto no quiere decir que estas últimas no sean susceptibles de tener un precio, pero en origen se hacen por un enamoramiento de su propia perfección. La educación, no solo debe crear ciudadanos capaces de producir, sino conscientes de su dignidad no sujeta a precio. En esta educación de la dignidad como cualidad inexpropiable, incanjeable y que nos hace poseedores de algo no sujeto a precio, las obras de arte son extremadamente pedagógicas. Nadie hace una obra de arte que verdaderamente merezca ese nombre con el objetivo de ponerle un precio. No digo yo que Picasso no fuera, al final, el principal mercader de sus obras, pero las hacía por el placer de jugar, por el enamoramiento de las formas y de los colores, por los placeres de la imaginación, por la dignidad de la obra que tiene en su cabeza. Esto es lo genuino de la obra de arte y de la educación: no tienen precio.

––Sin embargo, vivimos en un momento en el que la creación está sujeta a su mercantilización. 

No soy purista y no impugno determinadas estrategias.Comprendo perfectamente que la industria cultural sea sustancialmente industria y, por tanto, tenga como objetivo fundamental el lucro. Como dice Max Weber, lo que mueve la economía es la aspiración al enriquecimiento y toda industria, también la cultural, tiene su propia organización. Hasta hace cincuenta años era relativamente pequeña y daba más espacio a la dignidad, porque se dirigía a una clase ilustrada de ámbito nacional. Pero desde hace cincuenta años en Estados Unidos y treinta en España se han producido dos fenómenos: la alfabetización generalizada y la mundialización del mercado lector. Esto hace que, hoy en día, un libro como Harry Potter pueda convertirse en un éxito mundial para todas las clases sociales. Si existe una novedad en los últimos decenios esta es la colonización total de la cultura por la industria, imponiendo en muchos casos una racionalidad que conduce a una cierta mistificación.

El filósofo Javier Gomá, en la Fundación Juan March / YOLANDA CARDO.

¿Qué entiende por mistificación?

En la misma mesa de novedades pueden coincidir un libro que representa la expresión suprema del amor por la dignidad, una nueva traducción de las Elegías de Duino, por ejemplo, con un producto generado por una editorial conforme a unas encuestas sobre el gusto de los lectores que lleva la firma del hombre del tiempo del telediario. Estos dos libros pueden estar en la misma mesa de novedades, compartir editorial y distribuidor e  incluso coincidir en la misma página de un suplemento cultural. ¿Algo en contra de los superventas? Nada. Lo que comento es que se produce una cierta mistificación entre dos productos que, aunque tienen el mismo soporte, son de naturaleza contrapuesta. 

Su reflexión evoca planteamientos de Ortega y Gasset…

Ortega es un grande, pero no es un filósofo genial. Si distinguimos entre genio y talento, diría que Ortega no es un autor de genio, pero sí de un talento extraordinario.

¿Cuál es la diferencia?

El genio tiene ideas nuevas, el talentoso presenta estas ideas de una manera brillante, profunda, lúcida. Ortega es el gran educador. Es lo que fue Voltaire y Rousseau para Francia o Goethe para Alemania. Yo lo cito con frecuencia para reivindicar el legado español. Sin embargo, le hago dos objeciones frontales, recriminándole que fuera ciego ante dos de las grandes creaciones del siglo XX: la mortalidad y la igualdad. Su concepto de vida es una vida infinita que apenas conoce la muerte. La vida como exuberancia, no como tragedia o como absurdo. Y él no vio la igualdad. Cuando en 1921 escribe La España invertebrada y hace su primer esbozo de su teoría aristocrática de la minoría selecta, Ortega piensa que está diciendo algo novedoso y, sin embargo, está reiterando la estructura social que existe desde el origen de los tiempos.

Lo primero que ocurrió cuando dos hombres se encontraron en medio de la selva es que uno empezó a mandar y otro a obedecer. La sociedad ha sido jerárquica, autoritaria, elitista y aristocrática desde el origen de los tiempos y empezó a dejar de serlo justo cuando Ortega plasma en sus libros su teoría del elitismo. Esto le lleva a no prestar atención ni a la igualdad ni a la vulgaridad, concepto muy importante. En contraposición a Ortega, planteo el concepto de mayoría selecta: no existe una minoría destinada a la excelencia y una sociedad abocada a la docilidad, término que utiliza Ortega. Todo hombre y toda mujer están llamados a la excelencia. La tensión entre excelencia y vulgaridad no define dos campos de la sociedad: en todos hay una llamada a la excelencia y a la vulgaridad. La vulgaridad es la hija fea de dos padres hermosísimos, pero no hay que despreciarla, sino educarla. 

¿Existe relación sobre la necesidad de educar a la vulgaridad y la dignificación del estilo?

Yo soy un firme partidario de los frutos que nos ha dado el Romanticismo igual que soy partidario de la adolescencia y de la juventud. Sin embargo, pensando en el estilo y en la literatura el Romanticismo apartó el principio horaciano de instruir deleitando, afirmando que lo importante era la subjetividad, la sinceridad y la espontaneidad. Desde el punto de vista de los temas literarios, el Romanticismo implica una exaltación de lo nuevo y lo distinto con respecto a una tradición que se ve anticuada porque exaltaba la virtud a la que se le combate con un interés por lo abyecto. 

