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Josep Pla, el arte del viaje / DANIEL ROSELL

Josep Pla, el arte de viajar

Destino y Austral resucitan los libros de viajes que el gran prosista catalán escribió sobre sus incursiones en Nueva York, Rusia, Inglaterra y Europa central

06.07.2019 00:00 h.
18 min

Únicamente los que de verdad han experimentado ese volver a nacer que es viajar (sin mapas) lo saben de primera mano: la principal fuente de sabiduría consiste en la decepción. No hay nada más maravilloso que escoger un sitio al azar en una cartografía –que sea geográfica o sentimental viene a ser un factor secundario–, enamorarse de su nombre, proyectar una ficción y, sobre la marcha, irse en su busca con los medios disponibles, casi siempre escasos.

Es un ejercicio para masoquistas: en nuestros días los descubrimientos son imposibles si no se comprende antes de partir que la épica de cualquier viaje es un artificio para disimular la humildad de las cosas, igual que la vulgaridad es el origen cierto de la poesía. Llegamos a esta conclusión después de leer –con un placer que hacía tiempo que no sentíamos– tres de los numerosos libros de ocasión que Josep Pla, una de nuestras debilidades literarias particulares, dedicó a sus estancias, breves pero intensas, en sitios tan dispares como Nueva York, Rusia, Inglaterra, Francia y otros países de Europa central, reunidos en su día en la edición de sus Obras Completas, y recuperados ahora por Austral y –en dos magníficas ediciones con complementos– por Destino, un sello asociado íntimamente al escritor del Ampurdán.

Los tres, con sus particularidades, son una delicia. Una lección de periodismo –que consiste en andar y contar, como escribiera Chaves Nogales– y una síntesis prodigiosa sobre el viaje como obra de arte, que no exige ni ir a muchos sitios –a veces basta con bajar a la esquina– ni plantarse en un escenario memorable. Se trata de otra cosa: una experiencia mística cuyo origen está en lo corriente. Una disciplina creativa que, igual que la pintura, la fotografía, el cine o la escritura, se dedica a destilar la vida y fijarla a través de la emoción.

Es justo lo que Pla hace en estas obras colosales que, fieles a su poética, el escritor nos presenta en sus prólogos con el recurso de la captatio benevolentiae, que desde los clásicos sabemos que es una de las formas de darse importancia con el método inverso: quitándosela. “Este libro tiene una pretensión nula” escribe en 1967, en los años previos al crepúsculo, el Pla que, como Montaigne, pasaba la noches como el señor solitario de su masía rural, rodeado de libros y en la penumbra.

De aspiraciones grandilocuentes está hecha la mala literatura. La excepcional, en cambio, participa casi siempre de las pretensiones humildes. Prefiere contar el mundo, sea éste lo que sea. El arte del viaje, que el escritor catalán no perdió nunca, aunque pasase muchos años como un orate sedentario, exige discriminar lo esencial de lo accesorio y diferenciar entre lo sustancial y lo contingente. En escasos retratos de Nueva York, la URSS o Europa hemos encontrado la clarividencia –fruto del oficio– con la que el Pla periodista retrata destinos, sociedades y culturas. Por supuesto, existen otros muchos libros llenos de datos y erudición sobre grandes capitales y países como Rusia o Estados Unidos. Pero pocos como estos tres –a los que convendría sumar el famoso Viaje en autobús– tienen el encanto de quien descubre, desde la más pura ingenuidad (fingida), algo por vez primera.

Rusia, ocho años después de la revolución

El Viaje a Rusia es hijo de las crónicas que un Pla veinteañero escribió para La Publicitat, el venerable periódico de Barcelona, sobre la Rusia de los años veinte, justo en el quicio entre la muerte de Lenin, ocho años después de la revolución, la defenestración de Troski y la etapa de Stalin. Subvencionada por “la peña” del Ateneu barcelonés –el periódico no estaba dispuesto a financiar semejante proyecto a sus expensas– la incursión de Pla en el imperio soviético es un prodigio de sensibilidad e independencia, por cuanto rechaza los lugares comunes y, en lugar de mirar la realidad con las habituales ojeras ideológicas, tan frecuentes entonces y ahora, logra eternizar una forma de verdad tan pura que, casi un siglo después, permanece fresca e indestructible.

