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Felipe Benítez Reyes: "Los humoristas a secas suelen tener muy poca gracia"

El escritor Felipe Benítez Reyes / JM.SANCHEZPHOTO

Veinte años después de la publicación de 'El novio del mundo', novela de culto, Felipe Benítez Reyes reflexiona sobre el papel del humor en la literatura

25.06.2018 00:00 h.
9 min

Premio de la Crítica y Premio Nacional de Poesía, entre otros reconocimientos, Felipe Benítez Reyes es autor de novelas como Mercado de espejismos (Premio Nadal) y de libros de poemas como El equipaje abierto o Las identidades. Ha publicado además relatos, ensayos, artículos... Acaba de publicar un nuevo libro de poemas y una colección de textos, todos los que ha dedicado a Pessoa, acompañados por sus propios collages. Reside en Rota (Cádiz), su pueblo natal. 

–Coleridge y su suspensión voluntaria de la incredulidad tienen en El novio del mundo un monumento. ¿Cómo se consigue prolongar un absurdo durante tantas páginas? 

–En una novela el absurdo puede sistematizarse. Imagino que igual que en la vida. Al fin y al cabo, el relato de cualquier existencia tiene mucho de novela estructuralmente disparatada, de historia sin pies ni cabeza, a pesar de que nos empeñemos en atribuir una coherencia narrativa a nuestro deambular por aquí, por el mundo. Somos una suma de episodios inconexos. Una novela fragmentaria. Nuestra conciencia fluctúa, es cambiante, acomodaticia y contradictoria. La identidad es un concepto gaseoso, muy poco estable.

–¿Por qué en la literatura tiene tan pobre reputación el humor?

–No creo que sea para tanto. El prestigio de la literatura​ solemne suele ser de puertas para afuera, porque a casi nadie le gusta que le fastidien el día, y la literatura con afanes de solemnidad suele ser un aburrimiento. En cuanto al humor, ahí están Cervantes, Chaucer, Nabokov, Chesterton, Rabelais, Twain, Borges, Quevedo, Monterroso, Swift, Martin Amis… Tantísimos otros…  El humor suele ser un buen conservante para la literatura. En contra de lo que suele ser habitual, al humorista creo que le conviene contar con un adjetivo: humorista moralista, humorista pesimista, humorista vitriólico, humorista racionalista…

Lo malo es tal vez que se quede en humorista a secas, porque los humoristas a secas suelen tener muy poca gracia. Si lees una novela humorística como Don Clorato de Potasa, por ejemplo, te pones al borde de una depresión. En literatura, el humor me interesa, como lector y como autor, cuando es un vehículo, no un fin en sí mismo. No escribo novelas de humor, sino novelas en las que hay golpes de humor como consecuencia de un proceso de reducción al absurdo, ya sea de una situación o de un razonamiento. En literatura resulta muy difícil hacer reír sin caer en el chiste, igual que resulta muy difícil hacer llorar sin recurrir al melodrama. El humor sirve para llegar a otro espacio que no es el del humor. Especialmente, resulta idóneo para poder escribir cosas metafísicamente aterradoras, por ejemplo. Al menos, así lo entiendo y así procuro aplicarlo a lo que escribo. 

Benítez Reyes / @JMSANCHEZPHTOTO

–Tú has sido siempre defensor de un escritor agudo e hilarante como Jorge Ibargüengoitia. ¿Alguna otra recomendación en esa línea?

–Pues a ver… Por no salir del ámbito mexicano, Juan José Arreola, por ejemplo. No es que te partas de risa con sus escritos, pero el sustrato de su obra es de esencia humorística. Es decir, con un punto de apoyo en el sinsentido del vivir.

–Has escrito que Walter Arias, el protagonista de El novio del mundo, tiene muy poco que ver contigo, aunque muchos busquen los tres pies al gato de lo autobiográfico.

–Eso parece inevitable. Hay mucha gente que desconfía de la capacidad de fabulación de los profesionales de la fabulación, de modo que a todo le atribuyen un sustrato autobiográfico, así escribas Drácula o Frankenstein. Según parece, cuesta trabajo imaginar que los demás imaginen. Cuando lo de El código da Vinci, por ejemplo, hubo mucha gente que no la leyó como una novela descabellada, sino como una revelación teológica según la cual la descendiente directa de Jesucristo era una funcionaria del cuerpo de policía de París. A veces, los mecanismos intelectuales de la población adulta pueden ser maravillosos.

Benítez Reyes / @JMSANCHEZPHTOTO

-¿Qué semejanzas y diferencias tiene El novio del mundo con la reciente El azar y viceversa? Lo digo porque tú eres amigo de espejos y correspondencias.

Creo que son similares en su estructura, ya que ambas están acogidas al patrón básico de la novela picaresca, aunque me gustaría pensar que los personajes son muy diferentes, ya que en esencia se trata de eso: de novelas de personaje. El tono de una y otra me parece que son complementarios, pero no homogéneos. Lo que Walter tiene de autosuficiente, de divagatorio, de charlatán y de excesivo, el Rányer lo tiene de perplejo, de apocado, de asustadizo y de prudente. En El azar… creo que piso un territorio más ceñido a una convención de realidad. El novio… tiene algo de burbuja fantasiosa, en buena parte porque el pensamiento del protagonista-narrador deambula por unos territorios muy exóticos del pensamiento.

–La reedición incorpora, al final del libro, un texto en el que se explica cómo surgió la novela, y hablas de la extrañeza que te causa ahora, como si fuera cosa ajena. ¿Te sucede con el resto de tu obra? ¿Relees mucho, propio o ajeno?

Algunas cosas ajenas las releo, sí. Sólo releo algo propio cuando no tengo más remedio, porque sólo ves los defectos y las torpezas. Tengo muy mala memoria para lo que escribo, supongo que por necesidad de depurar la memoria, ya que resulta un poco incómodo vivir con el recuerdo de los hechos de tu vida real y con el recuerdo de tus ocurrencias imaginarias. A veces me refieren episodios de alguna de mis novelas o me nombran a algún personaje mío y no sé de qué están hablándome.

–Eres un autor total, hasta teatro has escrito. ¿Cómo logras ser tan fino prestidigitador y malabarista de géneros? ¿Está la poesía en el origen de todos ellos?

–Muchas gracias por la suposición. Muy amable. Pero el caso es que escribir me resulta muy difícil. Corrijo más que escribo. En cuanto a los géneros, entiendo la literatura como una materia única, y los géneros serían meros parámetros metodológicos de actuación sobre esa materia… No sé si me explico… Quiero decir que todo texto literario pretende provocar algún tipo de fascinación a través de una formulación de voluntad estilística, ya sea en un soneto o en un artículo de prensa. Se busca una capacidad de convicción, a fin de cuentas. Que quien lea un texto literario asienta a ese texto y se implique en él, incluida por supuesto la implicación por repulsión, si se da el caso. Por otra parte, me parece conveniente que los géneros se contaminen entre sí, aunque no estoy seguro de que sea beneficioso confundirlos. No sé, si escribes un artículo de tema social con el mismo tono que un poema de amor, o falla tu idea del amor o falla el artículo, o muy probablemente ambas cosas.

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