Hoy nos encontramos con literatura que explora los lados más turbios y oscuros de la personalidad con la desfachatez de quien tiene derecho a hacerlo, y debe hacerlo, porque es una manera de exaltar esa autenticidad que habían quedado ocultas en la tradición anterior al Romanticismo. Por lo que se refiere a la forma literaria, esta espontaneidad lleva a un cierto naturalismo sin arte, a una espontaneidad que no obedece a ninguna regla. El Romanticismo produce una revolución que yo aplaudo, pero que ha terminado por perder su carácter emancipatorio y ha dado lugar a una cultura audiovisual, sin reglas, y un arte que tiende a la vulgaridad. Fíjate en la dificultad que tienen los novelistas modernos a la hora de escribir diálogos: si tratan de ser verosímiles, les es muy difícil no incurrir en una vulgaridad extrema; si tratan de convertir en artístico el diálogo, corren el riesgo de sonar pedantes. Esto se ve todavía más en el teatro, donde uno esperaría una expresión del arte que fuera artificio. 

El filósofo Javier Gomá, en la Fundación Juan March / YOLANDA CARDO.

Todo arte es siempre artificio.

Claro, porque el término artificio viene de arte. Nadie habla como los personajes de Homero, Shakespeare, Calderón o Schiller. Hoy se huye de este artificio. El naturalismo rampante, avalado por el imperio de lo audiovisual, conduce a una vulgarización extrema en los temas y la forma de la literatura. Reivindico la recuperación del estilo elevado, que no es ni el pomposo ni el pedante, sino, como decían Fray Luis y Juan de Valdés, una prosa natural, pero selecta. El estilo elevado no es otro que el vulgar ilustre de Dante. El lenguaje que nosotros utilizamos, al que se le aplica un criterio artístico que, sin perder la naturalidad, lo acerca a la poesía y la belleza. 

–¿Esta espontaneidad romántica está detrás del auge de la escritura del yo?

Sin duda, pero el problema no esta tanto la escritura del yo, cuando la manera en que se habla desde ese yo. No es necesario caer en lo vulgar. Se puede hablar desde el yo de una manera nada espontánea. Piensa en las Confesiones de Rousseau o en Poesía y verdad de Goethe, dos obras que fundan la subjetividad moderna, por no mencionar a San Agustín y a Montaigne, y que están escritas con un arte formidable. Están sujetas a una reflexión, a una medida y a unas reglas que las embellecen enormemente. Nada que ver con esa escritura semiautomática,que, en su día, fue una santa desfachatez, pero que hoy ya no tiene razón de ser. Por no hablar del surrealismo, que es la exaltación poética de la espontaneidad. Tenía sentido en los años veinte, pero en 2019 esa espontaneidad tiene muchas probabilidades de ser una vulgaridad muy poco ilustre. 

Ahora se discute mucho la Transición. Usted sostiene que en esos años España adquirió su dignidad.

No puedo decir que toda la historia de España hasta 1975 fuera indigna, pero sí que la historia de la Transición de España a la modernidad ha sido una historia sincopada, torturada y que cuando se alcanzó la mayoría de edad absoluta fue con la Transición. Aunque formalmente fue un paso de la ley a ley, en su contenido, la Transición fue una revolución en toda regla. Implicó lo que le es propio de una revolución: el traslado de la soberanía de unas élites al pueblo. En 1975, la soberanía residía en un jefe de Estado que había heredado unos poderes desorbitantes del anterior. En 1978 la soberanía pasa al pueblo gracias a la decisión del jefe de Estado. La adquisición de la mayoría de edad por parte de España fue tardía en comparación a otros países, pero fue mejor. A diferencia de lo ocurrido en Alemania, Francia o Inglaterra, fue una transición pacífica. 

El filósofo Javier Gomá, en la Fundación Juan March / YOLANDA CARDO.

¿Comprende que algunos hablen de violencia para referirse a la Transición?

Se puede decir que en esos años hubo muertes, pero no que los que redactaron la Constitución fueran sus causantes. El autor de uno de los libros críticos es Ignacio Sánchez Cuenca, director de nuestro centro de sociología y alguien que tiene todo mi respeto intelectual. He hablado con él de este tema más de una vez y mi opinión es que la Transición se desarrolló en un escenario de tensión en el que hubo muertos, pero, repito, la obra maestra de la Transición se produjo sin muerto alguno. 

Si la Transición fue cuando alcanzamos la mayoría de edad, ¿en qué momento estamos ahora? Se hace difícil pensar que hemos alcanzado la edad adulta.

Una cosa es la mayoría de edad como país democrático y otra que, en ciertos aspectos, estamos dando nuestros primeros pasos y seamos todavía un bebé democrático. La épica fue la época de la Transición; luego vino la lírica de la Movida y, por último, la prosa del día a día, que es la que define nuestro tiempo y es más difícil de soportar que la épica o la lírica al tener que soportar el tedio de ser ya modernos y no ser felices. Es un ejemplo de vulgaridad responsabilizar a otros cuando nos ocurre algo, pero es lo que hacemos al proyectar esta responsabilidad en los poderes públicos, a los que vemos como si tuvieran la obligación de hacernos felices. Ignoramos que la política es el lugar de las verdades penúltimas: el lugar de las verdades relativas y cuestionables que tienen que ver con la convivencia. Por eso me dan tanto miedo los moralistas. Los principios y las ideas claras deben estar en el corazón; en el ámbito público debe haber verdades relativas susceptibles de deliberación. Ojalá hagamos de la política y del ámbito público el lugar de las verdades penúltimas y reservemos las verdades últimas –los principios, las creencias, las ideas claras y escatológicas– al ámbito estrictamente privado.