El Moscú de 1924, que es el que recibe al periodista catalán, se nos presenta como una megápolis campesina donde la propaganda proletaria sustituye a la religión, aunque se mantienen estables algunos detalles –en apariencia menores– del alma rusa, ese misterio dentro de un acertijo, como sentenció Churchill. Es el Moscú de Andreu Nin, al que Pla dedicó uno de sus mejores Homenots –incluido en esta edición de Destino– durante su estancia en el Hotel Lux.

Lenin, en un mitin.
Lenin, en un mitin.

El periodista catalán, procedente de París, donde ya se dedicaba al periodismo y a la dolce far niente, viaja a una ciudad sin escaparates, poblada de iglesias ortodoxas, previa a la dictadura del arte por decreto. Y allí vislumbra la “construcción social y política de un país llevada a cabo por un grupo de intelectuales rusos, emigrados a Occidente, que profesan ideas socialistas anticonvencionales, es decir comunistas”. No hay descripción más simple, y al mismo tiempo más exacta, del experimento soviético, que empezó con el bombardeo del Palacio de Invierno y terminó en el horror del gulag. Si el talento consiste en describir algo complejo de forma sencilla, los reportajes de Pla son una cima del oficio. Periodísticos y literarios. Capaces de, en vez de denunciar panfletariamente la ausencia de libertad, describirla en escenas categóricas, como el relato de una discusión en un club de debate.

–“¿En actos como este la libertad de expresión es absoluta?”, le pregunta Pla a Nin, que le hacía de traductor.

–“En realidad, sí” –responde Nin. “Si el orador no dice lo que piensa es porque no lo considera conveniente”. 

Viaje a Rusia, Josep PlaNo recordamos manera más elegante, natural y profunda de describir el régimen abierto, la libertad condicional, de la Rusia de los veinte. Pla, al contrario que muchos otros testigos de ese tiempo, habla del país de los zares, en manos de los soviets, sin proselitismo, dejándose llevar por las impresiones de quien llega a un sitio sin saber nada de él y –lo que diferencia al viajero espiritual del aficionado– predispuesto a ponerlo todo en cuestión, salvo la evidencia. “En Moscú no verán ningún cristal roto por bala. Se encontrarán un pueblo convaleciente en plena reconstrucción y con un comienzo de prosperidad indudable”. Hay que ser muy fiel a los hechos para, viniendo de la España que ya temía a la horda roja, contar esto o recordar que, hasta en los destacamentos de frontera, los militares atesoraban una pequeña biblioteca

Week-End en Nueva York

La tierra de la prosperidad –América–, antítesis del modelo soviético, es el destino del Fin de semana en Nueva York, el libro de viajes que Destino recupera con los reportajes que Pla y Néstor Luján, otro de los mejores estilistas de la literatura catalana, hicieron en los años cincuenta a la Gran Manzana, previa parada en La Habana anterior al castrismo. Luján, insigne fumador de pipa, revela –en el prólogo del volumen, que recoge los reportajes publicados en la revista Destino– el método de creación del Pla viajero, que describe la incursión en Cuba y Nueva York desde la salida –en barco– en Cádiz, incluyendo además, en uno de esos ejemplos de prosa poética sin aderezos, la singladura por el Mar de los Sargazos. Siete días de travesía (marítima y terrestre) donde el escritor del Ampurdán persigue el fondo objetivo que, según explica, es “la prueba de fuego” de cualquier reportaje:

Postal histórica de Park Row, la calle de los periódicos de Nueva York
Postal histórica de Park Row, la calle de los periódicos de Nueva York

“[Pla] Discute, pregunta, analiza, lee, camina, visita sin el mayor asomo de fatiga. Habla con el mendigo, con el periodista, con el banquero, con la camarera y el taxista, con el arqueólogo, con el político y el guardia, con un señor que se sienta a su lado en el metro, con el músico de cabaret. Con cada uno de ellos su personalidad es la misma, pero con un matiz distinto y generalmente con opiniones distintas. Sabe contradecirse como el más hábil dialéctico para, usando él mismo el pro y el contra, llegar a la verdad y a la certeza. Al llegar al hotel lee diversos papeles: el periódico minuciosamente, mira el libro político, la disertación histórica, la memoria económica, la estadística industrial. Ante ese volumen de papeles la confusión parece crecer”, escribe Luján sobre el trabajo de campo del escritor.

