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José Méndez

José Méndez desde la claridad del día

El otro día en la mesa de novedades de una librería de Malasaña encontré un flamante poemario suyo, y me pareció que es lo mejor que ha escrito, lo más potente y claro

21.07.2019 00:00 h.
8 min

Conocí a José Méndez –Pepe le llamamos los amigos— hace muchos años en Madrid. Él siempre escribía sobre poesía en El País y publicó él mismo varios libros de versos (“El oficio de la necesidad”, “En esta playa”, “Esquirla”, etcétera). Luego trabajó unos cuantos años en la Residencia de Estudiantes, y una noche que yo iba a pasarla allí le dije que solo aceptaría el dormitorio que había sido de Dalí, o en su defecto el de Lorca, o por lo menos el de Buñuel. Por eso no tienes que preocuparte, dijo. Me acompañó a un dormitorio austero, uno como todos los demás, con una cama estrecha, una estantería, una ventana y poca cosa más. Dejé allí el equipaje pero quise asegurarme:

--Pepe, ¿seguro que este cuarto es el cuarto de Dalí?

-- Segurísimo. No te quepa la menor duda –contestó con una sonrisa ausente.

--Porque es que tengo firmes intenciones de conversar con su espectro.

Luego por la noche dando vueltas por el cuarto esperando que se materializase el espíritu de Dalí o por lo menos que me enviase una señal, con el boli y la libreta abierta sobre la mesa para anotar todo lo que tuviese a bien decirme, pasé la noche en vela, pero lo único que pude oír fue el viento susurrando en los árboles del jardín. ¡Noche muda y estéril!

A la mañana siguiente muerto de sueño y con los nervios de punta pedí a Méndez explicaciones por ese silencio daliniano. Consultó el libro de registro y dijo:

--Vaya por dios… Resulta que el conserje cometió un error. En vez del cuarto de Dalí te asignó el de Pepín Bello

-- ¡Hombre!

-- … y, como sabes, el espectro de Pepín Bello no se te podía aparecer, porque aún vive, y no solo vive sino que cada noche se toma su whisky la mar de feliz.

Una noche de años después sostuve con Méndez, bajo la tribuna de un portal del Ensanche barcelonés, mientras esperábamos que una tormenta de verano escampase, una conversación no muy larga pero intensa a propósito de las cosas serias de la vida. La lluvia nocturna refrescaba la atmósfera que había sido durante todo el día bochornosa y contribuía a aquella sensación de intimidad y de estar de paso por el mundo. Él estaba unos días en Barcelona, no recuerdo ahora si para movilizar los libros de una editorial a la que representaba o recogiendo información para su ensayo sobre los personajes femeninos en las novelas de Marsé, “Las mujeres de Juanito Marés”.

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El otro día en la mesa de novedades de una librería de Malasaña encontré un flamante poemario suyo, titulado “Desde la claridad del día”. Allí mismo lo estuve leyendo. Me pareció que es lo mejor que ha escrito, lo más potente y claro. Como conservo su número de teléfono le llamé, quedamos y estuvimos charlando sobre el libro.

Son poemas centrados en su infancia. Méndez vivió hasta los doce años en una aldea asturiana que tenía “en la época mejor” 31 habitantes.

--En broma suelo decir que he vivido en el siglo XVII. La región entonces no tenía carreteras, los movimientos más lejanos se hacían a caballo, lo demás era caminando. Para ir a la escuela hacía unos doce kilómetros a pie, subiendo valle, bajando valle, con frío o con calor. Si había demasiada nieve te quedabas en casa. Las compras no existían. Era un mundo que se autoabastecía, que subsistía de lo que plantábamos en la tierra, los animales que criábamos y punto. Se vendía algún ternero, algún cochinillo al año que daba para comprar… yo qué sé, unos pantalones o algo así…

“En su pecho, un bosque / de hayas y abedules / al que siempre regresa”. Desde la claridad del día, o sea desde la distancia, es desde donde uno puede volver a pensar su propia experiencia, según sentencia de Walter Benjamin que señala el camino al regreso de Pepe Méndez a la publicación de poesía después de quince años en que ha estado, dice, abducido por las obligaciones laborales, para centrarse, en lo más íntimo, en el territorio donde sucede todo por primera y definitiva vez.

“Desde la claridad del día” es un libro lleno de personajes, “algunos explícitos y otros anclados en mi memoria y en mi cariño”, dice, observados con una mirada lejana de reojo a los epitafios de Edgar Lee Masters en “Antología de Spoon River”. Así por ejemplo un poema sobre la muerte de un personaje titulado (el poema) “Silenciosa venganza”, que dice: “Tomarán silenciosa venganza de que haya existido, / puesto distancia, gobernado el agua, / arrancado sus hierbas vecinas. Estos seres. / Quedará en ellos una huella de mí, / de haber sido tocado por la altivez, / la soledad, / la locura de un árbol.”

--Es un poema de una serie sobre la muerte de un personaje –explica-- , en los que imagino lo que puede ser esa muerte, tanto para el personaje… como para mí. Porque hay una traslación entre ellos y yo, que los describo. En ese sentido el libro tiene mucho de experimental, y me atrevo a decir que de moderno, y me gustaría mucho que algún lector viese que no se trata de una recreación tradicional o arcádica del mundo de la infancia sino que introduce en el campo de la expresión poética posibilidades de otros discursos.

Méndez conserva la casa familiar en la remota aldea donde pasó los primeros años de su vida, hasta que su madre decidió que había que irse y se vinieron los cuatro, sus padres, sus hermanos y él, para Madrid. Ahora en verano pasará allí unas semanas. Como en los versos, habla de ese lugar sin asomo de sentimentalismo. Se nota que es una realidad que está por encima de eso. Dice que nunca en ningún otro sitio ha oído ese silencio sólido que oye por la mañana, cuando sale de la casa.

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