Fin de semana en Nueva York, Josep PlaDespués llega el momento –sagrado– de la escritura. En palabras de Luján: “Decide entonces escribir, lía un pitillo lentamente de un casi incombustible tabaco negro que se le apagará mil veces, y con parsimonia, pero sin interrupciones, escribe durante seis o siete horas de la noche, con su letra menuda, apretada, de lenta y segura elaboración. Y así, sin tachar ni enmendar nada, queda escrito uno de esos luminosos y firmes reportajes que tienen el don magnífico de la claridad”. Es una descripción prodigiosa de la alquimia del periodismo, capaz de fijar un orden dentro del caos para que los peces –los lectores– puedan comprender lo que ocurre dentro del agua que respiran. Los reportajes del Week-End en Nueva York (su título original) nos muestran a un Pla de cincuenta y siete años, con cuarenta largos de oficio, en plena posesión de sus cualidades como cronista. Capaz de explicar con naturalidad los contrastes de la realidad, cuyas intuiciones tienen el don de la exactitud y un maestro en el ejercicio de componer una página perfecta.

Como buen gacetillero, reseña siempre el precio de las cosas, describe la hora precisa de sus visitas, se demora (otra señal de los viajeros verdaderos) en reseñar lo que sucede en los mercados, las librerías, las estaciones, los bares y cementerios, se detiene en lo diminuto simbólico y se muestra alérgico ante cualquier señal de pomposidad patriótica. Las imágenes de estos escritos, igual que los del Viaje a Rusia, se fijan en la memoria para siempre. La Unión Soviética es un sitio donde “nadie viste de rico”, mientras que Nueva York es como un “haz de espárragos de una belleza, fría, geométrica, esbelta y mecánica” –Julio Camba diría automática– llena de comercios y donde lo que enamora al escritor del Ampurdán no son los rascacielos, sino el pragmatismo norteamericano, la fortaleza de las instituciones, el sentido común y el reflejo de aquella Europa que nunca ha podido ser, y que se resume en Manhattan. Pla se permite aquí licencias ausentes en sus primeros escritos de viajes:

–¿Qué es lo que desea ver usted primero?, le preguntan sus anfitriones al bajar del barco.

–Creo que lo mejor será subir al Empire State Building. Iremos, si le parece, en taxi, pero antes de llegar trate usted de hacernos pasar por alguna calle donde pueda verse alguna americana guapa, auténtica y real. Mi ánimo en este momento es muy parecido al de un navegante antiguo, que ha llegado a un país fabuloso y remoto. Me siento un navegante arcaico y, como tal, tengo una gran curiosidad por las mujeres de esta escala.

–¿Pero es que usted quiere hablar con algunas señoras?

–No, señor. Simplemente mirarlas. Quiero constatar si el concepto que tengo formado de las americanas es real.

Es el Pla irónico y burlesco de la madurez, con “sus ojos punzantes de malicia e inteligencia”, como lo describe Néstor Luján. Hay otro tono, dentro de las múltiples voces del Pla viajero, que es lírico, capaz de construir una teología de un paisaje y tan delicioso como una película de Renoir, donde parece que no se cuenta nada y, en realidad, lo que se describe es la vida misma, la prosaica, que es la verdadera, sin contaminar aún por la literatura innecesaria. Esta es la voz que escribe las Cartas desde lejos (Austral), donde se recopilan sus escritos de los viajes por Inglaterra, Francia, Alemania, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Suecia o Noruega. Viajes con su ida y su vuelta, tan importantes en un relato de aventuras como los destinos elegidos.

Cartas desde lejos, Josep PlaEn este libro, fragmentario, escrito en el camino, Pla describe paisajes, cristaliza sensaciones, convierte en una obra de arte la adjetivación y nos habla de chuletones sangrantes, de los espesos vinos del camino (la gastronomía en sus textos es una forma sublime de conocimiento de los otros), del placer anónimo de los hoteles franceses de provincias –incluida la angustia que provocan al atardecer –, del calor sofocante de las semillas que los barcos descargan en los puertos y de la felicidad que consiste en saborear los placeres terrenales:

“He paseado por esta carretera panorámica y romántica horas enteras, sin añorar nada, con un pitillo en los labios. Ésta es la mejor época, querido amigo, para correr mundo Las lechugas tienen un hilo tenue de frescura de nieve; la carne a la brasa está sanguinolenta y azul; el diente, aguzado, y el paladar, afilado y abundante. El cielo, alto y glorioso, se esfuma a todas horas, el aire es suave. El sol es tibio y el vientecillo trae un ramalazo de hinojo, de romero y de esparraguera. El mar, lejano, verde y azul, poblado de formas vagas, va pasando. Todo es infinitamente más consolador que asistir a las representaciones de este mundo, a la vana demencia ornitológica, gótica y gibosa, del material humano”. 

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